Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

martes, 29 de junio de 2010

El valor y la verdad.



No creo en la revolución, que fuera posible, ni en nuestro tiempo, ni en un futuro próximo o más lejano, de hecho, pienso que nunca la habrá, ni cuando sea, porque lo es, necesario.




Ahora bien, eso no me lleva a pensar que este sistema, el capitalismo, pueda durar mucho tiempo, al contrario, seguramente nos lleve al abismo pronto, como lo ha estado intentado desde los inicios, pese a todos los ríos de sangre, todos los moribundos que hayan intentado recordarle al capital que una sociedad capitalista, tiene que seguir siendo ante todo sociedad, y los frenos que consiguieran ponerle los años de luchas sindicales, los cuales, finalmente terminan por desaparecer, no parará la bestia ni hoy ni nunca.


A muchos de los que luchamos contra el capitalismo, les mantiene en cambio el valor de la utopía, si no, el valor de los espacios creados en vida, grietas de libertad en los agujeros del sistema. La basura de la historia, o los escombros abandonados por la corrupción, los convierten en lugares de libertad, donde recrean y experimentan con verdadera valía y aprendizaje lo que define sus sueños. Esto, a su vez, les da esperanza y les hace sentirse fieles en sus ideales, sino al menos, en su dignidad. Se mantienen así fuertes, aun con la vida trágica que impone la consciencia y el conocimiento político, y del mismo modo, alimentanse del mundo nuevo que vive en sus corazones, deseante de vivir en cada impulso, cada grito de rabia, mano alzada o baja, para levantar a un compañero. Todos sabemos que este mundo criminal no necesita nada imposible ni glorioso, para que dejar de serlo. Muchos de verdad lo creen posible.


Sin embargo, este no es mi caso, no habita en mi esperanza alguna, ni en la vida presente ni futura, por lejana que sea. Al contrario, veo cada día más atroz; Cada noticia que leo, es aun más vergonzosa que la de ayer: un nuevo derecho que sencillamente desaparece, una nueva burla a la humanidad en los juzgados, un nuevo criminal orgulloso de su producción rebosante de sangre y un nuevo gilipollas, defendiendo mierda en medios masivos. Y además a diferencia del la mayoría de esta minoría, de la minoría de personas, no puedo refugiarme en mi propia angustia, no obtengo consuelo, pues no me es posible de algún modo abandonar la lucha, no puedo culpar a la humanidad por corrupta, ni decirme a mi mismo, que este mundo, aunque no tenga esperanza, ya está perdido.



Se en cambio, que no es así, y aun a fuerza de pena no puedo dejar de saberlo; que hoy mismo, a las 9:30 de la mañana, podríamos cambiar el mundo, muy posiblemente para siempre, y para bien, una nueva conquista contra cronos es hoy posible. No nos falta fuerza en los conocimientos, ni poder en la técnica. Además, las investigaciones no cesan, lo que se sigue haciendo, lo que seguimos y sigo haciendo, para cubrir todos los campos en que pueda refugiárseme un pedazo de miseria. Este saber, me niega acogerme al desasosiego, y me impide el abandono, me roban todo recurso moral sobre el que justificar mi derrota, y todo espacio de maldad sobre el que revolcar mis rencores.


Mi saber, me fuerza, pues una vez vista la injusticia, una vez conocida la miseria, una vez comprendida la estructura, ya no puedo recaer sobre lo indigno, ni alimentar mis males con ignorancia. No puedo, una vez conocido, acallar la voz de la razón, ni la de mi corazón. Mi valor no cosiste en más por tanto en la búsqueda y eliminación, de cada refugio de inconsciencia sobre el que volcar mis males, mi autocompasión, o mi derrota.

En realidad no hago más que seguir adelante, con toda la fuerza de la razón, contra toda la fuerza de la historia.

domingo, 27 de junio de 2010

Medir lo deseable.



Me pregunto cómo hoy en día, mucha, tanta gente, sigue pensando que el amor existe, y además, sueñan con enamorarse…

Supongo que en realidad solo le ocurre a los jóvenes, ya que cuanto más jóvenes más abundantes son. En la medida que va pasando el tiempo, en la experiencia, lo normal es que vivan todo tipo de males, y todas las evidencias señalan que no están encontrando lo que buscaban, pero al no encontrar otra cosa, así lo llaman.

