Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

domingo, 23 de enero de 2011

He eliminado varias entradas de este blog,
ahora tienen un nuevo hogar.

http://plumaenrojo.blogspot.com/

jueves, 13 de enero de 2011

El mal y el deber.

De forma cotidiana se encuentran los hombres con infinidad de males e injusticias, tanto para con ellos mismo, como hechas por ellos mismos y son las menos, de hecho, las veces que estos siquiera llegan a ser conscientes. Aun así, en estos menos casos la razón les guía y les hace pensar sobre los acontecimientos y normas que fijan sus vidas y su mundo hasta tal punto que muchas de estas veces deciden intervenir sobre lo que viven y lo que hacen, pero como la mayor parte de ellos no están unidos para intervenir sobre el mundo, deciden intervenir sobre sus vidas, pero como tampoco saben del todo como hacerlo, deciden finalmente intervenir sobre sí mismos.
Por medio de la razón juzgan los males lo hombres, y al localizarlos sobre si mismos ponen su voluntad y su esfuerzo en curar estos males, rectificarlos y extirparlos de sus días y sus obras, pero no hay voluntad ninguna que logre vencer las injusticias en los hombres y por ello, en su fracaso constante y su impotencia recurren a aquello que les compone, pero no su razón, para mantenerse fieles en la lucha o para calmar su conciencia en el abandono. En el primero de los casos las razones las convierten en virtudes y los males los tiñen de pecados, finalmente, con religiosa penitencia asumen soportar las duras cargas que les impone la carne y el mundo, soportando el diablo en su interior. Neuróticos, llevan una vida de autoagresiones constantes donde ya no queda ningún lugar para la razón. En el segundo de los casos, ante lo imposible de tal empresa, terminan justificando sus derrota con miserable aceptación y no se acusan a sí mismos más que de víctimas de la carne, del pasado, del sistema, de incluso ser mortales y no dioses, pero en ningún caso de responsables de sus actos pues no son más que obra de la propia naturaleza que los compone, y con ello, no dejan más lugar alguno para la razón.
Fracasa la razón cuando intenta ocuparse de las voluntades, terreno que ni le es propio ni puede invadir con éxito, pero no por ello siempre fracasa pues la razón puede hacer que los hombres comprendan su vidas, y con ello, mostrarles los porqués, las fuentes, y los principios que inevitablemente generan los males en los corazones, las vidas, y las ciudades.
Más fácil es para los hombres cambiar las leyes que las pasiones, las normas que los miedos, la producción que los deseos y por ello, cuando de este modo actúan, los fundamentos de sus males se desvanecen como el agua de una fuente a la que se ha privado su corriente, sin esfuerzo, sin sufrimiento, una muerte indolora de forma natural. Cambiando sus vidas los hombres logran cambiar sus hábitos y cambiando sus hábitos los hombres cambian sus deseos, sus excesos, sus miedos y sus males. Y si aún no fuera suficiente y aún persistiera por voluntad, por intensidad, por identidad o cualquier otro motivo mal en ellos, estos males sencillamente dejarían de serlo, o se harían ínfimos e inofensivos. Como los egoístas, tacaños y acumuladores que tanto daño nos hacen hoy en día, tenemos que saber que su poder no reside en sus posesiones sino en la situación de escasez y supervivencia a la que estamos sometidos, si hoy viviéramos en abundancia y todos libremente pudiéramos tener cuanto necesitásemos ningún poder tendrían los muy ricos y ninguna influencia podrían ejercer con su riqueza, serían locos si acaso que malgastarían su vida acumulando todo aquello que deberían otorgar sin precio las leyes.

A las nuevas leyes, siguen nuevos hombres, y a estos nuevos dioses, adecuados y ocupados de mantener y conservar el mundo que hubieran creado los hombres, y estos, si hubieran actuado con razón y conocimiento para dictar sus normas no habrían levantado ciudades sin maldad sino ciudades donde la maldad es inofensiva, donde no es algo que temer.
Triunfa la razón cuando intenta ocuparse de estructuras, normas, leyes y principios, cosas intangibles y propias que pueden atender su voz y su dominio.