Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

lunes, 13 de diciembre de 2010

Sobre el vegetarianismo y la conciencia.

Casi salen solos, siguiendo las líneas de la moral, los planteamientos vegetarianos; Una vez se comprenden en profundidad las consideraciones de Igualdad, en las que tales como la raza, la clase social, la etnia, la cultura, los dioses, y cualquier otro sea cual sea de los factores contingentes que hacen hombres a los hombres, en realidad no tienen nada que decir, así como frente a los juicios racionales, es normal, siguiendo la línea añadir a tales casos a “la especie” como otro de estos determinismos contingentes y por tanto, intentar aplicar a la vida practica un hacer lo más consecuente posible con tales reflexiones. De este modo entre los estudiosos de la moral es normal encontrar a un gran número de vegetarianos, pero no solo en estos grupos, sino también en muchos grupos políticos de izquierdas que, bajo la misma bandera de la igualdad, del mismo modo que luchan contra la opresión de leyes, culturas, dioses, estados y cualquier caso de opresión del hombre por el hombre, llegan a la conclusión, siguiendo la línea de las consecuencias, que tampoco es tolerable la opresión de los animales por los hombres.

Lo que ocurre aquí ciertamente es el manifiesto de esa tendencia humana a ser consecuente con las conclusiones que se sacan de lo que se piensa o se estudia, como ya dijo Carlos Liria: “Si al decir que es imposible igualar la hipotenusa con los catetos empezara a salir sangre por todas partes, los profesores de matemáticas serían gente políticamente muy peligrosa y habría que deshacerse de ellos. A veces pensarían: ¡Joder, con las hipotenusas!, se merecen que las fusilen… Y entonces se unirían a un partido que se dedique a fusilar a las hipotenusas. Bueno, eso es lo que pasaría en un mundo gobernado por las hipotenusas” Cómo él mismo defiende es común que aquellos que han estudiado de verdad que es eso del capitalismo tengan una innegable tendencia a, cuanto más: más aun, volverse anticapitalistas. Del mismo modo, es normal encontrar, entre aquellos que estudian la moral o siguen las consecuencias políticas de la misma, a muchos vegetarianos.

Y como he dicho, cuanto más: más aún. Pues una vez que uno empieza a informarse descubre muchas razones para hacerse vegetariano: Ya sea por el daño atroz que hace a la tierra las cadenas de sobre-explotación de la industria cárnica, en la que toneladas (Y es un decir) de alimentos quedan desperdiciados sin más fin que producir un porcentaje muy inferior de nutrientes cárnicos, añadiendo a esto la fuerte contaminación que tienen están industrias sobre el suelo y las tierras colindantes, cuyo consumo es prácticamente una política de exterminio. Por otro lado, si además se tienen en cuenta no ya las cuestiones de impacto natural (denominadas “del clima”) sino las propias de los animales que allí son tratados como si de apestosas maquinas malolientes (o algo peor) se tratasen, uno queda totalmente horrorizado. Cuanto más, más aún, en la medida en que se informase sobre como, por ejemplo, las vacas son obligadas a hacer leche desde que apenas alcanzan la pubertad, para lo cual son violadas, y luego prácticamente encadenadas a unos tubos que succionan el fluido directamente desde las ubres, en un espacio de 2 por 1 metros cuadrados (por lo que el animal siquiera puede girar 180º sobre sí mismo) viviendo sobre una piscina de sus propios excrementos que son “limpiados” a furia de manguera si acaso una vez a la semana, más aún, cuando los ves con alguna herida que de forma inimaginable se habrán hecho pustulandose e hinchándose de forma atroz, uno, sencillamente, no puede volver a ponerse delante de un filete de ternera sin sentir una mezcla de horror y nauseas.
A estos ejemplos, podrían sumarse una infinidad de razones desde la más fría razón hasta pura piedad. Sin embargo, el vegetarianismo tiene efectos algo extraños sobre aquellos que lo practican, no hablo por el tipo de alimentación, claro que no, sino sobre los fundamentos de estas conductas. Parece ser, de hecho, que todos aquellos que he conocido que han sido vegetarianos (aún durante muchos años) al final terminan dejándolo al menos parcialmente, cómo si las motivaciones económico-políticas o los conocimientos sobre los horrores que sufren los animales fueran diluyéndose poco a poco en el tiempo, por otro lado, para aquellos que aún lo siguen siendo se termina convirtiendo en algo así como un rasgo de carácter muy afianzado, por lo cual, deja de ser una cuestión mínimamente racional, sino que pasa a ser algo muy personal, tal como la timidez, o el miedo a las arañas.

Este extraño fenómeno denota algo, y no puede ser una demostración de la debilidad humana para ser consecuente con la propia razón, pues, bien es cierto y tenemos en la historia de forma abundante muchos casos en que mucho más les ha valido a los hombres su dignidad que su vida entera, casos en que, la razón, en forma de dignidad, que ni ofrece ni promete nada, y con todas las de perder (como fue durante la dictadura de Pinochet) conseguía superar todas las torturas y sufrimientos sin decir una sola confesión sobre el paradero de sus compañeros.

