Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

domingo, 24 de abril de 2011

El honor de las luchas.

Los mercados han acuñado, hipertrofiado y vociferado el concepto “rebelde sin causa”, tal cosa es una forma de menospreciar a los comportamientos asociados a la adolescencia “rebeldes porque si” sin fundamento. ¿Es este un concepto tan siquiera posible? No, no es tan siquiera pensable, por mucho que se intente hacer una argumentación acorde a la razón y a la verdad de tal idea no salen las cuentas. No puede haber rebeldía sin algo a lo que rebelarse, sencillamente todo rebelde necesita una causa para poder denominarlo como tal, o mejor dicho, son las causas las que hacen los rebeldes.

Y estas causas ¿de donde salen? Hay que ser astutos para descubrirlo, ha de tenerse en cuenta que el empirismo histórico nunca nos permiten imaginar una historia más allá de lo experimentado, es decir, de lo vivido, lo cual nos aleja siempre de la ciencia por manejar ésta realidades ideales, y peor aun, de la verdad, que seguramente nunca se haya dicho, o la justicia, que seguramente nunca se haya hecho pero que es un deber inexcusable traerlas al mundo. ¿A que viene esto? Bien, podemos ver generación tras generación que los adolescentes se revelan sin saber muy bien por qué y atribuir este extraño comportamiento cual propiedad de la edad sin nunca pararnos a pensar en qué hace diferente a un adolescente de un adulto. Y bueno, haciendo esa pregunta lo primero que se pone en juego es el tiempo, es decir la historia, lo que desde el principio hemos dicho que no hay que tener en cuenta. Así pues hay que poner de lado el tiempo,o mejor, considerar algo digno de poner de lado a todos los adultos por estar precisamente llenos de tiempo, tanto que seguramente no podamos descubrir nada interesante en ellos, y finalmente, quedarnos con los adolescentes. 

Los niños se definen por tener muy poco tiempo, tan poco que es propio de lo razonable protegerlos del tiempo, es decir, del tener que correr detrás de la historia como los adultos. Pero los adolescentes, que también tienen muy poco tiempo, se definen por ser el momento en que de poco ha de pasarse a tener mucho tiempo. Así pues, Plac, acabas de darte de bruces con el leviatán del crimen, el horror insaciable de las diez mil millones de bocas y el implacable y castrador diablo blanco. Es decir, estado, capitalismo y religión. Menos mal para la perpetuación de la raza humana que son tan ignorantes ¡Si naciéramos sapientes no nacería un solo niño! Y aún así es normal que se suiciden, sano que se corten las venas y patológico que tan solo se pongan a llorar, claramente, los que la pasan sin sufrir son unos enfermos.

Desde que existe la cultura, la adolescencia ha sido el puente de paso de lo denominado ·”estado de naturaleza” a la cultura, tal que así, que todas las culturas lo han simbolizado con siempre diferentes “ritos de paso”. En nuestro tiempo existe ese paso, pero es muy diferente, no solo por estas tres bestias que nos dejan en un estado de injusticia inimaginable por el más exquisito consejo de psicópatas y dementes, sino porque además se hace completamente solo; Como aperitivo de un mundo en el que habrás de buscarte tu propia supervivencia cual si nunca hubieras salido del estado de naturaleza. Por ello, el dolor es tan profundo como incomprensible, los adolescentes sienten que algo les duele, les duele muy muy profundamente pero ni saben qué es, ni pueden defenderse de ello. Guiados por una fuerza que excede los limites de lo pensable algunos intentan rebelarse, una hormiga que se levanta contra un vendaval sin saber siquiera qué es la brisa. ¿empezáis a entender ya porqué los libertarios somos gente tan valiosa?

Bueno, como decía los adolescentes se rebelan, ahora bien, “sin causa”. Vamos a ver ¿es que acaso no es evidente que se rebelan, que sufren hasta en la medula porque el mundo en que vivimos es un maldito calvario presa de cronos? Nosotros no lo sentimos porque estamos emponzoñados hasta en el alma de él, malditos todos, solo por haber nacido ya condenados a vivir sin condición de posibilidad alguna de tener el minimo consecuencialismo moral sin volvernos completamente locos entre mil otras perdiciones que nos llevarán y nos llevan sin excepción a los infiernos.

