Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

viernes, 3 de septiembre de 2010



Cuentan por ahí los viejos, esos que fuman en las puertas de los bares que tienen ventanas grandes a la calle, esos que te dicen cosas extrañas y se ríen como viejos que son por cosas que nadie más que ellos entienden, que son arquitectos, economistas y sociólogos a la vez…Que una vez, hace muchísimo tiempo ya, mucho tiempo para ellos que son muy viejos, en un país demasiado lejano para ir andando, y en un pueblo donde no había carreteras, que llegó uno de ellos, un viejo con la barba la mitad de larga que el bastón que le ayudaba a caminar, además, le acompañaba a este un burro, o un camello, con dos grandes alforjas y una alfombra que hacía las veces de montura y de cama, allá donde se la pusiera.
En el pueblo no había mucha gente, no para nosotros, dicen, pero sí tenía una bonita plaza, con un cedro muy grande y el viejo se fue para allá y se montó una tienda con un par de mantas y una única cuerda muy larga, luego se tumbó a dormir y nadie le echó en cuenta.
Sin embargo a la mañana siguiente, por muy temprano que se levantaron los mayores, resultó que todos los niños lo habían hecho antes. Estaban todos en la plaza rodeando a este viejo que contaba cuentos e historias mágicas. En el pueblo nadie excepto los niños supo jamás que les hizo estar allá antes incluso de que amaneciese, (y cuando les preguntas los viejos se ríen sin responderte) pero no les pareció un mal viejo a los viejos del lugar, ni a los mayores, que aliviados parecían de no tener que soportar a los más pequeños, y satisfechos con los más grandes, pues parecía que este viejo, o quizás su burro que podría ser un camello, les estaba enseñando a leer.

Fue pasando el tiempo y resultó que a este viejo, que todos debido al aspecto de nómada con que llegó, pensaban que no estaría mucho, le gusto el clima y el pueblo, y no pasaron meses sino años, que resistiera su tiendecita sin un solo arreglo en todo ese tiempo. Los niños crecieron, pero el viejo se quedó en viejo, y cuando ya los niños no eran ya niños, un día, el viejo abrió la segunda alforja de su camello (que también era un burro) y sacó unos libros mucho más viejos que el más viejo de los viejos que los viejos recordaban haber conocido. Y entonces el viejo dejó de contar cuentos.

Los niños, que ya eran grandes, se hicieron discípulos, y las nuevas historias comenzaron a contarlas las estrellas, por lo cual muchos de ellos se dormían a la luz del día en los campos cuando había que trabajar y también en los puertos, los bares y en la iglesia. Pasaban los aprendices las noches entre la matemática y la astrología y al llegar el día no les quedaban ya fuerzas para sostener ni las redes ni el arado, así pues, fueron por primera vez los mayores, que durante años habían dado buen trato y cobijo al viejo, a quejarse, y decirle que si quería volviese a jugar con los niños más pequeños y dejase a los más mayores, pues ya era hora de ponerlos a trabajar.

Aun así nada podía hacerse, pues cada nuevo capítulo de cada libro les parecía a los jóvenes más apasionante que el anterior, pues cuando no trataban de la locomoción de los animales, traban del método cartesiano, cuando no, del sentimiento de lo bello y lo sublime, cuando no, de un tal Gorgias y así siempre con nuevas maravillas que salían con gran claridad de la garganta más vieja que había en el pueblo.


Los mayores se quejaban, así que empezó a enseñar de día, lo cual fue peor, pues en lugar de dormirse directamente se escapaban, y el día que descansaba el viejo, el pueblo se llenaba de una fina tristeza, como si el propio cedro se pusiera triste al no oír el mejor pajarillo.

Entre palabras e ideas, mitos y tabúes, fantasmas y supersticiones, sucedió que un día en que el viejo no estaba con su burra, se reunieron allí los mayores y comenzaron a quejarse y a gritar enfadados y muy molestos con el viejo: Unos amenazaban con quemar los libros, otros solo querían echarlo, alguno golpearlo y resultó que unos pocos, solo querían hablar con él… Pero entre tanta discusión apareció por allí el viejo con un pequeño grupo de jóvenes que le seguían paseando, y en ese momento la que fue una gran discusión se hizo una muchedumbre unida por gritos y desprecios, abucheos e insultos al viejo que pasaba por allí.

Dicen en los bares los viejos, que seguramente el viejo del camello también era un brujo, pues cuando este comenzó a caminar a un paso tan lentamente longevo, tan solemnemente dedicado, fueron los mayores, quizás sin darse cuenta, bajando y bajando su voces y sus palabras tanto que cuando este llegó frente a ellos (seguramente pasaron días) hablaban apenas entre murmullos, y cuando el viejo se dispuso a hablar hasta la encina pareció callar a sus pajaritos para que se le oyera mejor.

Las palabras de este, dicen los viejos del bar, son algo que nunca se pudo llegar a comprender, fue una lengua sin duda de otra tierra o incluso otros mundos, o quizás la propia de los lugareños, pero con una dulzura y una belleza que muchos rompieron a llorar de vergüenza, y otros de amor emocionados ante las bendiciones que el aclamado como el más santo entre los santos pudo haber pronunciado.
Entre tal momento eterno, que duró lo que duraron seis o siete veranos se encontraros sus discípulos de nuevo frente a su maestro, y recuperando el aliento y la consciencia preguntaron cómo era posible, que después de que aquella muchedumbre envilecida le insultara y le deseará maldiciones impronunciables por cualquier hombre digno, cómo era posible entonces, que le hubiera respondido con palabras tan bellas, que de seguro no se merecían.

Y el viejo, sostenido en su bastón que medía el doble de su barba les respondió:

“Hijos míos, un hombre, solo puede dar lo que tiene.”