Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

miércoles, 13 de octubre de 2010

Sobre la acción y la contemplación.

A continuación están expuestos tres textos diferenciados,independientes, pero que he unido por compartir la misma temática en sentido profundo, ya que de hecho, son el resultado de las reflexiones en torno al mismo tema que he estado llevando últimamente.
Los dos primeros pueden encontrarse en mi fotolog (http://www.fotolog.com/plumaenrojo/67600602 y http://www.fotolog.com/plumaenrojo/67630095 )Pero el tercero únicamente lo he publicado en este blog.





El humo nos gusta, nos atrae, para muchos incluso es una razón para fumar.
Seguramente por la propia semejanza que tiene con los pensamientos; Efímeros, espectrales, de gris y blanco, difíciles de definir por su propio carácter humeante. Ese humo, el pensamiento, es como un juego, un entretenimiento a través del cual nos paramos a quemar ideas, vivencias, libros. Esperamos pacientes, latentes: A cada calada que exhumamos permite un instante de revelación, un segundo en el que la mente rauda intenta hacer la fotografía, captar el “eidos”, percibir la forma entre la efemeridad absoluta para luego, ante la visión del nuevo vacio, aspirar otro trocito de vida, consumirlo, quemarlo y expirarlo nuevamente dispuesto a la contemplación.

Cuando se piensa, y cuando se fuma no puede hacerse nada más (al menos si quiere hacerse bien) requiere una pasividad absoluta, la negación primera de cualquier otra acción. Lo curioso además es la sensación que produce de hecho, pues cuando se fuma se experimenta la misma sensación de cuando se está pensando, aunque claro, cuando se fuma no se puede estar pensando… aunque la mente experimente el mismo ejercicio.
Puede que digáis que si, pues este estado nos puede llevar a pensar en muchas cosas ya que es el estado ideal, pero notareis que cuando de verdad se piensa, que es cuando se escribe (ese don divino que nos permite eternizar el humo) dejamos de fumar.





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(…) Aún así, en cualquier caso, debería ser capaz de aplicarme a mí mismo mis conclusiones.

Pero claro, eso nos lleva al doble problema de siempre; Por un lado, que la contemplación impide la acción, y por otro lado, que los conocimientos aprendidos por la contemplación fuerzan ciertas acciones, que no solo son acciones (rompiendo con la contemplación) sino que además son problemáticas por su compromiso para con lo eterno ( verdad, justicia ,libertad y belleza) y no para con lo contingente (tradiciones, costumbres y relaciones de poder) es decir, que son revolucionarias sea cual sea su campo o aspecto.

De este problema uno no puede escaparse entero, no solo por los problemas materiales que desembocan de la propia acción (y que podrían dar un sentido literal a la expresión “no salir entero”) sino también por la realidad insalvable de que, por un lado, cuando se comienza una acción se deja la contemplación, esto es, “conocer” y por tanto nos vemos desnudos contra los hechos. Por otro lado, puede llegar un momento en que ya el propio pensamiento especulativo (esto es “las investigaciones de la razón”) se quede precisamente en eso, en vana especulación, al no tener más material experimental (ya bien sea teórico) para seguir profundizando al haber agotado todas las propias posibilidades que permitía la situación del contemplador. Y por último, que hay muchas cosas que una vez conocidas tienen a provocar una tensión aun mayor (por su carácter de intolerables) entre la acción y la contemplación.

Por tanto, ¿Qué decir? Somos bastante parecidos a los topos, o a algún otro ser subterráneo, pues solo podemos saber a dónde vamos, si de hecho dejamos de “ir” y sacamos la cabeza para echar un ojo; Pero si llega el momento de finalmente volver a moverse, volvemos inevitablemente a estar a ciegas, y bajo tierra, nadando por terrenos arenosos (y peligrosos).
No hay forma de saber lo que hacemos (cuando lo hacemos) ni forma de hacer algo cuando sabemos lo que nos pasa.

Ante todo esto no queda escapatoria, no podemos más que llegado el momento saltar al vacío ( es decir: nuestro mar de tierra) con la esperanza de sobrevivir hasta el próximo momento que tengamos oportunidad de volver a mirar las estrellas. Mientras tanto, nos tocará beber del error, comer del fracaso y escapar de la policía.




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Asumir el fracaso es una de esas cosas difíciles, no necesariamente porque seamos muy orgullosos, sino por los recursos, sensaciones, que nos da nuestra mente de forma ajena a nuestro control.

el proceso más común es el de Idea-> interés-> ilusión-> preparación-> postergación-> y por último, rechazo, que tiene mil formas desde “no vale la pena” hasta “no es tan bonito” en el mejor de los casos, cuando no se convierte en una especie de odio o resignación profunda.

De estas conductas, no puede acusarse tanto al individuo, este, no es más que una víctima más de lo que defendería yo (quizás en otra ocasión) como un mal más político que personal, de hecho, el primer paso para solucionar este problema consiste en no reconocer estas conductas como algo propio, sino como algo de lo que uno mismo es víctima, (de qué, como he dicho lo dejaré para otro momento.)