El mundo que construyamos tiene que ser un mundo que no haga llorar a los adolescentes, dicen que esto no es posible por el paso necesario de naturaleza a cultura, pero no es necesario que esa cultura esté hecha por la historia. El arte sale solo, eches lo que le eches, de eso no hay que preocuparse, así pues, debemos investigar mucho, hasta que por fin podamos establecer los principios de nuestra cultura. Algunos ya los tenemos, por ejemplo los principios de libertad, igualdad e independencia para la constitución del estado de derecho, o para las relaciones sentimentales el principio de no exigencia y aunque aun hace falta mucho para no hacer llorar a los adolescentes con lo que tenemos vale para que nunca más piensen en suicidarse.

¿Suficiente pretexto para quemar el parlamento? No, ¿para matar a todos los políticos y todas las estructuras políticas? si. ¿Para quemar todos los bancos y crucificar hasta el ultimo banquero? Sí, con fiestas populares y corrida de cerdos. Finalmente ¿Para quemar a los curas? Este pretexto quizás no, pero muchos, muchos, muchos, muchos, muertos y dignidades que si conociese llamaría compañeros si, así que también, y además en sagrado.

viernes, 18 de marzo de 2011

Amor y sacrificio.

¡Todo contrato exige sacrificio! En todo contrato hay una parte cedida, acordada y más importante, enfocada a un fin. Sacrificio, sadismo en pos de un bien mayor, bien mayor identificado en el Fin del contrato, aquello a lo que se quiere llegar, se quiere hacer, se necesita tener. Y no dudo, claro está, de la santidad de los contratos y de su papel fundamental, es más, es la propia estructura del contrato, la idea de “sacrificio común” lo que nos hizo humanos social y psicoanalíticamente. Pero existe una diferencia estructural entre los contratos y el amor pues el amor es fin en sí mismo y por tanto todo sacrificio hecho por amor, (en tanto que se perciba realmente como sacrificio) no es sacrificio Por Amor, es sacrificio del Propio Amor, pues no hay bien mayor por el que se pueda uno sacrificar, la satisfacción del deseo es directa, el sentimiento del amor no es algo mediado sino directo, a veces construido, a veces inesperado pero en cualquier caso algo que se consigue desde el primer momento en que se siente, es en el propio momento de sentirlo cuando surge el deseo del amor y no a través de medios ajenos como acontece su aparición. Soy claro: Cualquier sacrificio hecho por la permanencia de la pareja dentro de las formulas de la tradición lo que sacrifica en primer lugar e inevitablemente es el propio amor en pos de estructuras ajenas, ajenas como he explicado, por su constitución formal del fin último, en contraposición del fin en sí mismo.

jueves, 17 de marzo de 2011

Amor y admiración.

(...) Fenomenológicamente, la admiración produce emociones muy semejantes a las del amor tales como la embriaguez, el deseo o la motivación por determinadas inclinaciones hacia (o propias) del sujeto admirado u amado. Estas cosas pueden ser provocadas tanto por el amor como por la admiración. Además, en la práctica el hecho de admirar puede llevarnos a justificar muchas renuncias a un algo, persona, lugar, objeto, voluntad o habito, en pos de otro algo (el ente admirado), cosa que también se le atribuye al amor. Pero existe una diferencia en esta renuncia localizada en el porqué, ya que la admiración necesita un contenido específico por el cual renunciar a otros contenidos específicos (beneficio concreto en general), y en el amor no, no hace falta absolutamente nada determinado, es decir, nada justificable, separable o incluso inteligible para la renuncia de algún contenido especifico.

Profundizando en esto la diferencia se agudiza, y es que por admiración se es capaz no solo de renunciar a muchas cosas en pos de un “algo”, sino que además estas renuncias pueden suponer en sí mismas verdaderos sacrificios, pero sacrificios plausibles y posibles debido al apoyo moral que otorga el ente admirado, base de la justificación debido a su naturaleza demostrable y defendible, “material”, adecuada para ocupar el lugar que se le preste (ya bien pueda ser la moral completa como demuestran los casos de fanatismo).