Luego pregonan que el amor duele, como poco, que es cruel, egoísta, o los más listos, que no existe. Pues es cierto, no existe el amor bajo estas condiciones; Ellos no saben lo que es, pero en el fondo saben lo que no es, eso en realidad lo sabemos todos.

Cuando se enamoran, desean amar, y no pagar un precio, muchos se lo imaginan, pero no pueden más que esperarlo como un fantasma, temerosos, o confiados de que nunca llegue. Inconscientes la mayoría lo olvidan, retrasando de algún modo lo inevitable, muchas veces de antemano, pero tozudos incluso, sin querer creerlo por muy bien que lo conozcan.

¿Y cómo no conocer a este fantasma? Si la vida entera, y la pura evidencia lo justifican, eso sí, de forma miserable. Este fantasma se erige sobre todo lo que no quieren hacer, pero por alguna perversión demoniaca en el carácter, lo aceptan, consideran quizás el premio demasiado valioso, demasiado preciado, deseado, o en los casos más oscuros, necesitado.

Pero están malditos, lo que no saben, es que quizás por algún error terrible en la humanidad, todas las estratagemas que pretendan para conservar el amor, y dar estabilidad, seguridad y fiabilidad en sus vidas, serán la guadaña más tortuosa posible, que caiga sobre lo amado.

Aun así, incluso en esta insalvable condenación, sienten en el fondo algo extraño, que seguramente en toda su vida no lograrán comprender, semejante a lo que siente un hombre casado y con hijos, que haya cumplido todas las exigencias de la tradición, cuando se acerca a otro hombre al que ama; Nunca sabrá lo que siente, pero siempre una repetida interferencia llenará su cuerpo al hablar con él, ese fantasma siempre presente, que llamamos frustración.




Sueñan con enamorarse, pero en lugar de eso, viven ahogados en la frustración, en hacer cosas que no desean, en pagar un precio imposible y adverso, a las emociones más preciadas.

Pero no deben por ello, luchar contra este espectro, ni mucho menos, deben escucharlo atentamente y prestarle la mayor atención, pues de hecho tiene mucho que decirles. Debo decir que las emociones, son ante todo engañosas, como mucho podrían juzgarse como consecuencias de principios más relevantes, y además atender a estas constantemente no hace más que crearnos un macizo ideológico, autorreferencial, del que no consiguiendo salir nunca, nos hunde en la ignorancia… Eso ya lo dicen los sabios.

Pero hay al menos una emoción que si podría servirles bien a la hora de juzgar, seguramente porque no existen fuerzas en la naturaleza, el cosmos o en la historia que pueda moverles a, ni hacerles deseable la libertad. Pero desde dentro esta parece removerse y retorcerse, aun con el peso de todo lo que puedan haberles enseñado, y aún con toda la ignorancia gritándoles. Allí donde las cosas no son como deberían ser, sienten frustración, allí donde pagan un precio indigno, sienten frustración, allí donde hay una frontera, una condición, una exigencia que desvía la vida, sienten frustración.

Y sin embargo, existe una tozudez increíble, un deseo que llena la vida entera, aunque estén condenados a no encontrarlo, aunque estén condenados a estrellarse una y otra vez contra muros que no saben derribar.


Los que lo hicimos, es posible que hayamos perdido esa fuerza, y más pueda afectarnos incluso, pero sabemos que no tendría valor alguno la vida, si nos viéramos forzados a volver atrás, del mismo modo que aquellos que llegan a nosotros, suele costarles creer, que todas las voces que debieron acallar desde niños, las más terribles, y las más adversas, llevaban la razón.

sábado, 26 de junio de 2010

Los hombres, aunque van a morir...

