Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

viernes, 18 de marzo de 2011

Amor y sacrificio.

¡Todo contrato exige sacrificio! En todo contrato hay una parte cedida, acordada y más importante, enfocada a un fin. Sacrificio, sadismo en pos de un bien mayor, bien mayor identificado en el Fin del contrato, aquello a lo que se quiere llegar, se quiere hacer, se necesita tener. Y no dudo, claro está, de la santidad de los contratos y de su papel fundamental, es más, es la propia estructura del contrato, la idea de “sacrificio común” lo que nos hizo humanos social y psicoanalíticamente. Pero existe una diferencia estructural entre los contratos y el amor pues el amor es fin en sí mismo y por tanto todo sacrificio hecho por amor, (en tanto que se perciba realmente como sacrificio) no es sacrificio Por Amor, es sacrificio del Propio Amor, pues no hay bien mayor por el que se pueda uno sacrificar, la satisfacción del deseo es directa, el sentimiento del amor no es algo mediado sino directo, a veces construido, a veces inesperado pero en cualquier caso algo que se consigue desde el primer momento en que se siente, es en el propio momento de sentirlo cuando surge el deseo del amor y no a través de medios ajenos como acontece su aparición. Soy claro: Cualquier sacrificio hecho por la permanencia de la pareja dentro de las formulas de la tradición lo que sacrifica en primer lugar e inevitablemente es el propio amor en pos de estructuras ajenas, ajenas como he explicado, por su constitución formal del fin último, en contraposición del fin en sí mismo.

jueves, 17 de marzo de 2011

Amor y admiración.

(...) Fenomenológicamente, la admiración produce emociones muy semejantes a las del amor tales como la embriaguez, el deseo o la motivación por determinadas inclinaciones hacia (o propias) del sujeto admirado u amado. Estas cosas pueden ser provocadas tanto por el amor como por la admiración. Además, en la práctica el hecho de admirar puede llevarnos a justificar muchas renuncias a un algo, persona, lugar, objeto, voluntad o habito, en pos de otro algo (el ente admirado), cosa que también se le atribuye al amor. Pero existe una diferencia en esta renuncia localizada en el porqué, ya que la admiración necesita un contenido específico por el cual renunciar a otros contenidos específicos (beneficio concreto en general), y en el amor no, no hace falta absolutamente nada determinado, es decir, nada justificable, separable o incluso inteligible para la renuncia de algún contenido especifico.

Profundizando en esto la diferencia se agudiza, y es que por admiración se es capaz no solo de renunciar a muchas cosas en pos de un “algo”, sino que además estas renuncias pueden suponer en sí mismas verdaderos sacrificios, pero sacrificios plausibles y posibles debido al apoyo moral que otorga el ente admirado, base de la justificación debido a su naturaleza demostrable y defendible, “material”, adecuada para ocupar el lugar que se le preste (ya bien pueda ser la moral completa como demuestran los casos de fanatismo).

Para el amor esta es una práctica no ya inaceptable, sino sencillamente imposible, por amor es inviable hacer tal cosa y no solo ya por la imposibilidad técnica de explicar los porqués (es decir, no existe ningún sostén pensable, argumentarle, medible o comparable en el amor) sino que ademas en el amor el sentido de la renuncia es totalmente el contrario al de la admiración pese a compartir semejanza: Cuando un enamorado renuncia a todo aquello que resulte adverso a su “amor en general”,(el cual, podrían llegar a imaginar podría estar completamente enfocado en un único ente ,carnoso o no, por lo cual sería posible renunciar a todo lo demás siempre y cuando esto fuera adverso a este ente), en realidad no está renunciado a nada, de hecho lo que el amante siente en realidad es que se está Liberando de las trabas que la historia, la cultura, la sociedad o los dioses le han puesto para amar como desea. Un amante puede llegar a desear carecer de su propio cuerpo, o al menos tener una condición más liquida de cuerpo para así poder fundirse mejor o completamente con el ente amado, terminado así con la condición de externo que siempre tiene, pero, por otro lado un amante nunca renunciaría a ningún contenido (habito, objeto, etc) por su amado (por una voluntad externa por mucho que la amase). Dicen que lo hacen, pero en realidad estos actos nunca se hacen conforme al amor, no en los casos en que este amante también ame (entiéndase esta palabra por ahora como se desee) tales contenidos.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Cuento de antropología.