Para el amor esta es una práctica no ya inaceptable, sino sencillamente imposible, por amor es inviable hacer tal cosa y no solo ya por la imposibilidad técnica de explicar los porqués (es decir, no existe ningún sostén pensable, argumentarle, medible o comparable en el amor) sino que ademas en el amor el sentido de la renuncia es totalmente el contrario al de la admiración pese a compartir semejanza: Cuando un enamorado renuncia a todo aquello que resulte adverso a su “amor en general”,(el cual, podrían llegar a imaginar podría estar completamente enfocado en un único ente ,carnoso o no, por lo cual sería posible renunciar a todo lo demás siempre y cuando esto fuera adverso a este ente), en realidad no está renunciado a nada, de hecho lo que el amante siente en realidad es que se está Liberando de las trabas que la historia, la cultura, la sociedad o los dioses le han puesto para amar como desea. Un amante puede llegar a desear carecer de su propio cuerpo, o al menos tener una condición más liquida de cuerpo para así poder fundirse mejor o completamente con el ente amado, terminado así con la condición de externo que siempre tiene, pero, por otro lado un amante nunca renunciaría a ningún contenido (habito, objeto, etc) por su amado (por una voluntad externa por mucho que la amase). Dicen que lo hacen, pero en realidad estos actos nunca se hacen conforme al amor, no en los casos en que este amante también ame (entiéndase esta palabra por ahora como se desee) tales contenidos.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Cuento de antropología.

Érase una vez, hace mucho mucho tiempo, en un tiempo en que los hombres y las mujeres no se diferenciaban del todo(hasta tal punto que muchas veces se confundían unos con otros en las relaciones sexuales), la humanidad, era nómada.Iban todo el tiempo de aquí para allá. En este tiempo no había países, ni propiedades, de hecho, no había ni familias; cada grupo de viajeros era algo así como una gran familia, pero de la cual todos eran primos y uno nunca podía estar seguro (ni tenía sentido preguntarlo) quién era el padre y no era del todo raro no saber lo mismo de la madre. Estos grandes grupos eran todos distinto unos de otros hasta tal punto que cada grupo tenía una lengua distinta y no podían comunicarse unos con otros, ni falta que les hacía, pues no pocas veces pero tampoco muchas solían encontrarse, y para lo que hacían, no les hacía falta mucho qué decir. Lo más normal era el intercambio de mujeres (aunque a veces se confundían y cambiaban también algún hombre) pero también raramente se liaban mini-guerras entre estos pueblos. Las razones para esto eran muchas pero lo más importante no era qué les llevara a derramar sangre sino qué les permitía hacer algo así. Algo que, claro está, nunca harían con los suyos, y esto es porque con los suyos mantenían líneas de sangre y con los otros no. Los otros eran una horda consanguínea diferente, ajena, extraña y seguramente maloliente. De todas formas debido al carácter nómada de estos pueblos las disputas nunca duraban demasiado y nunca eran demasiado catastróficas. Sin embargo, llegó un tiempo en que esto cambió, los nómadas dejaron de ser nómadas y descubrieron un mal que hasta entonces nunca había aquejado a la humanidad, la primera de sus maldiciones que no fue otra que tener vecinos. Esto llegó a ser un gran problema pues uno nunca llegaba a saber quién era el vecino de quien, a veces donde terminaban las tierras de uno y de otro y cosas por el estilo, en cualquier caso, el problema fue que los conflictos se agravaron y las mini-guerras empezaron a ser guerras y muchas de ellas parecía que no acababan nunca. Por esto, gracias a las revelaciones de la ayahuasca (o sucedáneos) los sabios encontraron la solución a este problema: Si lo que mantenía unidad a la comunidad eran los lazos consanguíneos había que consanguinear a los vecinos para que acabasen los conflictos con ellos, había que convertirlos en miembros del clan, de este modo estarían unidos y no podrían hacerse daño. ¿Cómo conseguir esto? Se proclamó un tabú que hasta entonces a nadie le importaba y quedó prohibido el incesto, aparecieron de repente en el mundo los hijos, los padres, los tíos, los abuelos y lo que es más importante, los suegros. De repente la horda consanguínea se vio forzada si quería sobrevivir a intercambiar sus hijos e hijas con los de la horda de al lado y así, las hordas de hicieron comunidades y se puso la primera piedra de la familia. O boda o guerra, fue el máximum de tal tiempo e idea muy importante hasta no hace mucho en todo el mundo y mucho aún en aun mucho mundo. Así fueron las cosas y así fueron a más y con ello la finura de tales normas y tabúes al descubrirse problemas nuevos que hasta entonces no habían sido tenidos en cuenta, tales como la negativa a querer aceptar las ordenanzas de los que ya eran padres por parte de los que ya eran hijos a la hora de lo que ya era casarse con los que ya eran los vecinos de siempre (pero que seguían oliendo mal). Muchos jóvenes, de hecho preferían no casarse con nadie y dedicarse a confundir hombres y mujeres cuanto pudieran pues los había que llegaban a encontrar en la idea de no cargar con los hijos un curioso placer, así pues, los sabios volvieron a recurrir a los dioses del opio y estos volvieron a aconsejar sabiamente: Había que limitarles la dependencia, y así fue, el nuevo tabú fue construido sobre la separación de tareas de modo que los jóvenes pusiesen mucho cuidado en no confundir hombres y mujeres si querían sobrevivir, pues solo uniendo las labores que habían sido divididas de forma complementaria podrían llegan a independizarse, por esto, el matrimonio adquirió un nuevo toque deseable que hasta entonces nunca había tenido. Más tarde, para cerrar el círculo llegó a hace falta una nueva norma que regulase es crecimiento de las familias de modo que aliándose unas con otras no volvieran a convertirse en una horda consanguínea que llegase suponer un peligro a las más pequeñas. La clave, regalo del cannabis, consistió en la creación de los apellidos. Estos tenían un carácter regulador por el cual limitaba a través de unas complicadas leyes aritméticas, pero que todo indígena pudo aprenderse, con quienes sí y con quienes no apellidos podría celebrar su casamiento de modo que ninguna familia pudiese crecer por encima de otra y toda permanecieran en un equilibrio relativo dentro de lo que ya se llegaron a considerar comunidad más allá del límite del pueblo.