Parece que, desde hace mucho tiempo ya, se ha relacionado la libertad con algún tipo de muerte. Desde platón al menos, podemos recordar aquellas palabras con que comparaba la filosofía con un aprender a morir. El sentido preciso de estas palabras, aún no está del todo claro, o quizás al menos nadie me ha convencido, pero lo innegable es la relación de esta muerte con la libertad ya que en palabras del propio Platón: Quien aprendió a morir desaprendió la esclavitud. Es evidente que no se puede ser un esclavo y estar muerto, pero quizás no hiciera falta pintarnos los rostros de azul y disponernos a una muerte más o menos mediocre, para ser libres. La ilustración propuso algo semejante, sin morirnos del todo, algo así como un desaparecer al menos para los antropólogos, ya que la regla del “independientemente de” nos dejaba, o eso prometían, en un espacio de libertad en que la razón, como verdad y justicia, actuaba siempre por nosotros, nos libraba de la decisión a cambio de la deducción, o mejor aún, el llano imperativo categórico que a fuerza de querer llevar razón siempre, cuando no la tenía no actuaba, y a fuerza de tal, la primera piedra nunca terminaba de lanzarse. Ahora bien por el camino se iban cayendo los dioses, los ritos, el parentesco, el sexo, las tradiciones e incluso los cotilleos, dejando a los pobres antropólogos sin nada que estudiar, ante la desaparición del hombre, algún tipo de muerte, sin duda.

Hoy en día no tenemos antropólogos, tenemos psicólogos, y del mismo modo, no tenemos brujos, ni chamanes. ¿Qué es lo que tenemos, médicos? No, la cultura ya no se vive ni con el cuerpo ni con la comunidad, tenemos escritores, si acaso, poetas y a menudo un ordenador donde escribir.

La labor de la psicología evidencia este punto, y no por los acertados o interesados avances de esta, o las directrices probablemente lamentables que puede definir sobre salud mental. Si no por su propio trabajo: parece ser que se aferrasen los humanos a su propia vida ya que, habiendo sido liberados de sus dioses aun consiguen tener síntomas, y de este modo no morirse, ni desaparecer del todo, agarrados a un clavo ardiendo de rasgos de carácter y traumas, antes que aceptar la propia muerte, como si de hecho, no estuvieran hechos los hombres para desaparecer.

Sin embargo, siempre permanece una especie de obsesión continua. No es cualidad por ejemplo, que durante más tiempo del que se cuenta, se relacionase directamente la purificación con la muerte, ni que, todos los pueblos que tozudamente se mantuvieron en el neolítico hasta al menos el siglo XX, o al menos los conocidos por mí; en sus ritos de “superación de la infancia” se simbolizase algún tipo de muerte, ya fuera devorados por alguna bestia, representada por una cabaña, o “rotos en pedazos y vueltos a montar” simbolizado por algún tipo de mutilación o modificación violenta de la carne. Es como, si la naturaleza hubiera hecho algo mal, y tuviera que arreglarse. Se podría esperar que la muerte estuviera presente desde los albores de la humanidad en la construcción de las sociedades, pero lo interesante, y misterioso es la permanente idea de liberación que constantemente se ha estado ligando a esta.

Hoy mismo, cuando nos sentamos a escribir, oh nosotros occidentales, cuando realmente nos sentamos a escribir y no para escribir, deseamos ante todo, vaciarnos, sacar de dentro algo que nos presiona en algún lugar del alma, ya sea contar una historia o encadenar palabras, estas parecen tener una vida propia, pero ser mudas, como estas manos que escriben ahora, calladas, sacan del silencio algo que las fuerza desde dentro. Claro que, este, evidentemente es un mal ejemplo, pero nos sitúa en la escena.

Hoy en día, hace ya tiempo que la filosofía no nos mata, sino que nos enriquece, nos hace saber y diría yo, nos hace más humanos. Se ha convertido en su propia cultura, nos enseña sobre el mundo, ya no sobre el no-mundo, se estudian cosas, y no ideas, se hizo un conocer quizás en demasiado, más que un pensar. Por otro lado, la ciencia hace tiempo que dejó de ser una buena solución, pues cuando ya no se buscan soluciones contra el cáncer, por ejemplo, sino aumentar determinada tasa de beneficios, hay muy poco espacio para refugiarse entre la belleza del funcionamiento inerte de las cosas, ya no puede la ciencia morirse en sí misma, sobre todo cuando tienes a los vendavales de la historia, hecha capitalismo, atenazándote con el despido, como poco, si no se cumplen los requisitos de la empresa. ¿Qué nos queda? Nos queda la palabra, concretamente, la literatura, y no cualquiera, sino la intima, la solitaria, la única, la personal, hoy en día ya solo se muere en silencio y a oscuras.



