Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

viernes, 16 de julio de 2010

Quisiera tiempo, espacio infinito.

Por la tarde, la luz filtrada entre las cortinas y la persiana baja, pero no demasiado, dejaría entrever la brisa del murmullo de la gente, ajenos a nuestra intimidad.

Por la noche, una vela que nunca llegase a consumirse, única lumbre, señalaría el aliento fresco, el aroma placido y misterioso, curioso de oír el murmullo de las caricias.




Existe un dolor, que parece calmarse con la rapidez, que parece no notarse al correr, al agotar y consumir cada minuto. Muchos por ello, llegan a pensar que el dolor proviene de hecho del ser pausado, e intentan vivir más felizmente devorando su tiempo, contando las horas, y organizando los haceres, en muchos y distintos, pero escasos de momentos, para sentir que se ha respirado profundamente.

Pero no consigue curarse este daño, y finalmente paran de agotamiento, sintiéndose derrotados, ven como el sol ha recorrido sin ellos la mañana, como “no estaban allí”, como no han podido levantarse siquiera, y en ese momento, se sienten miserables.

Corren, y todo correr va demasiado deprisa, todo correr les atasca y les hace perder el tiempo. Las cosas que mejor nos sientan requieren su tiempo, y su tiempo siempre parece ser demasiado. Una metáfora, un pincel, un paseo, son cosas que requieren demasiado, más de lo que pueden darle, más de lo que se permiten tener.

Valoran la fuerza, la pasión y la viveza, pero la pasión se derrama solo a gotas y no llegan para beber, por ello se aquejan, de siempre tener sed. Buscan entonces más y más fuentes, pero no logran ser suficientes, muchas se rompen o se olvidan, por puro despiste, pues no hay tiempo para recordar.

Y al caer la noche, cuando no parece haber nada que comer en ese instante, les duele en el alma como una maldición, cada vez que no están viviendo algo, cada vez que no hacen algo que contar, cuando solo queda alguna canción triste como consuelo a un mal peredne, condenados a soportarlo en una vida siempre insuficiente.

Pues ese dolor, no es hambre ni ansiedad, sino la falta del eco, el oleaje creciente bajo la piel que deja una caricia esmerada, un beso prolongado, un abrazo acogido en el silencio, un atardecer que no se agota, una mirada persistente…

miércoles, 14 de julio de 2010

Ortografía: El orto de la escritura

¿Qué satisfacción se encuentra hallando las faltas de normas y leyes ortográficas?

Que en realidad, no tienen nada de “ley”. Las normas ortograficas no son más que una suerte de adecuaciones, una búsqueda sin sentido de algún tipo de estructura perfecta del lenguaje, donde no la hay, para nada. Solo el azar y la historia han decidido que “servir” deba escribirse con V. De la formulación de los verbos acabados en bir, no se deduce que necesariamente tres de esos verbos sean en V y ni mucho menos, que servir sea uno de estos, ya que, de hecho, no existe ninguna fórmula si no que, podría ser, fuera así no más que por fuerza de haberlo escrito “mal” en su momento.
¿No es bastante decir con esto que nada que mereciese el título de “ciencia” puede sacarse de aquí?

Muchos dirán que la ortografía es muy bien necesaria, pues no se puede cortar un halla, ni verbalizar un haya, pero me pregunto cómo no viven estas personas más que de lenguaje escrito, ya que el hablado, de hecho, debe de serles incomprensible, y seguramente pregunten todo el tiempo si es con B o con V lo que les dicen, no pudiendo encontrar sentido a la frase: “Esta hacha me sirvió para cortar una haya”, más que una vez hubieran preguntado por la existencia de una H, la de una V o B, y la de una Y o una LL.

Claro que, esto no es así; Lo sería si fuesen consecuentes, pero solo los más idiotas son consecuentes con algo tan absurdo, ya que de hecho no se puede, por la tozudez que tiene la mente, en olvidar lo innecesario.