martes, 15 de febrero de 2011

Sobre el derecho Político, II

Una vez ya constituido un estado de derecho, hay que explicar que el más punible de todos los delitos que puedan cometerse es sin duda la rebelión. La razón de esto es la destrucción de todos los fundamentos legales y jurídicos que deviene de una rebelión, lo cual se traduce en la destrucción esencial de todo derecho o principio de legalidad, cambiándolo en pos de un gobierno despótico por la fuerza. Así pues bien que los ciudadanos de nuestro estado considerasen un mal gobierno este el cual habitan en cualquier sentido, no podrían bajo ningún concepto tener derecho a rebelarse. En primer lugar, por la contradicción que existe en el “tener un derecho para violar los principios del derecho” que existe en cualquier pretensión de legitimar (legalizar) una rebelión. Y, en segundo lugar, porque los ciudadanos ya deben tener otro derecho fundamental para mostrar su descontento, este es, la libertad de pluma en el que se incluyen la libertad de prensa, publicación, etcétera.

Los ciudadanos deben presuponer que el gobierno es bueno e intenta hacer lo mejor posible su labor, por lo que la posibilidad de manifestarse y hacer llegar al gobierno las criticas pertinentes debería de ser suficiente para incentivar las reformas pertinentes, siempre acordes a la ley, que reparasen los defectos cometidos los gobiernos o mejorasen sus labores de gestión. De este modo se garantiza además la participación de los ciudadanos en la constitución de las leyes que dirigen en estado, siendo así que estos ciudadanos, al ser súbditos de estas leyes, se gobiernan realmente a sí mismos en la obediencia de leyes que ellos mismos han constituido o fomentado. Todo lo demás que un pueblo pudiese considerar que el legislador no ha ordenado según su mejor voluntad está contenido dentro de la sentencia “Lo que un pueblo no puede decidir sobre sí mismo, tampoco puede decidirlo el legislador sobre el pueblo”. Pero aún así la discusión y defensa contra cualquiera de estas ordenanzas debe ser pública y obediente con la ordenanza hasta su adecuada reforma, pues además es por este medio por el que el propio gobierno puede alcanzar los conocimientos que favorezcan su labor esencial.

