Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

martes, 15 de febrero de 2011

Sobre el derecho Político, II

Una vez ya constituido un estado de derecho, hay que explicar que el más punible de todos los delitos que puedan cometerse es sin duda la rebelión. La razón de esto es la destrucción de todos los fundamentos legales y jurídicos que deviene de una rebelión, lo cual se traduce en la destrucción esencial de todo derecho o principio de legalidad, cambiándolo en pos de un gobierno despótico por la fuerza. Así pues bien que los ciudadanos de nuestro estado considerasen un mal gobierno este el cual habitan en cualquier sentido, no podrían bajo ningún concepto tener derecho a rebelarse. En primer lugar, por la contradicción que existe en el “tener un derecho para violar los principios del derecho” que existe en cualquier pretensión de legitimar (legalizar) una rebelión. Y, en segundo lugar, porque los ciudadanos ya deben tener otro derecho fundamental para mostrar su descontento, este es, la libertad de pluma en el que se incluyen la libertad de prensa, publicación, etcétera.

Los ciudadanos deben presuponer que el gobierno es bueno e intenta hacer lo mejor posible su labor, por lo que la posibilidad de manifestarse y hacer llegar al gobierno las criticas pertinentes debería de ser suficiente para incentivar las reformas pertinentes, siempre acordes a la ley, que reparasen los defectos cometidos los gobiernos o mejorasen sus labores de gestión. De este modo se garantiza además la participación de los ciudadanos en la constitución de las leyes que dirigen en estado, siendo así que estos ciudadanos, al ser súbditos de estas leyes, se gobiernan realmente a sí mismos en la obediencia de leyes que ellos mismos han constituido o fomentado. Todo lo demás que un pueblo pudiese considerar que el legislador no ha ordenado según su mejor voluntad está contenido dentro de la sentencia “Lo que un pueblo no puede decidir sobre sí mismo, tampoco puede decidirlo el legislador sobre el pueblo”. Pero aún así la discusión y defensa contra cualquiera de estas ordenanzas debe ser pública y obediente con la ordenanza hasta su adecuada reforma, pues además es por este medio por el que el propio gobierno puede alcanzar los conocimientos que favorezcan su labor esencial.

Ahora bien, el legislador tiene el deber de actuar y sentenciar conforme a la razón y no conforme a la felicidad del pueblo, pues constituciones legales han existido ya desde hace mucho tiempo y esto ha acostumbrado a los ciudadanos a juzgar sus felicidad y sus derechos conforme a sus costumbres y tradiciones del modo que la historia ha configurado las cosas hasta el momento y no con arreglo a las exigencias de la razón. Por tanto, para los muchos, independientemente de los defectos, existe una preferencia en mantener el status quo antes de entrar en las vicisitudes de buscar una vida mejor, siendo así que la felicidad de estas gentes, así como su bienestar, puede interponerse en la práctica del buen legislador, siéndoles, además, incomprensibles muchas de las reformas que este haga conforme al derecho que nunca habían conocido en su experiencia.

Es por esto que el derecho político no se funda en la experiencia sino en principios racionales a priori que bien pueden ser legítimos más allá del conocimiento de muchos y de la aceptación de otros tantos, pero que en cualquier caso es un deber aplicarlos. Más aún, muchos hombres pueden (incapaces e indignos de ser tratados conforme a la razón) oponerse a ella con una gran dureza de corazón. Para con estos es lícito tratarlos con prudencia con tal de mantenerlos en orden y alejados con tal de evitar que provoquen daños sobre el estado.

Adjunto:

Pero si se tratase en realidad de que nuestro estado no estuviese fundamentado en el derecho y la legalidad, sino solo en la fuerza, si fuera por ventura que nuestro ejercer de la constitución fuera ilegítimo y así nuestros gobernantes y legisladores ilegítimos, si en fin, solo se tratase de fuerza también al pueblo le estaría permitido ejercer la suya. Siendo así que solo se tratase nuestro estado de relaciones de poder y no hubiera lugar para ninguna legalidad ni reforma adecuada, entonces la rebelión no sería un delito pues no tendría sentido llamar delito a ninguna conducta por punible que fuera en un estado así, más aún, si se hubieran agotado todas las vías decentes y legales para cambiar este estado, si cualquier intento de mejorar la situación de sus ciudadanos conforme a la razón fuese perseguido y castigado con gran despotismo, y fuera imposible más que con la fuerza modificar esta realidad, la rebelión sería de hecho un deber, si con esta los hombres libres liberasen el espacio que le ha sido usurpado a la soberanía, y así, finalmente pudiesen darse las condiciones para la creación de nuestro estado de derecho. Solo en este caso una rebelión sería un deber, solo con este fin sería legítima.

