Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

jueves, 17 de enero de 2013

En respuesta a la pregunta: ¿Es la moral una farsa?

Los filósofos no llegan a creerlo, ¿es la moral un rio, son sus aguas un devenir? El paso de legiones hicieron de sus aguas un pantano, el paso de los siglos agrietaron su extensión. Rebuscan los filósofos, cargados de muchos filtros entre la tierra gotas de virtud, pero a su alrededor los hombres siguen luchando y no hay paz para tanta hambre...
No hay paz, pero ¿no hay moral? No hay ley, pero ¿no hay legitimidad? La diferencia entre la barbarie y la civilización ¿es acaso comprensible? Si la única paz que existe es la paz de los cementerios, y es solo un gran poder que acalla todas las voces bajo un grito atronador que deja ciegas y sordas a todas las bestias garantía de paz ¿Queda algo que decir contra este imperio? Si no hay nada que hiciera dignos a los hombres más que su fuerza, y si solo de esta se fundase aquello que añoran con tanta necesidad los hombres, si es que los cimientos del hogar son la tumba del prójimo, si es que la luz que ilumina la mañana es el fuego ardiendo en el horizonte, y si no nos queda más que vivir ensangrentados, entonces, y solo entonces, el estado de guerra suspende a la moral y convierte a esta en irrisoria. Con ello, serian los filósofos los más diestros en el arte del Ser, pues aquellos dotados del conocimiento de las leyes de este mundo manejarían con soltura sus fuerzas y así dominaría la paz sobre la tierra bajo el trueno de una tormenta infinita. Pero si no fuese así si quedase algo ultra-ser que fuera el deber-ser, si pudiera existir un modo por el cual el emperador se arrodillase quisiera o no frente a un hombre humilde, entonces, y solo entonces , la buena política se opondría al ser, así como la filosofía se opone a cronos. Y serían los filósofos los más inútiles para el gobierno de un estado, pues solo hablarían de lo que no existe y el hacer filosofía sería bailar como camellos en un cuento de ingenuidad que hundiría cualquier nación al hacer de sus plebeyos.

Lo que está dado es todo lo que podemos tener, eso dirán, y sobrarán palabras cuando haya que defender el estado, podremos dormir tranquilos entonces porque unos criminales a sueldo se encargan de limpiar las cloacas de otros criminales desesperados que atentan contra el sistema, contra el derecho a la seguridad. Sobrarán derechos cuando se hable de terrorismo, sobraran juicios, sobrarán medidas, pues es gracias a la gratificante violencia sobre lo que se levanta el sueño ilusorio de la ciudad. Sobrarán y es cierto, vivimos en un mundo que tiene muros, y esos muros deben estar vigilados por hombres armados ¿Quién va a hacerlo? ¿Filósofos? Los imperios tienen responsabilidades mayores de las que sus súbditos pueden imaginar, no tiene tiempo el poder de dar explicaciones a una masa que se levanta y se acuesta sobre la manta de libertad que este le proporciona, y luego se atreve a cuestionarle el modo en que se la proporciona… Si no fuese así cada uno habría de coger un arma y defender su propio puesto, y siendo así da igual pensar que existe algún derecho.
Lo que podemos tener es lo que nos es dado, eso dirán pues bajo una guerra constante no cabe espacio para hablar de ilusiones… Pero ¿a que estamos llamando realidad? Si se deja al curso de la realidad dar de sí todo lo que tiene que dar, si se deja a la realidad decir todo lo que tiene que decir, el resultado final nunca será el conocimiento, ni la verdad, sino que el resultado será un “macizo ideológico”, es decir, un tejido de evidencias muy evidentes, de errores tenaces absolutamente necesarios, y necesarios tan sólo para que la realidad se curse a sí misma mediante todos sus crímenes, todas sus matanzas y todas sus carnicerías, con la pretensión de saber muy bien lo que está haciendo, y además con la pretensión de que lo que está haciendo es justo y, además, necesario. Es decir, si se la deja al curso histórico, a la historia, decir todo lo que tiene que decir lo que tendremos será, sencillamente, el macizo ideológico con el que la realidad se justifica a sí misma. ¿Y no es esto lo que ocurre cuando decimos que la guerra se presenta como la experiencia pura del ser puro?
Lo que está dado, es independiente de lo que nos es debido, ¿Cómo podemos justificar esta afirmación si no es sobre un mundo que no existe, que no vemos? pero a la vez, si afirmamos que lo que existe no viene más que a cegarnos en su propia justificación ¿podría ese mundo de las ideas tener realmente una legitimidad mayor que el mundo de las percepciones? La pregunta en realidad es si somos capaces realmente de ver algo cuando cerramos los ojos y es aquí donde encontramos en punto cable para responder a la pregunta sobre la moral, si no hay nada más, es una farsa, si hay algo más entonces funda un mundo nuevo.