Ahora bien, el legislador tiene el deber de actuar y sentenciar conforme a la razón y no conforme a la felicidad del pueblo, pues constituciones legales han existido ya desde hace mucho tiempo y esto ha acostumbrado a los ciudadanos a juzgar sus felicidad y sus derechos conforme a sus costumbres y tradiciones del modo que la historia ha configurado las cosas hasta el momento y no con arreglo a las exigencias de la razón. Por tanto, para los muchos, independientemente de los defectos, existe una preferencia en mantener el status quo antes de entrar en las vicisitudes de buscar una vida mejor, siendo así que la felicidad de estas gentes, así como su bienestar, puede interponerse en la práctica del buen legislador, siéndoles, además, incomprensibles muchas de las reformas que este haga conforme al derecho que nunca habían conocido en su experiencia.

Es por esto que el derecho político no se funda en la experiencia sino en principios racionales a priori que bien pueden ser legítimos más allá del conocimiento de muchos y de la aceptación de otros tantos, pero que en cualquier caso es un deber aplicarlos. Más aún, muchos hombres pueden (incapaces e indignos de ser tratados conforme a la razón) oponerse a ella con una gran dureza de corazón. Para con estos es lícito tratarlos con prudencia con tal de mantenerlos en orden y alejados con tal de evitar que provoquen daños sobre el estado.

Adjunto:

Pero si se tratase en realidad de que nuestro estado no estuviese fundamentado en el derecho y la legalidad, sino solo en la fuerza, si fuera por ventura que nuestro ejercer de la constitución fuera ilegítimo y así nuestros gobernantes y legisladores ilegítimos, si en fin, solo se tratase de fuerza también al pueblo le estaría permitido ejercer la suya. Siendo así que solo se tratase nuestro estado de relaciones de poder y no hubiera lugar para ninguna legalidad ni reforma adecuada, entonces la rebelión no sería un delito pues no tendría sentido llamar delito a ninguna conducta por punible que fuera en un estado así, más aún, si se hubieran agotado todas las vías decentes y legales para cambiar este estado, si cualquier intento de mejorar la situación de sus ciudadanos conforme a la razón fuese perseguido y castigado con gran despotismo, y fuera imposible más que con la fuerza modificar esta realidad, la rebelión sería de hecho un deber, si con esta los hombres libres liberasen el espacio que le ha sido usurpado a la soberanía, y así, finalmente pudiesen darse las condiciones para la creación de nuestro estado de derecho. Solo en este caso una rebelión sería un deber, solo con este fin sería legítima.

martes, 8 de febrero de 2011

Sobre el derecho político I

La constitución de los contratos surgen como garantía propia de estabilidad y permanencia para cualquier empresa, un contrato es en esencia la base sobre la que puede sustentarse un proyecto cualquiera, fuera para lo que fuera y de la envergadura que fuera, por ello no es de extrañar que la vida de los seres humanos apenas se integran en la vida social ya reciben una fuerte introducción de los contratos en sus vidas, más aun más tarde al ingresar en la vida pública y la laboral. La constitución de todos estos contratos es claramente artificial pero de suerte parece ser que muchos de ellos no se consideran de esta índole sino en algún modo “Naturales”, propios en algún sentido a algo así como la naturaleza humana pertenecientes a este carácter son los contratos familiares, conyugales etcétera que configuran la vida social de las personas en su conjunto. Podemos decir con toda seguridad que no podría valer para estos la formula a priori “debes entrar en este estado” pues en cualquier caso son contratos contingentes, derivados según las circunstancias de la historia y sus caprichos. Ahora bien, teoría existen otro tipo de contratos, (estados, como escribe Kant) estos son los contratos jurídicos, o mejor dicho “El contrato (estado) jurídico” el cual no es propiamente un contrato en sí mismo sino la condición de posibilidad que establece la legalidad de los contratos cualesquiera. Esta condición no es una contingencia, ni tampoco proviene del formular de la historia, sino que en realidad es una exigencia de la razón a la hora de formular un contrato en este sentido (relación jurídica).
Incluso involuntariamente, incluso con resistencia, es un deber, deber que viene de la necesidad racional de juzgar la legitimidad de tales contratos, legitimidad que solo puede serlo en sentido estricto bajo esta condición.