Érase una vez, hace mucho mucho tiempo, en un tiempo en que los hombres y las mujeres no se diferenciaban del todo(hasta tal punto que muchas veces se confundían unos con otros en las relaciones sexuales), la humanidad, era nómada.Iban todo el tiempo de aquí para allá. En este tiempo no había países, ni propiedades, de hecho, no había ni familias; cada grupo de viajeros era algo así como una gran familia, pero de la cual todos eran primos y uno nunca podía estar seguro (ni tenía sentido preguntarlo) quién era el padre y no era del todo raro no saber lo mismo de la madre. Estos grandes grupos eran todos distinto unos de otros hasta tal punto que cada grupo tenía una lengua distinta y no podían comunicarse unos con otros, ni falta que les hacía, pues no pocas veces pero tampoco muchas solían encontrarse, y para lo que hacían, no les hacía falta mucho qué decir. Lo más normal era el intercambio de mujeres (aunque a veces se confundían y cambiaban también algún hombre) pero también raramente se liaban mini-guerras entre estos pueblos. Las razones para esto eran muchas pero lo más importante no era qué les llevara a derramar sangre sino qué les permitía hacer algo así. Algo que, claro está, nunca harían con los suyos, y esto es porque con los suyos mantenían líneas de sangre y con los otros no. Los otros eran una horda consanguínea diferente, ajena, extraña y seguramente maloliente. De todas formas debido al carácter nómada de estos pueblos las disputas nunca duraban demasiado y nunca eran demasiado catastróficas. Sin embargo, llegó un tiempo en que esto cambió, los nómadas dejaron de ser nómadas y descubrieron un mal que hasta entonces nunca había aquejado a la humanidad, la primera de sus maldiciones que no fue otra que tener vecinos. Esto llegó a ser un gran problema pues uno nunca llegaba a saber quién era el vecino de quien, a veces donde terminaban las tierras de uno y de otro y cosas por el estilo, en cualquier caso, el problema fue que los conflictos se agravaron y las mini-guerras empezaron a ser guerras y muchas de ellas parecía que no acababan nunca. Por esto, gracias a las revelaciones de la ayahuasca (o sucedáneos) los sabios encontraron la solución a este problema: Si lo que mantenía unidad a la comunidad eran los lazos consanguíneos había que consanguinear a los vecinos para que acabasen los conflictos con ellos, había que convertirlos en miembros del clan, de este modo estarían unidos y no podrían hacerse daño. ¿Cómo conseguir esto? Se proclamó un tabú que hasta entonces a nadie le importaba y quedó prohibido el incesto, aparecieron de repente en el mundo los hijos, los padres, los tíos, los abuelos y lo que es más importante, los suegros. De repente la horda consanguínea se vio forzada si quería sobrevivir a intercambiar sus hijos e hijas con los de la horda de al lado y así, las hordas de hicieron comunidades y se puso la primera piedra de la familia. O boda o guerra, fue el máximum de tal tiempo e idea muy importante hasta no hace mucho en todo el mundo y mucho aún en aun mucho mundo. Así fueron las cosas y así fueron a más y con ello la finura de tales normas y tabúes al descubrirse problemas nuevos que hasta entonces no habían sido tenidos en cuenta, tales como la negativa a querer aceptar las ordenanzas de los que ya eran padres por parte de los que ya eran hijos a la hora de lo que ya era casarse con los que ya eran los vecinos de siempre (pero que seguían oliendo mal). Muchos jóvenes, de hecho preferían no casarse con nadie y dedicarse a confundir hombres y mujeres cuanto pudieran pues los había que llegaban a encontrar en la idea de no cargar con los hijos un curioso placer, así pues, los sabios volvieron a recurrir a los dioses del opio y estos volvieron a aconsejar sabiamente: Había que limitarles la dependencia, y así fue, el nuevo tabú fue construido sobre la separación de tareas de modo que los jóvenes pusiesen mucho cuidado en no confundir hombres y mujeres si querían sobrevivir, pues solo uniendo las labores que habían sido divididas de forma complementaria podrían llegan a independizarse, por esto, el matrimonio adquirió un nuevo toque deseable que hasta entonces nunca había tenido. Más tarde, para cerrar el círculo llegó a hace falta una nueva norma que regulase es crecimiento de las familias de modo que aliándose unas con otras no volvieran a convertirse en una horda consanguínea que llegase suponer un peligro a las más pequeñas. La clave, regalo del cannabis, consistió en la creación de los apellidos. Estos tenían un carácter regulador por el cual limitaba a través de unas complicadas leyes aritméticas, pero que todo indígena pudo aprenderse, con quienes sí y con quienes no apellidos podría celebrar su casamiento de modo que ninguna familia pudiese crecer por encima de otra y toda permanecieran en un equilibrio relativo dentro de lo que ya se llegaron a considerar comunidad más allá del límite del pueblo.