¿Por qué no ocurre así con el vegetarianismo, si del mismo modo alerta a la razón sobre los horrores del consumo de carne? Pues, evidentemente, porque el crimen no está en el consumo de carne, sino en la industria que la produce. En cierto modo, el consumo de carne es algo natural del ser humano, no porque necesite comer carne, sino porque puede hacerlo, es más, porque incluso no hacerlo puede darle algunos problemillas con la alimentación, y más aún, porque cuando va al mercadora hay kilos y kilos en exposición, y claro está puede surgir un deseo que debe ser reprimido. Es decir, que en el caso de una comunidad que se alimentase únicamente de productos vegetales, formar parte de tal comunidad (ser vegetariano) no daría ningún problema, pero en esta, la nuestra, ya que serlo implica que los sujetos se quiten a sí mismos cierta libertad que a priori no tienen porqué, es lo que lo hace algo problemático. La clave está aquí, en la represión de ese deseo, ya bien sea leve, leve son sus efectos pero los mismos que ocurre con este tipo de cosas y es que en su lugar surge un rasgo de carácter, un pequeño trauma, que satisface de forma imaginaria ese deseo. De este modo, podría llegar a decirse que en realidad muchos vegetarianos son algo neuróticos.

¿Nos hace neuróticos intentar ser consecuentes? Es más ¿Podemos ser realmente consecuentes? En palabras de Santiago Alba Rico: “allí donde nuestras más banales costumbres cotidianas – la de mandar un mensaje por el móvil o elegir una marca de cereales- tienen una relación “inimaginable” con algo terrible que sucede en el Congo o con la muerte repentina de quince niños en indonesia, es muy difícil aplicar nuestros concepto tradicional de responsabilidad.”
Cuando no comemos carne, intentamos ser consecuentes y no participar de la cruel matanza y tortura de los animales, pero ¿Acaso cuando llamamos por el móvil somos participes de la guerra del Congo? De hecho, hay muchas personas que creen que sí, y por ello no usan móvil, lo cual demuestra claramente el nivel de desquiciamiento que puede tener los intentos de ser consecuentes con la moral.
Desquiciamiento porque es imposible ser consecuente, no porque lo sea en sí, sino porque no se puede ser consecuente con la moral, la verdad o la justicia bajo condiciones capitalistas: El abismo creado por el desnivel prometeico es completamente insalvable por las capacidades de representación humana, las cuales, ante tal impotencia tienden a desquiciarse.
Aún así, eso no significa del todo que sea imposible ser consecuente, sino que es necesario serlo a otro nivel, es necesario pasar del nivel factico de los hechos, al nivel sistémico del que surgen las injusticias. Es decir, que bajo condiciones capitalistas, donde por ser de forma holística el sistema algo injusto macabro y atroz, y ante la imposibilidad real de escapar del sistema, ya que ni siquiera gozamos del derecho de independencia, sino que, en realidad estamos ligamos cual lacayos a las estructuras del estado correspondiente, no podemos en realidad, más que intentar ser consecuentes con la moral y la razón en una lucha contra el sistema en general, del mismo modo que es tal sistema lo inmoral en general, en cualquier caso.
En conclusión: El vegetarianismo no es en realidad más que otro ejemplo entre esa amalgama de “luchas” parciales, personales, conscientes o no contra la atrocidad del sistema capitalista (en tanto que intolerable). Por lo que, ser vegetariano así como cualquier otra cosa en contraposición a la multiplicidad de crímenes del sistema provoca en los individuos más males que bienes, por un lado, por las consecuencias psicológicas que tiene añadir más autoagresión sobre los individuos, y por otro lado, porque tal agresión es completamente innecesaria e inútil; Innecesaria porque la necesidad moral de ser consecuente puede satisfacerse con la lucha anticapitalista en general sin incurrir en autoagresiones, e inútil porque tales luchas individuales son, precisamente y absolutamente individuales, y no tienen ni pueden tener ninguna repercusión externa, por lo que la fuente de los crímenes se mantiene absolutamente intacta.

¿Quién podría negar que es un crimen la forma en que están “criados” los animales? ¿Quién podría negar que estos animales debieran estar en libertad suficiente para su desarrollo natural, y que hubiera que hacer de ellos un consumo selectivo? Nadie, sin duda, pero también, nadie sin duda echaría su negocio a la ruina por invertir un 0.8% más de dinero e mejorar el pienso de los animales, claro está.

¿Son malos los empresarios, son buenos los veganos? Tales palabras hace ya mucho tiempo que perdieron su sentido, la moral ya no sabe a qué atenerse.
En palabras de Carlos Liria: “Es imposible, humanamente hablando, sentirse responsable de la guerra de Iraq. Ni siquiera es posible sentir humanamente hablando la atrocidad de la guerra de Iraq. Es posible sentir la muerte de un hijo en un bombardeo. Eso ya es casi demasiado grande para un ser humano. Es el límite absoluto de lo que un ser humano es capaz de soportar e imaginar. La guerra de Iraq ya es demasiado, está mucho más allá de esos límites. Es un acontecimiento para la historia, no es un acontecimiento posible de la vida de los hombres. Se trata de una acontecimiento que excede con mucho las condiciones finitas en las que el ser humano comprende lo que es moral y lo que no. Por eso, para la mayor parte de los seres humanos de este planeta, la guerra se ha convertido en parte de un paisaje histórico tan inevitable y anónimo como el de la naturaleza. El ser humano puede representarse el daño que es posible hacer con una porra. Pero no está preparado para hacerse cargo de una bomba de racimo. Mucho menos para juzgar moralmente los efectos de destrucción masiva más poderosa de todas: el sistema económico mundial.”

Apología del amor libre (Final)

(Se recomienda imprimir este escrito y leerlo con tiempo)

Introducción

Los celos, así como muchas otras cosas, son una lacra enfermiza generalizada... Diría yo que, más que un problema personal de muchos, es, más bien, un problema político y estos, los problemas políticos, no se solucionan por los métodos generales de lo que solemos entender como “superación personal”. Es decir, que por mucho que pensar no ser celosx “te haría mejor persona”, no hay método posible de superarlo por la introspección. Este tipo de problemáticas se solucionan de otra manera. Se tiene que atender a las fuentes de las que surgen, a nivel estructural o sistémico; en este caso, la constitución formal de las relaciones de pareja. Hay que analizar sobre qué se constituyen y cambiar esos principios con la intención de que, una vez cambiadas estas circunstancias, los problemas vayan arreglándose por sí solos o con la ley del mínimo esfuerzo.

