Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

lunes, 7 de mayo de 2012

Sobre la posibilidad de una isla.

Independientemente de lo real que resulte o independientemente de como lo vistan o cómo se produzca en nosotros ¿Hay esperanzas para el amor? ¿Sería tal cosa posible siquiera, bajo el ya dudoso supuesto de que realmente tuviera referencia tal significado? Amor entre personas, claro, pero al fin y al cabo las personas no son solo eso, también son cuerpos, cuerpos sexuados y además sexuados a través de su género; su ser mujer, su ser hombre o algo más,pero siempre atravesado por esta dicotomía. No existen las ideas sin lenguaje así como no existe la sexualidad sin género, los cuerpos a su vez entramados, (pues lo que no lo está no tiene sentido) en una lucha de géneros, de nombres, gustos, deseos, placeres ,miedos y necesidades. Hombres y mujeres viven culturas diferentes, en esto las preferencias sexuales ya bien sean heterosexuales, homosexuales o pansexuales es irrelevante, un homosexual seguirá siendo hombre o mujer, teniendo siempre que enmarcarse dentro de esta dicotomía, cambie o no cambie la opción otorgada en su nacimiento. Y es que no es ni el cuerpo ni los gustos sexuales lo que definen el género, sino algo más, mucho o poco según el lugar que demos a nuestra propia identidad. Identidad como es la identidad de ser rastafari o de ser mongol pero mucho más fundamental y opresora, identidad casi tan primordial como las determinaciones que ejercen nuestras limitaciones y circunstancias físicas en términos carnosos y sensibles, pero a la vez otorgadora de sentido para la propia consideración de la existencia de tales limites: Somos hombres o mujeres porque percibimos nuestro cuerpo como un hombre o como una mujer, porque así lo sentimos y así se constituye, siendo este un sentido contingente, sí, pero a la vez necesario, para la propia configuración emocional.

Sin embargo, si es propiedad necesaria de nuestra propia emocionalidad ¿es además propiedad necesaria de lo humano? No es así, pues si bien quizás haya que ser Gitano y Andaluz para sentir y comprender en profundidad el “duende” de la copla, captar su “aura” ( en el sentido otorgado por W. Benjamin) no significa que quien no “le gusten” los fandangos no sea humano, claro que con la sexualidad tenemos un problema ya que carecemos de unas limitaciones abrumadoras a la hora de relacionarnos con los cuerpos en comparación de nuestros apetitos musicales. Básicamente es como si ya bien tuvieras que ser o Gitano o Rockero, siendo que ha sido así durante toda la eternidad ya que porque unos nacieran con una guitarra acústica y otros con otra eléctrica bajo el brazo y no pudiese entenderse la música si no fuera dentro de la relación entre estas categorías. El problema está entonces en que si nacemos con cierta determinación bajo el brazo la tendremos que llevar toda nuestra vida, siendo en todo caso que sólo gracias a la técnica no tenemos que llevarla toda nuestra vida bajo el brazo, pero aun así, teniendo en cuenta esta opción, o bien cambias de guitarra o bien pierdes, ahora sí, la humanidad.