Dijo J. Buenaventura que ciertos hombres de los que él formaba compañía no tenían miedo a la miseria, ni a las ruinas pues llevaban un mundo nuevo en sus corazones, creciendo a cada instante. Tales palabras marcan una fisura en la historia, una ilusión puede fundar un mundo, la pregunta es sobre si “cualquier” ilusión pudiera, o solo cierto tipo de ilusión. Ilusiones sobre las que se fundan derechos y se reclaman tierras, ¿hay algo en ellas con un matiz especial? Esto es; la moral, pues es sobre la misma donde los paradigmas de la justicia alcanzan algún sentido, sobre el cual puede entenderse una paz que no garantice ningún imperio, una paz que hermana y derriba la frontera.

Un estado, o un hombre que justifica el crimen como necesario es un lugar en el que ya no se puede luchar contra la corrupción, pues esta ya se ha hecho carne en sus arterias, pero si admitimos este argumento de forma cerrada la moral a su vez nos condena al inmovilismo, pues por mucho que reclamásemos el deber sobre este mundo nuestras manos seguirían llenas de lodo y fango y nada podríamos hacer por beber las aguas de la virtud. De tal modo, ganaría siempre la injusticia, y con ello la moral no podría ser más que una farsa, una trampa para aquellos que no quieren asumir el juego salvaje de la existencia, la lucha por el dominio de la jungla. Si fuera así y solo así, la moral no tendría nada que decir pues su voz no sería más que el ridículo superior frente a la evidencia constante de la guerra. Si solo fuera así, pero no lo es.

Bien es cierto que solo podemos servirnos de lo dado, pues somos aquello de lo que somos parte, y no podemos traer lo que no es por medio del pensamiento sino tan solo por medio de la acción y si la moral en su sentido estricto niega todas las acciones de las que somos parte entonces ¿adaptarnos a la enfermedad y la locura que nos comparte? Así sería, si no quedase espacio para hablar de la legitimidad. Decía Kant que la rebelión es el mayor de los crímenes pues revienta todos los fundamentos y estructuras del estado de derecho, y es cierto, pero si se tratase en realidad de que tal estado no estuviese fundamentado en el derecho y la legalidad, sino solo en la fuerza, si fuera por ventura que nuestro ejercer de la constitución fuera ilegítimo y así nuestros gobernantes y legisladores ilegítimos, si en fin, solo se tratase de fuerza; También al pueblo le estaría permitido ejercer la suya. Siendo así que solo se tratase nuestro estado de relaciones de poder y no hubiera lugar para ninguna legalidad ni reforma adecuada, entonces la rebelión no sería un delito pues no tendría sentido llamar delito a ninguna conducta por punible que fuera en un estado así, más aún, si se hubieran agotado todas las vías decentes y legales para cambiar este estado, si cualquier intento de mejorar la situación de sus ciudadanos conforme a la razón fuese perseguido y castigado con gran despotismo, y fuera imposible más que con la fuerza modificar esta realidad, la rebelión sería de hecho un deber, si con esta los hombres libres liberasen el espacio que le ha sido usurpado a la soberanía, y así, finalmente pudiesen darse las condiciones para la creación de un estado de derecho. Solo en este caso una rebelión sería un deber, solo con este fin sería legítima.
Solo una guerra que se fundase sobre la moral sería defendible, solo una moral que inaugurase una guerra contra aquello que la busca convertirla en una farsa sería realmente moral y no bana sofistería.