Son muchas las cosas que podría decir, pero procuraré ceñirme a lo más esencial (y actual):

Si analizamos la constitución formal de las relaciones en general, podemos ver que, consciente o inconscientemente, casi siempre se basan sobre algún tipo de “contrato”. De algún modo, hay ciertos deberes que debemos cumplir para mantener estas relaciones, lo cual hace que muchas cosas (ajenas a la relación) vayan bien y son, precisamente aquellas a las que las relación se enfoca (en cada caso) como un fin. Por tanto, el buen cumplimiento de estos “Deberes” hace de la relación lo más deseable posible en todos los casos, menos en uno muy concreto: las relaciones sentimentales. La razón de esto es que este tipo de relación ya tiene un “soporte” independiente más propio y singular (este es: el amor), el cual entra en conflicto constante con todos los “contratos” que se intente interponer a su alrededor, haciendo que los perjuicios vayan (muy a menudo) más allá de lo contraproducente.

Para argumentar así, y más aún para poder hacer una apología del amor libre, lo primero que se debe analizar es toda la amalgama de consecuencias que se derivan, crecen y estructuran las relaciones de pareja tradicionales (Las cuales llamaré “cerradas”). La intención de este escrito es, de hecho, hacer una crítica lo más destructiva posible a estas parejas cerradas a fin de dejarnos con el espacio abierto necesario para empezar a construir una teoría sobre el amor libre, pues considero que toda argumentación de este estilo debe de empezar por aquí: Si no destruimos a priori la pareja cerrada, el “amor libre” no puede llegar a ser más que otro caso “Posible” de tipos de relaciones, a juzgar por cada persona como mejor o peor dentro de la multiplicidad de alternativas en este mundo moderno. Mi intención no es esa, sino construir de forma racional (científica) unos principios, (a raíz del estudio del funcionamiento estructural de las emociones) que sean validos en cualquier caso a la hora de establecer relaciones sentimentales. Repito, cualquier estudio del amor libre no puede definir contenidos en la relaciones, sino definir cuáles son las pautas, los principios de los que partir de forma puramente formal.

Se sigue de esto que el amor libre no tiene que ver con una conducta moral, la cual intente solucionar problemas éticos como el egoísmo o los celos (si es que estos se pueden tratar como tal) derivados de los sentimientos. Muy al contrario versa sobre la validez natural de las emociones, buscando el fundamento primero del que surgen, atendiendo al funcionamiento sobre el que se sostienen las relaciones sentimentales, con la intención principal de liberar toda circunstancia que provoque comportamientos adversos al funcionamiento propio de las mismas emociones (como ocurre cuando estas se someten a un carácter de “supervivencia”) No se trata por tanto, de procurar un cambio directo sobre los comportamientos, intentando ceñir estos al modelo teórico, sino de crear las circunstancias adecuadas (actuando sobre la estructura de las relaciones) de modo que de forma natural desaparezcan los sentimientos enfermizos y se fomenten los saludables. Claro que como he dicho, para conocer estas circunstancias adecuadas, hace falta un estudio racional.

En la pareja cerrada, los sujetos son víctimas de estas circunstancias, la primera clave para entender esto es que en este tipo de relaciones se han mezclado ideas que nada tenían que ver con el amor (empezando por el matrimonio). Digamos, sencillamente, que los fines para los que está enfocada la relación tradicional no solo están completamente obsoletos, sino que además, si se convierten en “principio” de una relación amorosa, esta se dirige necesariamente a la autodestrucción (en tanto que “amorosa”).

Ocurre así por las consecuencias, o mejor dicho, principios a los que se somete la relación. (Siendo más estrictos aún: “condiciones de posibilidad” a las que somete los sentimientos.) Esta condición de posibilidad (de forma general) es la monogamia, es decir, el deber inexcusable de tener que (o mejor dicho, tan sólo poder) centrar todas las capacidades amatorias en una única persona, forzando a la persona a saciar todas sus ansiedades, deseos y sueños para con esta, sea de hecho esta adecuada o no para con uno o muchos. Dicho así, ya queda claro que es un fracaso, pero veamos por qué; en primer lugar, qué es exactamente esa idea de “Contrato”.


El contrato

Los contratos son artificiales, es decir, que carecen de vida propia o, lo que es lo mismo, de “Ser propio”; más claramente, están enfocados hacía un fin ajeno a su propia existencia. Se hacen para algo y no por el propio placer que producen por sí mismos, ya que, en realidad, suponen bastantes esfuerzos derivados de los compromisos que conllevan. Ocurre así, además, porque no están ligados a las emociones de quienes lo firman, si no a sus propias condiciones, por tanto, no es de extrañar, por ejemplo, que puedan por ahí pasarse mucho tiempo de noviazgo con alguien a quien hace tiempo dejaron de querer. Pero, si no fuera este argumento suficiente, (pues es cierto que ese contrato se sostiene sobre amenazas que muchas veces no hay valor suficiente para afrontar) no hace falta más que añadir el caso contrario, en que se rompen relaciones aun con el corazón ferviente de amor, pero totalmente negado a continuar la relación por lo intolerable que pueda ser aceptar las condiciones.