Sin embargo ¿se nace realmente con esta determinación sexual o más bien te la dan nada más nacer? Reformulando la pregunta ¿existe realmente algo en nosotros que nos haga ser hombre o ser mujer? Ya está dicho que no puede haber sexualidad sin genero, que es este el que configura y da sentido a los cuerpos así como el lenguaje da sentido y configura el entendimiento. Pero, ¿no hay acaso muchas lenguas? ¿Porque deberíamos dar mayor importancia a esta funesta casualidad del destino que son el cuerpo dicotómico para constituir nuestras propias identidades? Es más ¿qué es ser hombre, qué es ser mujer? Dudo firmemente que puedan expresar algo propio como tal no siendo más que una relación entre determinaciones, relación por ende profunda y esencialmente patriarcal. ¿Hay algo en el ser mujer que no esté directamente relacionado con estar sometido a quien sea hombre? Como todos los sentidos, lo tienen dentro de un entramado y no por constitución propia, no pudo jamás y en ningún supuesto podría haber mujeres allí donde no hubiera hombres, el patriarcado como tal no es una opresión que se ejerce sobre determinado genero, sino una formula concreta de constitución de géneros, no es casualidad ni pura misogínia que se denomine “mujer” en algún sentido a “aquellos” que actúan pasiva, cobarde, débil, sumisamente, no es que tal cosa sea un insulto a las mujeres, es que de hecho eso es ser mujer. La pregunta que queda aquí por responder es si se puede ser mujer y ser libre, si es que las mujeres pueden “emanciparse” como mujeres o en realidad no les queda más que dejar de ser mujeres si buscan emancipación alguna. Del mismo modo habría que decir que ser agresivo, gallardo, opresor y frío no es sea de “machito” es que ésta es la configuración necesaria para garantizar el dominio en relación con el género opuesto, así como el opuesto no es más que la configuración adecuada para estar sometida... Hombres y mujeres viven en mundos diferentes, lo cual no es algo que esté desapareciendo o fundiéndose con el auge del nihilismo condensador de nuestros tiempos, muy al contrario el efecto es el inverso, al destruirse el fundamento de la constitución familiar en la actualidad no estamos empezando a vislumbrar un horizonte de relaciones libres como las que soñaba Emma Goldman o E. Armand. Es sin embargo el no tener que casarse el resultado de que los géneros pierdan un poderoso fundamento material para tener que ligarse de algún modo. Los géneros ya no están condenados a entenderse, aunque alguno dirá que viendo los resultados de tales entendimientos mejor así, ya que claro, es un dialogo fundamentalmente desigual... Lo que vemos en nuestro tiempo es un auge de la homosexualidad influenciado en primer lugar por la propia existencia de los géneros y por otro lado por la perdida de sentido cada vez en mayor grado de las relaciones “contractuales” a largo plazo (matrimoniales, entre familias,etc.) Si de amar se trata, es mucho más sencillo amar a alguien de tu propio género ya que es mucho más fácil entenderse así como es más claro entenderse entre dos vietnamitas que entre un vietnamita y un mexica, por lo cual cada vez es más la homosexualidad que surge por decirlo de algún modo “a la contra” de las relaciones fallidas con personas de distinto género. ¿Es esto algo negativo? Aun no podemos saberlo con claridad, pero es algo con cierto peligro ya que la única liberación que ha ocurrido en nuestro tiempo es matrimonial, pero las relaciones de género y su opresión y sumisión siguen estando presentes, más aun pueden llegar a agravarse pues también es cierto que no son raros los casos de misoginia entre homosexuales varones así como los caso de misandría entre hembras y los resultados de esto, si tendiese a crecer, a largo plazo son muy oscuros. ¿Significaría esto algún tipo de defensa del matrimonio? No, en cualquier caso menos mal que desaparece, pero lo que debe quedar claro que aun queda mucho, mucho por hacer, pues nos ha quedado el problema fundamental, aquello que siempre fue un problema: Qué es el género y qué es con independencia de la pareja, en el caso de que esté constituida por dos persona de mismo sexo -lo cual no las librará del género,
que tienden a imitar de manera extraña y en muchos casos caótica- o heterosexual. La formulación hombre/mujer de las parejas tradicionales, es más, se conjuga en muchos casos tal que las mujeres son quienes suelen tener mayores conflictos ya que de hecho son ellas quienes se llevan la peor parte en la repartición de roles en la pareja, lo que las lleva a tener problemas más profundos a la hora de solucionar esta constitución en las relaciones.



Y si todo esto fuera poco, se añade el problema irresoluto de si es posible tener una relación amorosa, y cuando me refiero a esto es a una relación amorosa saludable, duradera y estable si somos hombres y mujeres quienes las tenemos y estamos siempre atravesados de todas estas determinaciones, dogmas y lenguajes culturales que nos separan, nos apresan y a la vez nos enfrentan. ¿Es que acaso por el simple hecho de ser hombre siempre se tendrá un papel opresor dentro de una relación sentimental con una mujer y esta por ser mujer siempre será esclava y sometida al hombre? Siendo así, además de que si faltase el hombre o la mujer en la relación con motivo de que hubiera “uno de más” en la relación de género, ¿tenderíamos a crearlo inconscientemente a fin de devolver el equilibrio a nuestro universo simbólico y constitución identitaria?


Terrible pregunta, pues si quedase irresoluta no ya ante el sentido del amor sino ante su posibilidad, quedaría anulada ya que no solo sería así, sino que en la medida en que intentásemos liberarnos de nuestro propio género perderíamos también el puente que da sentido y relación con nuestro propio cuerpo, convirtiéndonos en entes asexuados para los cuales el amor, aunque fuera más “posible” que para alguien normal, carecería de interés alguno.