Ahora bien ¿Cuál es esta condición? El estado jurídico ¿Qué es el estado jurídico? Un principio que también se constituye sobre otra condición a priori. Este es; el “estado de derecho” pues solo bajo derechos universales para todos los componentes de un estado pueden juzgarse los acontecimientos jurídicamente dentro de este estado (contrato). Y a su vez Jurídicamente quiere decir con arreglo a las leyes, pero a cualquier ley sino solo a leyes que cumplan los requisitos que exige un estado de derecho, es decir, universales. Finalmente se deduce de todo esto que un “estado jurídico” es un estado acorde a la justicia por lo que no es un estado cualquiera, ni una forma como otra de establecer contratos sino un deber inexcusable de la razón pertenecer a ese estado incluso aunque las voluntades no lo quieran.
Derechos universales, ¿Pero qué derechos pueden ser estrictamente universales? No pueden ser en principio derechos positivos, al menos con carácter forzado sino optativo pues no puede decretarse ningún derecho positivo necesario sin convertirse inmediatamente en un despotismo, seguramente con fundamento económico o cultural pero en ningún caso jurídico.
Si esto es así no podrán ser derechos universales necesarios más que derechos en sentido negativo, es decir como limitación de las acciones, pero no enfocados a delimitar unos u otros campos de acción que puedan juzgarse quizás moralmente negativos para los hombres sino solo aquellas voluntades que pudiesen dañar, manipular, o en cualquier sentido interferir en el resto de voluntades cualesquiera. Estos derechos son los llamados prohibiciones, las cuales deben de estar enfocadas a establecer relaciones de concordancia e igualdad entre las capacidades de acción (llámese libertad) de los hombres, con tal, claro está de que esta concordancia sea por un lado lo menos anuladora posible, y por otro lado que sea acorde a leyes universales que pudieran decretarse legítimamente para cualquier sociedad independientemente de que estas se negasen en absoluto a aceptarlas. Por tanto el derecho es en esencia una limitación de la libertad pero solo en tanto que exigencia para la concordancia con la libertad de todos de forma que impida que un sujeto cualesquiera pudiera anteponer sus voluntades a las de otros legalmente.

Aun así de nada servirían garantías sobre la libertad y la igualdad para los integrantes de un estado jurídico si no fuera por una tercera condición esencial que funciona a su vez como garantía de las dos primeras la cual es la independencia. Libres e iguales dos personas podrían acordar legalmente un contrato demencial por el cual una de las partes vendería lo único que tiene ( su fuerza de trabajo) en la producción de una serie de mercancías valiosas a cambio tan solo de una pequeña parte de los ingresos que produce el trabajo empleado, lo cual en realidad en la aplicación no sería más que una fórmula de esclavitud, ahora bien, legalizada.

Para que tal cosa no pudiese ocurrir y para que existiese una garantía que impidiese malversar el estado jurídico en pos de intereses despóticos o privados debe de establecerse la condición a priori de la independencia para todos los integrantes de este este estado jurídico, siendo así que los contratos establecidos entre sus miembros fueran ciertamente legítimos. Para que fuera así debe de entenderse como independencia la capacidad de un individuo para vivir sin necesitar de la ayuda externa ya bien fuera por la venta de los productos del trabajo propio o bien por otra suerte de bienes con independencia del trabajo pero en cualquier caso la mera “fuerza de trabajo” no debe de tenerse en cuenta para establecer el criterio de “independiente” sobre cualquier persona pues tal cosa no es posesión ninguna, no es nada más que una propiedad humana y no una posesión de los mismos. Aceptar tal cosa para dar carácter de independiente a alguien es semejante a otorgar el título de libre por el mero hecho de tener piernas o manos y poder moverse en una dirección deseada.
Finalmente, los principios requeridos para la institución de un estado jurídico (de derecho) son libertad, igualdad e independencia.