Para estas gentes, debe de existir un abismo entonces entre las normas de lo hablado y lo escrito. Bueno, diréis que existe un abismo; Pero no veo otra diferencia más que lo escrito, suele ser lo hablado pero “bien dicho”, o como nos gustaría haberlo dicho en su momento.
Ahora bien, ello en nada tiene que ver con la comprensión ni la eficacia del lenguaje en su sentido mismo, de salir de una lengua y llegar a una oreja; Las lenguas hacen ruidos y las orejas los perciben. El problema es que “perciben” y “perciven” suenan igual (en su sonar siempre diferente) Hay quien dice que no, que son sonidos distintos. De hecho lo son, ya que todo sonido siempre lo es. La pregunta es entonces: ¿De qué universo provienen estas personas donde los lenguajes tienen un modelo real? Y más intrigante, ¿cabría descubrir si pueden entender a un Jerezano (hablando castellano) o incluso, hilando fino, al lenguaje más “neutro” que conseguimos oír en los telediarios? Pero lo más fascinante, sería descubrir de qué dios han oído decir “perciben”.

Continuando la pedantería, dirán que una cosa es el lenguaje escrito y otra es el lenguaje hablado, argumentando qué tienen “leyes” distintas. Sin duda, en este momento nos hemos caído en un pozo, y no el de Tales, sino un pozo donde ya no se ve nada, pues si eso fuera cierto, el lenguaje escrito sería incomprensible. ¡La escritura nada tendría que ver con la palabra! Lo sería, no solo ontológicamente, sino además, estéticamente incomprensible.
Estéticamente además, pues si fuera cierto que contienen leyes diferentes tal frase (razonablemente evidente de comprender) como es: “aý ay un ombre ke dice ay” no sería más que un caos sin sentido.

De todas formas si tal frase nos molesta, no es más que por costumbre, del mismo modo que es molesto ver mujeres desvergonzadas por no usar sujetador, u hombres obscenos por besarse en público. En cambio yo soy un hombre de razones y no de hábitos. Por lo cual, por exponer un caso, me sigue pareciendo intolerables los uniformes policiales, aun habiéndome criado rodeado de ellos, y adecuado, dos niños (machos) de 14 años dándose un beso ( o morreo), aunque la verdad, solo lo vi una vez.

Estas gentes en cambio, no tardan en manifestar el “dolor de ojos que les da” cuando ven una cosa u otra.

Mientras tanto, Diógenes anda, y Uriel te habla. Y lo hace “correctamente”, pero solo en la medida que me corrige mi ordenador, ya que tan solo atiendo (además de a las rayas rojas) a comas y acentos relevantes, para la buena escucha de lo dicho: No nos olvidemos de que, en realidad, no existe algo así como “leer”, los humanos no leemos, eso no existe, lo que ocurre es que nos auto-hablamos con la mente. Tenemos una voz que nos va contando lo que aquí está escrito, pero el escrito como tal no lo podemos entender. (Recordemos que no es hasta la baja edad media que los textos comenzaron a leerse “en voz baja” o en silencio, antes se leían a voz normal para entenderlos)

De hecho, el entendimiento no necesita de ninguna ley ortográfica para “hablarte” lo que pone; El Msn, Facebook, y cualquier otra red social donde se hable la gente con letras es un buen laboratorio para demostrar esta idea. Quien charla por msn sabrá (por ejemplo) que la ortografía directamente no existe, y la propia consistencia de las palabras parece estar en juego (Lo cual se agrava aún más con los SMS) Lo único relevante en estos soportes es, como mucho el valor “fonético” de la palabra, y si a esta incluso, le faltan fonemas da igual, porque se entienden. Curioso lenguaje.

En este punto seguramente, a muchos les entre el pavor “¡Qué pérdida! ¡Qué destrucción del lenguaje” y añado que, seguramente, para ellos no era coña eso de Los diez mandamientos… Seguramente Dios los escribió con muy buena letra ¿No es cierto?

Pero no me gustaría acabar con algo tan desasosegante para la cultura y acusador para la tecnología, sino que, haciendo un tremendo elogio a esta ultima; Son los correctores automáticos, los que nos permiten escribir “Bien” aunque nos importe un bledo escribir “bien”. De hecho es mi caso, sin preocuparme por lo las palabras que escribo la maquinita las va adecuado a la tradición programada, lo cual, me hace ser más legible, al mismo tiempo que conserva la buena ortografía, seguramente, hasta el fin de los tiempos. Si quieren conservar las tradiciones tienen un soporte mucho más fiable y eterno que los humanos.


Finalmente, en realidad todo el mundo sabe que la ortografía solo es una cosa de manías y traumas de los examinadores, sabemos bien, que estos por ejemplo no tienen “faltas”, llega un momento en que solo se cometen “erratas”. ¿Dónde está la frontera? Entre la buena disposición del lector, y la mala uva del bolígrafo rojo.