martes, 8 de febrero de 2011

Sobre el derecho político I

La constitución de los contratos surgen como garantía propia de estabilidad y permanencia para cualquier empresa, un contrato es en esencia la base sobre la que puede sustentarse un proyecto cualquiera, fuera para lo que fuera y de la envergadura que fuera, por ello no es de extrañar que la vida de los seres humanos apenas se integran en la vida social ya reciben una fuerte introducción de los contratos en sus vidas, más aun más tarde al ingresar en la vida pública y la laboral. La constitución de todos estos contratos es claramente artificial pero de suerte parece ser que muchos de ellos no se consideran de esta índole sino en algún modo “Naturales”, propios en algún sentido a algo así como la naturaleza humana pertenecientes a este carácter son los contratos familiares, conyugales etcétera que configuran la vida social de las personas en su conjunto. Podemos decir con toda seguridad que no podría valer para estos la formula a priori “debes entrar en este estado” pues en cualquier caso son contratos contingentes, derivados según las circunstancias de la historia y sus caprichos. Ahora bien, teoría existen otro tipo de contratos, (estados, como escribe Kant) estos son los contratos jurídicos, o mejor dicho “El contrato (estado) jurídico” el cual no es propiamente un contrato en sí mismo sino la condición de posibilidad que establece la legalidad de los contratos cualesquiera. Esta condición no es una contingencia, ni tampoco proviene del formular de la historia, sino que en realidad es una exigencia de la razón a la hora de formular un contrato en este sentido (relación jurídica).
Incluso involuntariamente, incluso con resistencia, es un deber, deber que viene de la necesidad racional de juzgar la legitimidad de tales contratos, legitimidad que solo puede serlo en sentido estricto bajo esta condición.

Ahora bien ¿Cuál es esta condición? El estado jurídico ¿Qué es el estado jurídico? Un principio que también se constituye sobre otra condición a priori. Este es; el “estado de derecho” pues solo bajo derechos universales para todos los componentes de un estado pueden juzgarse los acontecimientos jurídicamente dentro de este estado (contrato). Y a su vez Jurídicamente quiere decir con arreglo a las leyes, pero a cualquier ley sino solo a leyes que cumplan los requisitos que exige un estado de derecho, es decir, universales. Finalmente se deduce de todo esto que un “estado jurídico” es un estado acorde a la justicia por lo que no es un estado cualquiera, ni una forma como otra de establecer contratos sino un deber inexcusable de la razón pertenecer a ese estado incluso aunque las voluntades no lo quieran.
Derechos universales, ¿Pero qué derechos pueden ser estrictamente universales? No pueden ser en principio derechos positivos, al menos con carácter forzado sino optativo pues no puede decretarse ningún derecho positivo necesario sin convertirse inmediatamente en un despotismo, seguramente con fundamento económico o cultural pero en ningún caso jurídico.
Si esto es así no podrán ser derechos universales necesarios más que derechos en sentido negativo, es decir como limitación de las acciones, pero no enfocados a delimitar unos u otros campos de acción que puedan juzgarse quizás moralmente negativos para los hombres sino solo aquellas voluntades que pudiesen dañar, manipular, o en cualquier sentido interferir en el resto de voluntades cualesquiera. Estos derechos son los llamados prohibiciones, las cuales deben de estar enfocadas a establecer relaciones de concordancia e igualdad entre las capacidades de acción (llámese libertad) de los hombres, con tal, claro está de que esta concordancia sea por un lado lo menos anuladora posible, y por otro lado que sea acorde a leyes universales que pudieran decretarse legítimamente para cualquier sociedad independientemente de que estas se negasen en absoluto a aceptarlas. Por tanto el derecho es en esencia una limitación de la libertad pero solo en tanto que exigencia para la concordancia con la libertad de todos de forma que impida que un sujeto cualesquiera pudiera anteponer sus voluntades a las de otros legalmente.

Aun así de nada servirían garantías sobre la libertad y la igualdad para los integrantes de un estado jurídico si no fuera por una tercera condición esencial que funciona a su vez como garantía de las dos primeras la cual es la independencia. Libres e iguales dos personas podrían acordar legalmente un contrato demencial por el cual una de las partes vendería lo único que tiene ( su fuerza de trabajo) en la producción de una serie de mercancías valiosas a cambio tan solo de una pequeña parte de los ingresos que produce el trabajo empleado, lo cual en realidad en la aplicación no sería más que una fórmula de esclavitud, ahora bien, legalizada.

Para que tal cosa no pudiese ocurrir y para que existiese una garantía que impidiese malversar el estado jurídico en pos de intereses despóticos o privados debe de establecerse la condición a priori de la independencia para todos los integrantes de este este estado jurídico, siendo así que los contratos establecidos entre sus miembros fueran ciertamente legítimos. Para que fuera así debe de entenderse como independencia la capacidad de un individuo para vivir sin necesitar de la ayuda externa ya bien fuera por la venta de los productos del trabajo propio o bien por otra suerte de bienes con independencia del trabajo pero en cualquier caso la mera “fuerza de trabajo” no debe de tenerse en cuenta para establecer el criterio de “independiente” sobre cualquier persona pues tal cosa no es posesión ninguna, no es nada más que una propiedad humana y no una posesión de los mismos. Aceptar tal cosa para dar carácter de independiente a alguien es semejante a otorgar el título de libre por el mero hecho de tener piernas o manos y poder moverse en una dirección deseada.
Finalmente, los principios requeridos para la institución de un estado jurídico (de derecho) son libertad, igualdad e independencia.