Los conflictos que surgen entre el contrato y las propias emociones pueden llegar a ser críticos, desastrosos y muchas veces irreparables. ¿Qué las hace mantenerse entonces? ¿Es algún beneficio, quizá? Con respecto a esto, hay ciertos mitos, cosas que dice la gente, como, por ejemplo, que bajo esas circunstancias se tiene una mayor seguridad. Para afirmar tal cosa hay que entender necesariamente a la otra persona como un bien que se quiera conservar y no como un igual. Para entender a la otra persona como un bien, hay que asumir el “contrato” como la propia esencia de la relación, lo cual la sitúa en un plano de precio/beneficio (en el que la propia relación solo existe en la medida en que la medida tasa/beneficio sea provechosa). Para eso, además, hay que entender “aquello que te da el amante” como cosas concretas, cerradas, que puedan clasificarse y medirse para poder juzgar su valor. Y, finalmente, volviendo a lo de antes, para que estas concepciones sean posibles, la relación no puede basarse ya sobre las emociones (ya que aquí no tienen ningún lugar más que en la medida en que puedan tener un beneficio tasable), sino sobre el propio contrato. Pero si es así, ¿por qué cuando esa misma dinámica es la más productiva para cualquier proyecto y trabajo, en el caso de las relaciones sentimentales, fracasan?

Lo cierto es que nunca vemos (obviando el caso del matrimonio) a las parejas escribirse los contratos con tales derechos y tales deberes que habrán de cumplirse durante el tiempo que estén juntos, sin embargo, parecen ser bien conocidos, pues están en la propia educación. Pero lo más llamativo no es eso, sino que tales cosas aprendidas en la infancia no se atribuyen a la propia cultura en que se crían, sino al propio amor, como si, de hecho, este tuviera esa dinámica. De este modo no tiene ningún sentido que se haga material tal contrato, pues entienden que se da “de suyo” en los sentimientos. Así pues, cuando se enamoran, de forma automática levantan el compendio de artificios aprendidos, sean o no adecuados a lo que ellos mismos están sintiendo. Es cierto que casi la totalidad de las cosas que hacemos, en lo que refiere al “modo” de hacerlas, proviene de la educación, por tanto, esto no sería un problema si no fuera porque ese “modo” de hacerlas anula el amor, en tanto que no lo tiene en cuenta para nada.

Yendo a lo básico, hay un ejemplo común y muy sencillo de esto:

Pongamos que Julia y Marta llevan un par de años de noviazgo tradicional, pero, un día, Julia conoce a Héctor y, poco a poco, no tiene más remedio que acabar asumiendo que se está enamorando de él. Julia sigue amando profundamente a Marta y casi no puede imaginar vivir sin ella; por otro lado, cada día que pasa, la emoción que Héctor produce en ella crece en su corazón, así que, finalmente, Julia se ve un día forzada a decidir si dejar a Marta y empezar una nueva relación con Héctor o, por el contrario, intentar olvidarse de este y procurar seguir su vida normal con Marta. El fondo del problema para Julia reside en que lo que la une aún a Marta es lo mismo que la hizo enamorarse de Héctor –que los ama a los dos– y en que, además, no tiene ni idea de en qué medida. Más aún, aunque piense que Héctor tendría menos valor porque lo acaba de conocer, siente en el fondo de su corazón que algo muy profundo se rompería, exactamente lo mismo que le pasa con Marta. Julia, en realidad, no quiere renunciar a ninguno de los dos y, de repente, se encuentra ante una situación que le resulta trágica, que le da mucho miedo y de la que sabe que elija lo que elija tendrá repercusiones dañinas que no quiere asumir. Sabe que, haga lo que haga, algo por dentro se le terminará rompiendo, pues sólo tiene un único corazón.

Entonces, ¿qué clase de seguridad puede ofrecer un tipo de relación que al mínimo latido del corazón se rompe?


Y, sin embargo, muchos ansían ese contrato. No me refiero solamente por una dogmática tradicional, sino de forma real (bajo fundamentos reales) a la hora de establecer una relación. Para explicar esto, hace falta tener en cuenta las consecuencias que provoca sobre la dinámica emocional lo expuesto anteriormente. Lo cierto es que, acostumbrados a establecer las relaciones sobre contratos estáticos, en aquellas situaciones en que estos no existen, se sienten perdidos y como “si se les fuera a derramar de las manos” la relación que tienen con la otra persona. Hay que tener en cuenta que esta situación la viven en lo que podría entenderse como el periodo previo (de seducción, quizás) a la aceptación del contrato, el cual, finalmente, se toma como una victoria y, a la vez, como un alivio ante la incertidumbre, añadiendo, además, el correspondiente descanso, pues durante este periodo han estado esforzándose más allá de lo natural con tal de acelerar lo más posible el “sí, quiero salir contigo”.
Este proceso, en el cual la seducción tiene tintes de sacrificio y el contrato es la recompensa final, no tiene un resultado inocuo sobre la educación emocional de las personas. Lo cierto es que a los sentimientos no se les puede agarrar, pero ¿tiene esto algo que ver con la insoportabilidad de la sensación de incertidumbre?

