Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

sábado, 4 de octubre de 2014

Sobre la patria y el exilio en Andalucía.

El septiembre pasado de este año se cumplieron seis años ya desde que llegué a Madrid, yo; como muchos más habían hecho y harían después, era un exiliado. Sin saberlo, alguien susceptible de aquéllos relatos que invitan a viajar, a que la vida de verdad siempre está más allá de lo que uno mismo ha conocido. Sin embargo, estos cuentos ocultaban una realidad mucho más oscura; en realidad, si me vine a Madrid es porque aquí la universidad era mucho mejor, y si sigo aquí, es porque hay más trabajo, si finalmente me voy, será que ya ni siquiera Madrid es suficiente para garantizar mi futuro y tenga que irme aun, mucho, mucho más lejos. Algo que aprendí con el tiempo es esto; que el espíritu de los aventureros en la mayoría de los casos reviste una lucha por la supervivencia y no una búsqueda de una mayor experiencia vital, que las distancias matan, y que las personas necesitan un sustento y un lecho estable en el que poder desarrollarse, un lugar en el que vivir y morir en paz para los hijos y para los abuelos.

En Madrid, a un pequeño paso estoy de haber perdido mi acento y a menudo se me hace difícil imaginar algún tipo de hermandad y compromiso para con mi tierra a la vez que la gran ciudad, cosmopolita, abrumadora, bulliciosa, violenta y desgranada de cobijo invita al solipsismo y la perdida de perspectiva, el desarraigo cultural y emotivo. Sin embargo, a su vez me ha permitido estudiar y darme esta visión sobre nuestra propia historia y los pedazos ralos y descosidos que quedan de nuestro pueblo.

Andalucía, hace mucho tiempo ya que dejó de ser una tierra orgullosa, enfrascada en una religión demasiado opresiva en la que no deja de buscar un remanso de piedad contra tantas miserias que la azotan, sitiada por los cuatro vientos por buitres extranjeros que expoliaron su riqueza natural y menospreciada a su vez como se menosprecia una parra centenaria en comparación con un coche nuevo y desechable.

Dentro de la misma, a los Andaluces nos han faltado himnos para un pueblo que abundaba por todas partes y al que le sobran caciques, señoritos y expoliadores, criminales que deberíamos de haber expulsado en su momento y por los que aun andamos pagando penitencia. Pero, ¿cómo hacerlo? Aquéllos de los nuestros en los que abunda el espíritu lo buscan fuera de sus fronteras y si vuelven a la tierra es para buscar el puchero de la abuela, el poco aire que nos queda y un trago de Sol que ayude a mantener los fríos inviernos del norte al que volverán después.

Y es que, si hay algo que define la patria de los Andaluces es que se vive, se siente y se anhela en el exilio; aprendemos a amar nuestra tierra cuando estamos lejos, cuando ya no podemos volver atrás o cuando sentimos que la necesitamos más de lo que nos podíamos imaginar a la vez que sufrimos la pesadumbre de que tal amor no es suficiente y que volver en cualquier caso sería un fracaso, porque nuestra tierra cada día se vuelve un poco más estéril, un poco más ausente

La juventud y la inexperiencia no me hubieran permitido verlo jamás así como a buena parte de mis compatriotas que a menudo veo atenazados por la frustración de no haberse podido ir más lejos, atrapados en su tierra, renegando de ella como de una prisión e invernadero de desgracias. Muchos de ellos quisieran haber hecho como yo e irse lejos, lo más lejos posible, buscando un barco, un tren o un avión que les ofreciera alguna oportunidad laborar, alguna oportunidad en fin, para desarrollarse.

Y es por esto que nuestro primer paso está en reconstruir el orgullo de nuestra Andalucía, y no hace falta recurrir a los tiempos de Averroes para esto, lo primero que tenemos que darnos cuenta es que a día de hoy el valor de Andalucía está disperso por buena parte del mundo, que gran parte de las mejores mentes y las mejores manos son Andaluzas aunque no lo digan por ahí. Es de notar que los andaluces más allá de nuestras fronteras no se nos identifica como tal, como si nuestra virtud fuera “a pesar de” en vez de “por ser de” (así como tienden a reivindicarse en el caso Catalán, por ejemplo). Claro que los Andaluces somos demasiado listos como para pensar cosas así; acostumbrados a nuestra identidad foránea y nuestro conocimiento del mundo a va ser difícil que nos creamos un nacionalismo cutre, genético. Tantoque para nuestra Andalucía las formulas nacionalistas no pueden funcionar, pero quizás sí una patria.

Porque podemos ser muchas cosas, pero en esencia si no tenemos patria no tendremos nada, porque la patria no son las fronteras, sino el amor a la tierra, el sentirse parte de los tuyos y el tener algo que defender; nos toca pues reclamar los siglos prometidos y retomar Andalucía de su abandono, amarla porque por lejos que estemos de ella somos parte y porque es un lugar lleno de fuerza y posibilidades y no haría falta tanto (expulsar algunos usurpadores, repartir algunas tierras,) para que volviese a granar esta tierra que aunque aparenta ir camino del olvido, cada vez más, siento que está apunto de levantarse.

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