A las conductas a las que me estoy refiriendo son aquellas que siguen desde el mismo momento propio de la “preparación” que he comentado antes, en esta inocente idea se encuentra ciertamente el germen de lo que será una espiral de cerrazón que nos irá perdiendo en sus laberintos hasta que finalmente lo asumamos como la casa propia, olvidando que es de hecho un laberinto, un mal, o como nos pasa con todo lo que consumimos, un montón de basura.

Hay que estar preparados sí, pero eso solo se aplica a un conflicto, una guerra en la que la vida propia ( u otras cosas más o menos valiosas ) corran peligro, en circunstancias así hay que prepararse, ya que de hecho, si no nos echamos encima de ese mal, este, tarde o temprano se terminará echándose sobre nosotros. Pero claro está, y esta es la diferencia, cuando tenemos una buena idea, esta normalmente no suele nunca echársenos encima, sino que tenemos que ir a por ella, y como tal, a base de preparación se nos va la vida y el aliento.

Esta conducta defensiva, por la cual repensamos (por ejemplo) mucho lo que vamos a decir ya bien sea alguna cosa loable, no es inocente, es la representación clara de un interior temeroso e insano (al que yo mismo me sumo con grandes galardones de desgracia) el cual no solo teme por que le dañen, (a eso puede uno acostumbrarse) sino que teme dañar a los demás, es decir: que sea rechazado (en su persona o su proyecto).

Como he dicho, a raíz de esto preparamos mucho las acciones, y caemos en otra trampa, pues no de casualidad encontramos cada vez más y más fallos a la idea, por lo cual la postergamos al infinito, hasta que finalmente pensamos que es tan fea que no merece la pena, aunque también podamos verla muy bonita, pero en ese caso quienes no lo son son aquellas personas a quien estaba dirigida.

Bien, he dicho que no es inocente, y digo esto porque el desarrollo que damos a la idea, (refiriéndome a todo aquello que podamos pensar sobre las consecuencias o reacciones) es siempre dentro de nuestro propio marco mental ( vamos a llamarlo, invernadero) en el cual las cosas crecen en realidad a nuestro antojo, nos demos cuenta o no, formulando el futuro supuesto que más nos convenga ( no para bien) y basando finalmente nuestras acciones sobre este, considerándolo de hecho lo más sensato ( seguramente a base de pensarlo mucho) cuando en realidad y muy al contrario, no sea más que un delirio deprimente para no movernos un solo paso.

¿Os dais cuenta que difícil es asumir el fracaso?

¡Precisamente porque lo asumimos de antemano! Nos creemos realmente que “hemos asumido algo” cuando en realidad no es más que una triste estratagema para quitarnos la responsabilidad de tener que asumir nada, sea para bien o para mal, pero ya que lo bueno es aquello que nos movería de sitio (y no nos vamos a mover) asumimos aquello que más quietecitos nos deja, nos creemos que hemos pensado en algo y conseguimos drogar la consciencia. Asumimos ese fracaso, tan solo para no asumir el fracaso de no tener capacidad de tan siquiera hacer las cosas, aunque sea mal hechas.
Hay otras cosas que hay que tener en cuenta, refiriéndome a aquellas que hacemos cuando sí tenemos ovarios de movernos. También me refiero ahora a los futuros supuestos, pero en este caso a aquellos que van para bien. No tiene que ver con un exceso de ilusión ( que no está tan mal de vez en cuando) sino en una planificación de esta ilusión que nace también de la misma preparación a la que me refería antes, la cual puede llevarnos al mismo destino que en el caso anterior, pero también a otro distinto y es el de la decepción. (Sobre esta en realidad no voy a decir mucho, es más bien un “tenedlo en cuenta”)

Ahora bien, tanto en este como en el caso anterior la solución es la misma : “Actuad tan pronto y tan locamente como sea posible” (en caso de no estar bajo una amenaza real ( y con amenaza real solo entiendo a aquello relacionado con la policía, el ejército y sus leyes)) Hay que tener en cuenta, que las cosas buenas para con nuestra vida, nos nacen más de impulsos y casualidades que de grandes esfuerzos, (refiriéndome a lo que nos enriquece la vida, y no lo que nos hace poder vivirla) Estos impulsos pueden ser muy leves, o muy intensos, pero como ya dije en otra ocasión “son como bocanadas de humo” y debemos apresurarnos a atraparlo
(escribirlo, realizarlo) pues poco después solo nos dejará de vuelta al vacio. Por otra lado, tengo que añadir sobre la preparación que esta solo se obtiene en la experiencia ( “nuestro mar de tierra”) y que solo a base de movernos “bajo el suelo” vamos a tener algo que “decirle luego a las estrellas”; Es decir, que la preparación no se prepara, la preparación se aprende…

Finalmente, hay que ser realistas, y es que no se puede empezar por la solución que acabo de citar, lo primero en cualquier caso, pasa por el largo proceso de asumir el fracaso, y esta también, solo se aprende en la experiencia. Después: La locura (“saltar al vacío”) como tendencia, hasta que finalmente asumamos que no hay mejor consejo que atreverse a cometer un error.