La respuesta es que no, pues, si fuera así, no sería una sensación de la que puede una curarse (o quizá más exacto, aprender a normalizar). Lo cierto es que, en los casos en los que se ha conseguido superar estas formas tradicionales, han pasado primero por una fase de “Permanente incertidumbre” con respecto a las personas a las que querían, pues por primera vez se adentraban en ellas sin ningún seguro artificial de permanencia. Aun así, siempre ha sido tan sólo cuestión de tiempo, progresivamente fueron aprendiendo a atender a los sentimientos de la otra persona, como tendencia natural, basando sus actos y el hacerse de la relación sobre esta dinámica, hasta olvidar finalmente el esquema de derechos/deberes para instaurar en su lugar una complicidad afectiva, construida por un permanente diálogo y mantenida finalmente por el propio deseo de estar cerca. El proceso de seducción desaparece al desaparecer el contrato, haciendo que este se inserte en la vida cotidiana, que pierda sus tintes sacrificados y se convierta en un endulzamiento de los días en los que se da; además, se hace tan longevo como sea la propia relación ya que, al no hacerse por un fin mayor, no se excede el esfuerzo y no acaba en cansancio. Finalmente, ya que desaparece cualquier seguro artificial, y al estar sostenida la relación por el hacer cotidiano de las propias personas, se convierte esta en un organismo vivo, pero este tema no lo trataré en este escrito.

Por tanto, tal deseo del contrato no es natural sino provocado por la tradición y luego mantenido y fomentado por las propias consecuencias del contrato. Aún así, ¿ofrece el contrato alguna otra cosa? Hay otro mito: el de la estabilidad.

Las emociones no son estables, eso es seguro no solo a nivel general, sino que no son pocas las personas en las que estas son especialmente caóticas, por tanto, es difícil pensar que una relación que estuviese atendiendo todo el tiempo las emociones pudiera tener alguna estabilidad, muy al contrario, uno se imagina una relación caprichosa y problemática, en la que una de las partes acabaría finalmente cansada de soportar los cambios (o permanencia) de la otra. Además, no se puede suponer que en una relación sin contrato la naturaleza de las emociones cambie y se estabilice, más bien al contrario, desaparece gran parte de la presión que las obligaría a mantenerse quietas y estáticas. ¿Cómo sería posible tener una relación estable sin un fondo vinculante?

Podemos y solemos llegar a tener muchos conflictos internos, problemas que nos hacen cambiar de rumbo durante la vida, conflictos que nos hacen pasarnos varios meses bajo la amenaza de la depresión o la decadencia. Para muchos, la pareja más que un apoyo supone un problema añadido ya que no solo tienen que estar en su dura vorágine, cuidándose de sí mismos, sino que además tienen que estar a la altura en unos casos, inventarse explicaciones (que ni ellos mismos comprenden) en otros, etcétera. Lo peor de todo, y lo que más acentúa la gravedad de estas situaciones, es la dureza de las consecuencias. En un contrato hay acuerdos y, cuando estos acuerdos no se cumplen, hay consecuencias, por lo que, muchas veces, uno de los componentes de la pareja se ve obligado a tomar una decisión “forzosa” ante los hechos o, en otro caso, se ve impedido para tomar una decisión “de soberana importancia” por miedo a las consecuencias (que son la decisión forzosa del otro). De este modo, las emociones son un gran problema, pero, en realidad, esto no es una cualidad intrínseca a ellas. Lo cierto es que, al eliminar el contrato, no eliminamos la inestabilidad de las emociones, pero sí eliminamos que esto suponga un problema, de hecho, tal cosa solo supone un problema bajo condiciones de exigencia.

Los mejores amigos, esos que de forma natural duran para toda la vida, son aquellos con los que se consigue establecer una relación de igualdad, de complicidad y en los que sabes reconocerte; no es necesario que sean los que más y mejor te han comprendido, ni los que más apoyo te han dado cuando estabas en tu peor momento, en realidad, lo que los hace tan especiales (duraderos) es que no te han pedido nada (o, al menos, no te han pedido más de lo que podías (querías) darles). Aprendemos a vernos en los demás y a sentirnos identificados en la medida en que les dejamos ser ellos mismos (tan distintos de nosotros). Es con el transcurso del tiempo, cuando vemos a las personas desarrollarse, como podemos llegar a asimilar los defectos de los otros cual proceso de aprendizaje; entonces surge cierta empatía y se intensifica la complicidad.
En la pareja cerrada, debido al carácter vinculante y exigente del contrato, tal cosa no puede llegar a materializarse, por tanto, es en realidad el contrato lo que pone en peligro la estabilidad de la pareja, y es, al contrario, la eliminación de este lo que permite que se tomen los espacios y tiempos necesarios para el desarrollo de cada persona sin que esto tenga un carácter perjudicial para la integridad de los amantes. En el fondo está lo que solo puede llegar a verse después de la tormenta, y es que se siguen queriendo; eso, en tal caso, es lo que debe cuidarse.

Pero ¿por qué ocurre todo esto? ¿Por qué hay tanta exigencia? Suena más bien a un lamento que a una pregunta, y seguramente algún eco de tal pregunta debe de ser fácil de encontrar en la cabeza de cualquier lector… He explicado ya algunas de las consecuencias del contrato, pero aún queda lo más importante y es explicar qué es aquello que lo hace auto-reproducirse, cerrarse y, con esto, el tema de los celos con el que inauguraba este escrito.

La admiración.
La necesidad de lo mejor.

En primer lugar tenemos que tener en cuenta que, debido a las condiciones del contrato, se ven forzados a intentar realizar todos sus deseos y ansiedades para con una única persona, por ello, esta no solo no puede ser cualquiera, sino que, además, que se sientan atraídos en algún sentido no basta. El contrato requiere muchos sacrificios, así que necesitan buscar a alguien con quien tales crímenes “merezcan la pena realizarse” (sobre sí mismos); digamos que la persona a la que se disponen a amar tiene que ser suficientemente guapa, inteligente, sensible, etc., además de destacar en algún ámbito que sea aquel en que el enamorado pone mayor interés. De este modo, la posibilidad del amor se asienta sobre las cualidades de la otra persona, dándole más prioridad a la admiración que al amor, creando este proceso: –Encuentro->admiración->amor>-relación-. Solo se permiten a sí mismos enamorarse, de entre todas las personas que conocen, aquella que más les aporte o aquella que se adecúe mejor a sus necesidades.