Claro que ya ha quedado dicho que como todo lo que nos configura es necesario pero a la vez contingente, es decir, que no necesariamente tenemos que ser presos de determinaciones especificas, sino que en realidad podrían ser otras y de hecho son otras allá donde nos hayan criado; la cuestión en tal caso estaría en si fuese posible configurar de forma consciente o semi-consciente (de forma indirecta) una identidad o género en este caso más favorable para con nuestros propios deseos por medio de algún tipo de práctica educacional no teniendo por tanto siempre que elegir entre el sometimiento o la nada. Claro está que estaremos siempre sometidos al lenguaje, la cultura y el género, pero por ahora nada nos muestra que tales cosas tengan que ser de determinada manera pudiendo ser libres cada uno de intentar configurar tales cosas en correlación con nuestros propios deseos a fin de que nos fuesen más sencillos y nosotros mismos favorables a su encuentro.


Aunque también es terriblemente cierto de que tal cosa no es nada fácil ni está exenta de peligros, de hecho en nuestros tiempos contemporáneos ya hemos podido comprobar los efectos devastadores que pueden llegar a tener dichas intentonas. El capitalismo (o nihilismo) ya ha propiciado este tipo de prácticas sobre la población desde hace bastante tiempo. En la medida en que ha devorado la consistencia cultural de los pueblos en un proceso de globalización y mercantilización ha ido expropiando el sentido y el aura de las cosas hasta devorarla y consumirla dejando a los individuos cada vez más aislados de sus raíces e identidades comunitarias, en consecuencia, con la destrucción de estas neurosis colectivas lo que ha salido a la luz es que eran en realidad una solución a las neurosis personales. En algún sentido podría decir que de forma natural el capitalismo ha cultivado su propio alimento destruyendo el sustento cultural de los pueblos a la vez que creaba sus propios productos personalizados para la satisfacción de los consumidores individuales, a la vez que para llenar el vacío comunitario fabricaba modas e “ídolos de masas” con que satisfacer de forma precaria y adictiva la necesidad de “comunidad” en las personas. No solo esto, sino que además aquellos antojos de la identidad personal siempre son mucho más pervertidos y enfermizos que los de la identidad colectiva que en algún modo siempre intenta medirse dentro de determinado consenso de sensibilidades, así pues, al no tener que rendir cuentas a nadie sobre los gustos lo que queda abierto son los deseos más enfermos, los traumas infantiles y las neurosis más adictivas y destructivas, siendo que en realidad la liberación otorgada por “no tener que ser cañí” nos suele dejar en un “tener que ser obsceno,neurótico o yonqui” con tal de satisfacer nuestro dañado y enfermo universo simbólico.



Por lo tanto, intentar tomar este camino de “hacerse a uno mismo” es sin lugar a dudas algo muy peligroso tal y como nos han mostrado los hechos a nivel general, con lo cual ya no nos quedaría ninguna otra salida que asumir que tomemos el camino que tomemos siempre estaremos presos de mil y una determinaciones que siempre se constituirán a la contra de la posibilidad del amor como algo saludable, duradero y estable ya que sería siempre aplastado por nuestras propias condiciones de posibilidad para desearlo.


No nos quedaría nada, excepto el amor mismo, claro. La apuesta por el amor como móvil empancipatorio está directamente ligada a una suposición primaria de su existencia, pues cierto es que en realidad habría que partir desde su creencia en primer lugar para posibilitar su experiencia en el tiempo y la realidad. Es decir, no puede probarse más que sobre el terreno y cierto además que no puede probarse de forma concluyente ya que siempre estaría mediado por las determinaciones de cada uno siendo imposible saber si es por esta constitución particular a la que habría que atribuir los logros emancipatorios o al propio amor. Eso claro está, añadiéndole la dificultad de poder establecer fronteras de determinación a lo que denominásemos como amor. En cualquier caso, evadiéndonos de todos estos problemas para dejárselos al tiempo y estableciendo una afirmación positiva sobre el propio amor en si, habría que afirmar que existe al menos la posibilidad de la liberación en términos de identidad no ya en pos de otras identidades o de la nada misma razón mediante, sino también por medio del amor, el cual estaría en una nueva esfera de referencia simbólica ya que no ofrecería ninguna determinación concreta sobre el individuo a cambio de lo sacrificado por más que la satisfacción, o la posibilidad por la satisfacción del deseo por el sujeto amado, pero a la vez constituiría una amalgama de sensibilidad y satisfacción en la estructura emocional de la persona, de modo que no tendría que buscarse nada más allá para llenarla. Es decir, que si esto es cierto bien se puede dejar de ser “hombre” por amor no necesariamente teniendo que convertirse en mujer y a la vez tampoco teniendo que convertirse en “nada”, ya que se haría por un proceso de reafirmación de extraña índole y no por rechazo de sensibilidades.


El amor sería un espacio que destruye todo paradigma construido de fronteras, el principio de relación, la semilla de una isla de sosiego en pleno océano embravecido de pulsiones, miedos y necesidades que nos configuran a su impuesto antojo.