Se ha de tener en cuenta que estos principios no deberían estar defendidos por la legislación de un estado ya constituido, dentro del cual ya formado por la historia y las relaciones de poner surgiese una fuerza del deber que a la defensiva intentase instaurar paso a paso las garantías que terminasen convirtiendo este estado histórico en un estado de derecho jurídico. No es así, más bien es desde estos principios des de donde se deben instaurar las constituciones de los estados cualesquiera pues hay que tener en cuenta que estos principios “son las únicas leyes con arreglo a las cuales es posible el establecimiento de un estado en conformidad con los principios raciones del derecho humano externo en general”*





*En torno al tópico “tal vez eso sea correcto en teoría pero no vale para la práctica” (akademia-asusage, vol. VIII 290) Kant

martes, 1 de febrero de 2011

La voluntad y el sentido.

Pero si las voluntades no son territorio de la razón y son las culturas, las tradiciones, los dogmas y las identidades las que dan fuerza al hacer de los hombres. Si es cierto pues que los hombres están hechos de ritos y dioses, de aspiraciones, deseos y pasiones. ¿Cómo es posible y cierto que tanta fuerza tiene el conocimiento sobre sus conciencias? ¿Cómo es tan siquiera pensable que algo ajeno al mundo y que por ningún lugar puede encontrarse, fuerce tanto el realizarse en la tierra y con más autoridad incluso que todo lo existente?
Más que carne y más que razón los hombres están hechos de Cultura, pues es cultura ese aliño inseparable que añaden a todo en sus vidas, ese añadido singular sin el cual no conocen las cosas, sin el cual no pueden sentir sus sabores, olerlas, sentirlas o incluso entenderlas, mucho menos, hacerlas. Es Cultura esa especia propia que cada hombre otorga a todo lo que toca, lo que piensa y lo que hace, lo que le permite tocarlas y verlas. Cultura es el sentido necesario que el hombre da a las cosas, su alma y su aura. Cultura es lo que da sentido a las cosas de la carne y convierte el sexo en sensualidad, pero también es lo que da sentido a las cosas de la razón y hace marxistas a los economistas.
Pero este añadido no es un aliño enriquecedor, sino que su efecto no es otro que de otorgar el propio sentido de las cosas, la propia identidad, identidades que no siempre son favorables, que muchas veces incluso son contraproducentes adversas para aquellas cosas que definen tanto para las cosas de la carne como para las cosas de la razón, pues no solo otorga sensualidad, sino con ello la identidad sexual de la que procede la homofobia, y no solo otorga sentido al movimiento revolucionario, sino además identidad de clase y con ello el orgullo obrero que imposibilita la exigencia primaria de la revolución, esta es, dejar de serlo.
Dejar de serlo es sin duda alguna una exigencia de la razón, pero aunque estas exigencias generen cierta fuerza, incluso imperativa, queda visto que la mayoría de las veces no basta y no por la debilidad de los hombres sino por la incapacidad poética de la razón, la incapacidad que tiene para hacer sentir, de emocionar, de dar sentido, de dar vida a lo que exige. Una tragedia quizá, pero un hecho a su vez es saber que más fomentó y puede hacer por fomentar la revolución el pequeño libro de “el manifiesto comunista” (en tanto que oda a la identidad de clase comunista) que el profundo y duro trabajo de la razón escrito en las muchas páginas de “el capital” (en tanto que estudio teórico que explica las injusticias inherentes al capitalismo).
La razón no se entiende cómo puede entenderse el amor o la rabia, pues carece de Sentido y sin este no puede mover el espíritu ni motivar la pasión.

Por ello la razón nunca actúa sola ni pura ni limpia, sino que la vemos bajo múltiples formas, nombres, movimientos y lenguajes, por ello además, llegan a ser posibles durísimos enfrentamientos entre gentes que luchan por las mismas cosas, pero que sin duda, queda claro por sus banderas que pertenecen a etnias diferentes, luchas tribales en las asambleas, arrebatos, cólera y ataques en los debates. Por ello el peor enemigo, el contrario por definición de las razones, se hace su funesto aliado, necesidad traicionera e ingobernable. No importa que quiera evitarse, los hombres dan los nombres a las cosas de forma inevitable, siempre que haga falta un esfuerzo, siempre que haga falta una acción, siempre que haga falta un añadir, un crear, o un romper, la razón no es suficiente, pues tales cosas requieren de un sentido que las traiga al mundo, y la razón no forma parte del mundo, por esto, por si misma solo puede comprenderlo al modo que los hombres la comprenden a ella, pero no se basta para hacer en él.