El miedo a lo mejor:

Claro que esto tiende a provocar (de forma intrínseca e insalvable) la siguiente situación (volvemos con Julia y Marta, pero en este caso vamos a analizar la situación por el lado de Marta):

Marta admira profundamente a Julia, la considera la mejor persona que ha conocido jamás y está profundamente enamorada, pero tiene miedo, porque en clase de piano Julia conoció a Héctor (que, además, es un tío) y, desde entonces, han estado hablando mucho; lo peor de todo es que, ciertamente, Héctor es un chico guapísimo y que tiene pinta de, además, tener muchas cosas buenas… Marta tiene miedo de que, al final, Julia termine pensando que Héctor es mejor que ella; Marta empieza a sentir muchos celos.

Con respecto a este tema, también hay un mito y es la posibilidad de que tal cosa tenga un carácter positivo (toda esta mierda sin sentido de la competitividad), ya que tal situación llevaría a Marta a intentar mejorar todo lo posible su persona con tal de ser definitivamente mejor que Héctor o preferible, al menos, a él. Esto es una falacia, la cual surge del propio error de pensar que los sentimientos están basados sobre las cualidades, cosa que se necesita pensar bajo las condiciones del contrato.

Marta se esfuerza e intenta ponerse más bonita que nunca (entre otras cosas), sin embargo, todos sus esfuerzos son en vano: no sólo no se libra de la incertidumbre ni le da seguridad siquiera, sino que se da cuenta de que, en realidad, no tiene ni idea de qué cosas son las que la propia Julia admira de ella, y mucho menos de qué es lo que a Julia le gusta de Héctor (por mucho que intente descubrirlo). Marta está cada vez peor, bajándole cada vez más su autoestima y preguntándose en qué “no está a la altura”.

Ni puede llegar a saberlo nunca, pues este esquema liga el amor a las cualidades (como si tuviera algo que ver ser moreno o rubio con el amor). Lo cierto es que, haga lo que haga, Marta nunca podrá estar segura (ni un poquito) de que a Julia no le termine gustando más Héctor que ella misma.

En consecuencia, Marta, cansada de su propio sufrimiento, intentará que Julia deje de ver a Héctor, para ello, intentará que deje el piano, o padecerá alguna enfermedad o mal por el cual Julia tenga que pasar mucho tiempo cuidando de ella, etc. A partir de este momento, Marta se irá convirtiendo en una persona más y más celosa, procurando mermar en todo lo posible la capacidad de acción de Julia y el conocimiento de cosas o personas de esta, pues lo cierto es que, bajo estas condiciones, lo único que puede asegurar que finalmente Julia no dejase a Marta por Héctor es que ni siquiera hubiera llegado a conocerle, siendo que deje de conocerle la única solución.

Pero aquí no queda todo: irónicamente, esta situación entre Marta y Julia, provoca que Julia necesite, más que nunca, alejarse de Marta y, además, estar con Héctor, el cual ahora se presenta no solo como un nuevo amante sino como un alivio, ya que, al hacerse la relación con Marta más sufrida y cerrada, Julia se siente más y más vacía y débil, y necesita cada vez más de otra persona que la ayude de salir del infierno en que ha terminado por convertirse la relación con la persona que antes más amaba.

Esta historia es tan trágica como real y cotidiana, además, sobre ella hay muchas cosas que analizar:

Una de ellas es el conflicto que surge a raíz de mezclar dos cosas distintas:

La primera es la necesidad de ser admirado; esta necesidad surge implícitamente de la propia admiración que tienen hacia a los demás, no por la propia admiración en sí, sino por la mala conducta de justificar los propios actos sobre lo admirable de las otras personas. De este modo, acaban necesitando sentirse a sí mismos admirados por los demás a fin de garantizarse la validez de sus propias conductas. En el momento en que los actos propios pierden la justificación de voluntad propia en pos de un bien (o voluntad ajena), cada vez necesitan la aprobación de otras personas para asegurarse de que lo que hacen está bien, pues desacreditan la validez propia.

La segunda es que mezclan esta necesidad de admiración con el amor que sienten; este sentimiento, el amor, es un deseo injustificado, injustificable, que siempre se escapa de las manos de quien intenta relacionarlo con cosas, hechos o formas medibles o tasables. Por tanto, entra en un conflicto interno con el sentimiento de la admiración, el cual, para surgir, lo primero que necesita es un porqué.

Esta mezcla muy probablemente se dé por el parecido que tiene fenomenológicamente con la admiración: las inclinaciones, la embriaguez y otras cosas deseables pueden ser provocadas en medidas semejantes tanto por el amor como por la admiración, pero las fuentes son bien distintas, no se relacionan por su forma. Se suma a esto la necesidad social de tener “un amor que merezca la pena”, del que puedan sentirse orgullosos y presentar satisfechos a los demás como algo bueno (socialmente bueno, en relación con lo comúnmente deseado).

Finalmente el conflicto de esta unión no es otro que la destrucción de la capacidad de amar “desinteresadamente”, ya que la propia admiración va absorbiendo hasta descomponer la espontaneidad y ligereza del amor, obligándole a estar asentado sobre hechos y experiencias bien fundadas, pesadas como la losa de las tumbas.

Otra de estas es la aniquilación de bienes y libertades que provienen del miedo:

Más allá del “amor trofeo” que acabo de exponer, cierran todas las puertas a nuevos amores y amantes, toda posibilidad es rechazada y temida en cuanto se presenta. Ya puedan encontrarse de forma natural con “otros” más o menos deseables o atractivos, dignos de añadir a la vida propia, o vengan conocidos a través de otras personas (del modo en que harían nuevos amigos).