Se ha de tener en cuenta que estos principios no deberían estar defendidos por la legislación de un estado ya constituido, dentro del cual ya formado por la historia y las relaciones de poner surgiese una fuerza del deber que a la defensiva intentase instaurar paso a paso las garantías que terminasen convirtiendo este estado histórico en un estado de derecho jurídico. No es así, más bien es desde estos principios des de donde se deben instaurar las constituciones de los estados cualesquiera pues hay que tener en cuenta que estos principios “son las únicas leyes con arreglo a las cuales es posible el establecimiento de un estado en conformidad con los principios raciones del derecho humano externo en general”*





*En torno al tópico “tal vez eso sea correcto en teoría pero no vale para la práctica” (akademia-asusage, vol. VIII 290) Kant

martes, 1 de febrero de 2011

La voluntad y el sentido.

Pero si las voluntades no son territorio de la razón y son las culturas, las tradiciones, los dogmas y las identidades las que dan fuerza al hacer de los hombres. Si es cierto pues que los hombres están hechos de ritos y dioses, de aspiraciones, deseos y pasiones. ¿Cómo es posible y cierto que tanta fuerza tiene el conocimiento sobre sus conciencias? ¿Cómo es tan siquiera pensable que algo ajeno al mundo y que por ningún lugar puede encontrarse, fuerce tanto el realizarse en la tierra y con más autoridad incluso que todo lo existente?
Más que carne y más que razón los hombres están hechos de Cultura, pues es cultura ese aliño inseparable que añaden a todo en sus vidas, ese añadido singular sin el cual no conocen las cosas, sin el cual no pueden sentir sus sabores, olerlas, sentirlas o incluso entenderlas, mucho menos, hacerlas. Es Cultura esa especia propia que cada hombre otorga a todo lo que toca, lo que piensa y lo que hace, lo que le permite tocarlas y verlas. Cultura es el sentido necesario que el hombre da a las cosas, su alma y su aura. Cultura es lo que da sentido a las cosas de la carne y convierte el sexo en sensualidad, pero también es lo que da sentido a las cosas de la razón y hace marxistas a los economistas.
Pero este añadido no es un aliño enriquecedor, sino que su efecto no es otro que de otorgar el propio sentido de las cosas, la propia identidad, identidades que no siempre son favorables, que muchas veces incluso son contraproducentes adversas para aquellas cosas que definen tanto para las cosas de la carne como para las cosas de la razón, pues no solo otorga sensualidad, sino con ello la identidad sexual de la que procede la homofobia, y no solo otorga sentido al movimiento revolucionario, sino además identidad de clase y con ello el orgullo obrero que imposibilita la exigencia primaria de la revolución, esta es, dejar de serlo.
Dejar de serlo es sin duda alguna una exigencia de la razón, pero aunque estas exigencias generen cierta fuerza, incluso imperativa, queda visto que la mayoría de las veces no basta y no por la debilidad de los hombres sino por la incapacidad poética de la razón, la incapacidad que tiene para hacer sentir, de emocionar, de dar sentido, de dar vida a lo que exige. Una tragedia quizá, pero un hecho a su vez es saber que más fomentó y puede hacer por fomentar la revolución el pequeño libro de “el manifiesto comunista” (en tanto que oda a la identidad de clase comunista) que el profundo y duro trabajo de la razón escrito en las muchas páginas de “el capital” (en tanto que estudio teórico que explica las injusticias inherentes al capitalismo).
La razón no se entiende cómo puede entenderse el amor o la rabia, pues carece de Sentido y sin este no puede mover el espíritu ni motivar la pasión.

Por ello la razón nunca actúa sola ni pura ni limpia, sino que la vemos bajo múltiples formas, nombres, movimientos y lenguajes, por ello además, llegan a ser posibles durísimos enfrentamientos entre gentes que luchan por las mismas cosas, pero que sin duda, queda claro por sus banderas que pertenecen a etnias diferentes, luchas tribales en las asambleas, arrebatos, cólera y ataques en los debates. Por ello el peor enemigo, el contrario por definición de las razones, se hace su funesto aliado, necesidad traicionera e ingobernable. No importa que quiera evitarse, los hombres dan los nombres a las cosas de forma inevitable, siempre que haga falta un esfuerzo, siempre que haga falta una acción, siempre que haga falta un añadir, un crear, o un romper, la razón no es suficiente, pues tales cosas requieren de un sentido que las traiga al mundo, y la razón no forma parte del mundo, por esto, por si misma solo puede comprenderlo al modo que los hombres la comprenden a ella, pero no se basta para hacer en él.

domingo, 23 de enero de 2011

He eliminado varias entradas de este blog,
ahora tienen un nuevo hogar.

http://plumaenrojo.blogspot.com/

jueves, 13 de enero de 2011

El mal y el deber.