Siguiendo el ejemplo, a Julia podría ocurrírsele decirle a Marta: “¡Tienes que conocer a Héctor! Es un tío genial” y Marta sentirse, de hecho, satisfecha y contenta de conocerlo, ahora bien, en el momento en que Marta pudiera percibirlo como una amenaza para (lo que entiende como) su relación con Julia, todo lo atractivo (y cuanto más atractivo, aún más ocurriría) de Héctor se convertiría en fuente de miedo e inseguridad.

Trágicamente y en realidad, cuanto más le guste Héctor a Marta peor se sentirá consigo misma y con su relación con Julia debido al miedo que le provocarán esas emociones.

Este miedo viene producido por la relación (consciente o no) que captará entre lo que a ella misma le guste de Héctor y lo que pueda gustarle a Julia. Cuanto más atraída se sienta ella misma, más miedo tendrá de que del mismo modo se sienta Julia y de que, por tanto (en el pensamiento de Marta), Julia termine eligiéndolo a él, teniendo que dejarla a ella. Además, debido a su miedo, rechazará todo lo posible su propio sentimiento de atracción con respecto a Héctor; esto supone una autoagresión, lo cual dañará su moral (tanto más cuanto mayor sea), haciendo que la estima que pueda tener de sí misma disminuya en el mismo estilo común al resto de casos de auto-agresión o auto-culpabilidad comunes.

En conclusión, cuanto más sea posible, de forma natural, que la aparición de Héctor en la vida de Marta y Julia sea algo deseable para ambas partes, más se convierte tal aparición, debido a las condiciones del contrato, en algo horrible.

El Sacrificio

En cualquier caso, aún no llegando a este punto, no son pocas las derivaciones de estos procesos, consecuencias que tradicionalmente son llamadas bajo el título de “los celos” y que provienen de toda esta problemática.

No voy a negar del todo (no por ahora) que exista algún principio “natural” en los celos; mejor dicho, no voy a negar que exista una emoción que sea la excusa perfecta para decir que “los celos” son algo natural. Podemos encontrar seguramente a base de bisturí y mechero un sentimiento de añoranza y deseo al que a rastras pueda encontrarse con licencia un sitio en el senado emocional… Aún así, y pese a todos los juegos legales que pudieran hacer tales abogados para dar voz a sus perversos clientes, siempre seguiría habiendo un abismo entre la existencia de “los celos” y la legitimidad de lo que se hace bajo su nombre.
Es cierto que pueden tener un mal día, y echar mucho de menos a alguien en un momento determinado, es cierto que, incluso, pueden tener derecho a llorar de pena y lamentarse por la necesidad de esa persona en ese momento, y es cierto que no está mal que tales males sean sosegados y acogidos por la persona en concreto a la que tanto se invoca. Ahora bien, los “derechos a ser acogido” no pueden venir de la pena en sí, la cual, en realidad, no es más que una invitación más o menos enternecedora a un trato determinado, sino que siempre son “otorgados”, siempre son un regalo que la otra persona ofrece, no son “Derechos” en el sentido propio (universal, necesario) de la palabra. Este “derecho a ser acogido” es muy humano, pero No tiene validez universal, No puede reivindicarse como Justicia, No puede exigirse con autoridad propia en ningún caso.

Por esta razón existe un abismo entre calmar la pena y las normas que imponen los celosos, ya que llegan a imponer condiciones hasta niveles demenciales, hasta atentados criminales contra la libertad de las personas (como no poder llevar falda corta). Este abismo no es de intensidad, sino esencial, ya que en el caso del acogimiento en los malos momentos se hace como regalo, y en el caso de la falda se hace como exigencia.

La línea divisoria entre una cosa y otra puede llegar a ser turbia y viscosa, llegando a hacer falta una navaja bien afilada para desollar tanta carroña de los ojos del juicio; esta cuchilla es la noción del sacrificio: un sacrificio es un mal hecho en pos de un bien mayor, lo cual a primera vista es razonable y lo cierto es que lo es en sentido general, pero hay bastantes casos en que la noción de sacrificio se vuelve demoledora y contraproducente.

Las relaciones sentimentales son uno de estos casos; en el amor, las cosas se hacen por amor y, aunque no lo parezca, el amor es algo muy personal, muy singular, muy propio de quien lo siente, nunca es un sentimiento compartido (aunque pueda empatizar), no sale nunca del amante. Esto no significa que se haga siempre para consigo mismo, al contrario, se canaliza y realiza a través de un ente externo, del hacer “bien” sobre “lo/el” otro, pero la fuente y el sentimiento siempre son privados; como un músico que tocase el Arpa, el arte y la melodía siempre están en el autor aunque de forma inseparable necesite del instrumento para materializarla. Esto no significa tampoco que el enamorado sea el “dueño” de su amor, ni mucho menos, es en realidad un sujeto “atravesado” por el amor, podría decirse que “víctima”, pero no en un sentido negativo, sino positivo: en realidad el amor lo que hace es Liberar la capacidad de acción y deseo, establece un canalizador necesario para las virtudes y potencialidades del enamorado... Este tema será tratado más extensamente más adelante, por ahora, la idea importante a señalar es que los actos de amor siempre se hacen “por amor”, esto es, en pos de la propia emoción/capacidad de amar, y no en pos del sujeto amado. Hay que tener en cuenta, para entender esto, que en realidad los amantes (como dice su propio nombre, “amantes”, en sentido positivo) lo que quieren es amar, realizar sus propias ansiedades de forma activa, es decir: sienten las ganas de besar a la persona amada más que de ser besados por ella.