De forma cotidiana se encuentran los hombres con infinidad de males e injusticias, tanto para con ellos mismo, como hechas por ellos mismos y son las menos, de hecho, las veces que estos siquiera llegan a ser conscientes. Aun así, en estos menos casos la razón les guía y les hace pensar sobre los acontecimientos y normas que fijan sus vidas y su mundo hasta tal punto que muchas de estas veces deciden intervenir sobre lo que viven y lo que hacen, pero como la mayor parte de ellos no están unidos para intervenir sobre el mundo, deciden intervenir sobre sus vidas, pero como tampoco saben del todo como hacerlo, deciden finalmente intervenir sobre sí mismos.
Por medio de la razón juzgan los males lo hombres, y al localizarlos sobre si mismos ponen su voluntad y su esfuerzo en curar estos males, rectificarlos y extirparlos de sus días y sus obras, pero no hay voluntad ninguna que logre vencer las injusticias en los hombres y por ello, en su fracaso constante y su impotencia recurren a aquello que les compone, pero no su razón, para mantenerse fieles en la lucha o para calmar su conciencia en el abandono. En el primero de los casos las razones las convierten en virtudes y los males los tiñen de pecados, finalmente, con religiosa penitencia asumen soportar las duras cargas que les impone la carne y el mundo, soportando el diablo en su interior. Neuróticos, llevan una vida de autoagresiones constantes donde ya no queda ningún lugar para la razón. En el segundo de los casos, ante lo imposible de tal empresa, terminan justificando sus derrota con miserable aceptación y no se acusan a sí mismos más que de víctimas de la carne, del pasado, del sistema, de incluso ser mortales y no dioses, pero en ningún caso de responsables de sus actos pues no son más que obra de la propia naturaleza que los compone, y con ello, no dejan más lugar alguno para la razón.
Fracasa la razón cuando intenta ocuparse de las voluntades, terreno que ni le es propio ni puede invadir con éxito, pero no por ello siempre fracasa pues la razón puede hacer que los hombres comprendan su vidas, y con ello, mostrarles los porqués, las fuentes, y los principios que inevitablemente generan los males en los corazones, las vidas, y las ciudades.
Más fácil es para los hombres cambiar las leyes que las pasiones, las normas que los miedos, la producción que los deseos y por ello, cuando de este modo actúan, los fundamentos de sus males se desvanecen como el agua de una fuente a la que se ha privado su corriente, sin esfuerzo, sin sufrimiento, una muerte indolora de forma natural. Cambiando sus vidas los hombres logran cambiar sus hábitos y cambiando sus hábitos los hombres cambian sus deseos, sus excesos, sus miedos y sus males. Y si aún no fuera suficiente y aún persistiera por voluntad, por intensidad, por identidad o cualquier otro motivo mal en ellos, estos males sencillamente dejarían de serlo, o se harían ínfimos e inofensivos. Como los egoístas, tacaños y acumuladores que tanto daño nos hacen hoy en día, tenemos que saber que su poder no reside en sus posesiones sino en la situación de escasez y supervivencia a la que estamos sometidos, si hoy viviéramos en abundancia y todos libremente pudiéramos tener cuanto necesitásemos ningún poder tendrían los muy ricos y ninguna influencia podrían ejercer con su riqueza, serían locos si acaso que malgastarían su vida acumulando todo aquello que deberían otorgar sin precio las leyes.

A las nuevas leyes, siguen nuevos hombres, y a estos nuevos dioses, adecuados y ocupados de mantener y conservar el mundo que hubieran creado los hombres, y estos, si hubieran actuado con razón y conocimiento para dictar sus normas no habrían levantado ciudades sin maldad sino ciudades donde la maldad es inofensiva, donde no es algo que temer.
Triunfa la razón cuando intenta ocuparse de estructuras, normas, leyes y principios, cosas intangibles y propias que pueden atender su voz y su dominio.