Por tanto, por mucho que se ame y por “sacrificados” que parezcan, los actos de los enamorados no son en realidad sacrificios, ya que toda dificultad no se siente como dificultad, sino como exaltación de la gloria propia, como ofrenda sagrada a las emociones; se superan como demostración de validez y poderío de la grandeza del amor. Pero no del amor “a alguien” como si ese alguien en realidad fuera la fuente de tales hazañas, porque en realidad nunca lo es, sino, como he dicho, del propio amor en sí.

Se ama por amor y, cuanto más se ama, más crece en uno el amor a sí mismo, más se ama por tanto a uno mismo debido a la satisfacción y realización generada a través de la materialización del deseo y más pueden amar a los demás debido a la fuerza y motivación consecuencia de la felicidad añadida.

Se sigue de esto que, bajo las condiciones de las relaciones sentimentales, cuando hacen en realidad un sacrificio, cuando se sacrifican “por alguien”, y lo sienten realmente como una carga, como una dificultad, como un mal, donde el bien supremo no es otro que mantener la relación, no solo se están traicionando a sí mismos, sino que también están traicionando a su capacidad de amar, la cual queda dañada bajo los trabajos forzados a las que se la obliga, agotada y resentida para seguir sintiendo como antes. Tales sacrificios no son actos de amor, son, en sí mismos, sacrificios, en los cuales lo sacrificado siempre es (independientemente de la materialización práctica en cada caso) el propio amor, no en pos del amor, sino del usurpador que se levanta sobre el cadáver del amor, esto es: la relación/contrato sentimental. El sacrificio no es aquí más que otra autoagresión con las consecuencias antes expuestas.

Además, es doblemente contraproducente, pues, volviendo al ejemplo, en caso de que Julia no cediese ante las exigencias y los celos de Marta, el comportamiento de esta (Destroza-amores) la iría alejando más y más de su amada, asfixiándola más y más, hostigándola más y más para que haga un verdadero sacrificio (por amor), por el cual Julia abandonaría una relación de camino al fracaso (aun con sus cosas buenas) en pos de un horizonte inseguro pero al menos no gastado por los celos, los miedos, y las exigencias. Esto es, dejará a Marta con la esperanza de que Héctor le cure las heridas.

Bien, entonces, comprendiendo y sabiendo analizar en sí mismos la noción de sacrificio (es decir, notando cuándo una acción la sienten como un regalo, una exaltación o un desgaste, un daño), podrán diferenciar cuándo bajo el principio de los celos (o cualquier otra cosa) debe realmente un acto hacerse o no; diferenciar los actos que tienen un fin deseable y saludable del que no los tienen. Pero ¿de dónde vienen esos celos insanos? ¿Qué les hace a muchos intentar forzar tales gestos destructivos en los otros a quienes supuestamente aman?

La explicación está clara: Son las propias condiciones de posibilidad de las relaciones cerradas las que provocan estas conductas. Esto es algo que ya he ido explicando a lo largo del desarrollo del texto, cómo la forma cerrada de la pareja provoca más males que bienes en los individuos que lo componen. Hablando en sentido general, las consecuencias son dependencia, miedo, debilidad y necesidad.

Al verse obligados a mermar sus propias capacidades emocionales en pos de un supuesto bien mayor (la consistencia de la pareja) una vez se hayan auto-justificado tales actos (admiración) se hacen dependientes de esta persona, ya que intentan situarla en la base de la motivación de sus acciones, pudiendo llegar al punto de no ser capaces de actuar sin la aprobación ajena. Consecuencia de esto es, además, una progresiva debilidad en ellos, haciéndolos más susceptibles y fáciles de dañar: ya que, de algún modo, tienen que acabar con el propio sistema inmunológico para poner en su lugar la voluntad ajena, se hacen más enfermizos y más dóciles. Sumando, además, a este estado una tendencia a la ansiedad a razón de la incertidumbre que les provoca el hecho de ser cada vez menos capaces de valerse por sí mismos, necesitando un apoyo externo que les guíe o en quien puedan volcar sus frustraciones. Y, finalmente, la suma de todas estas circunstancias potencia el sentimiento del miedo, la inseguridad y la desconfianza… Fomentando otros trastornos como la paranoia o la agresividad. Y, por si todo esto fuera poco, la solución que se da comúnmente entre las relaciones cerradas no es mucho mejor, esto es, el Ascetismo.

De forma común, cuando intentan relaciones sentimentales, de forma más o menos consciente suelen notar este tipo de amenazas sobre sí mismos y sobre su relación, por ello, intentan buscar todo tipo de soluciones con tal de que, manteniendo las mismas condiciones, logren librarse de todas las consecuencias que de estas se siguen. Muchos son los malabares, fracasos, y fantasmas que suelen perseguir, pero la fórmula que ha demostrado permitir una mayor estabilidad en las parejas ha sido lo que puede llamarse una forma de ascetismo. Digamos que el truco está en intentar mantener un equilibro más o menos lamentable entre los deseos, la vitalidad, la propia capacidad de amar, la integridad personal, etc., y las propias condiciones del contrato, reduciendo estas emociones hasta límites en que sean lo menos perceptibles y molestas posibles, situándolas es espacios de reclusión o secreto. Quedan, definitivamente, en un estado de tira y afloja (bajo mínimos), entre un morirse de hambre y un “quedarse en coma” a base de reprimir la realización de los deseos, intentando que no por ello tengan del todo que acabar con algún resquicio de personalidad.

En cualquier caso, y aunque consigan sobrevivir, ¿acaso hay lugar en tal solución para el amor?