Se escribe y se valora, desde hace algún tiempo, lo más singular, los mundos interiores, la locura del escritor, y cuanto más loco, cuanto más atroz y extraño más profundo, más liberador. Y el mismo escritor, cuanto menos haya puesto de su propia consciencia en los relatos, cuando más fuera la pluma sola, loca, más perfecto siente el texto, de cuanto más lejanas y perdidas sean las cosas de las que se trajeron las palabras más ciertas son, y a la vez, menos importa el que escribe, aunque las sienta como muy propias, sabe que no lo son, y de ese modo finalmente puede tener paz, morir en paz, diluirse, conseguir que no importe lo más mínimo, cuando la creación y el creador no pueden distinguirse, ni reconocerse. De este modo hoy, conseguimos la liberación. Liberación de algo tan extraño y semejante a todos como el propio amor, que aun sintiéndolo como lo más propio, capaz pudiera destruir una vida entera, con todas las obras y proyectos que nos definiesen, y sintiéramos como propios e identitarios. Así pues morimos, desparecemos a través del arte, y quizás, todo sea dicho, sea el último recurso que nos queda.

Entonces, parece que hubiéramos nacido para morir, que las mejores cosa que encontrásemos en la vida, no fueran más que a través de la muerte, que cuando se vive de verdad es cuando se está uno muriendo, que cuando se es libre de verdad, es cuando ya sabemos morir. Pero recuerdo algunas palabras de Rafael Alberti, dijo que los poetas se hacían más hondos “cuando (su canto) abierto en el aire, ya es de todos los hombres” ¿Es este un morir entre todos los hombres?

Morimos, sin duda, y no hacerlo provoca destinos aún peores, pues no nos aferramos a la vida al huir de la muerte, sino a la seguridad, y son cosas distintas. La literatura, así como la vida, es un eterno comienzo; Por mucho que se viva, un primero beso, siempre será un primer beso, y por mucho que se escriba, una pantalla en blanco seguirá siendo una pantalla en blanco. Existe un hacer en cada muerte, ya que no morimos en vida, como morimos al morir. La muerte, el dejar de respirar, nunca es algo que se haga en realidad es un dejar de hacer, un dejar de hacerlo todo, simplemente. Cuando morimos lo hacemos, y queriendo, a veces incluso con grandes esfuerzos. Se busca esa muerte, se prepara, se entrena, se aprende. Nos deja en el vacío, no es morir diluirse en lo escrito, la muerte es justo el momento anterior, cuando nos enfrentamos a la nada, a un blanco inmaterial, al áperion infinito, entre los limites irreales de una pantalla de ordenador, entonces morimos. Es entonces cuando surge la palabra, la melodía, cuando nos hemos muerto lo suficiente, cuando ya no somos ni hombre ni mujer, cuando ya no es de día ni de noche, cuando no hay distancias. Entonces puede derramársenos la vida entera, a la que le han cortado todo lo que nos hacía conocerla, como una voz sobre unas manos silenciosas.

Y de algún modo, lo escrito siempre se nos escapa de las manos, ni nos pertenece, ni lo necesitamos. Ciertamente creo, que no hemos nacido para morir, aunque sea algo propio durante la vida entera, la condición de nuestra libertad, la condición de posibilidad de todo comienzo y seguramente, un derecho inviolable. Nos queda la vida, entre todos los hombres, la vida en que una jarra fría pueda ser la primera jarra fría, la vida en que un encuentro, sea como el primer encuentro. Al ser de todos la palabra, alcanza así su existencia, no en su ser de nadie, sino de todos, no en su pertenecer a alguien, ni en su compartirse, sino en su estar con todos, en que libremente podemos abrir la boca y crear la perfección de la nada, en sí misma y para siempre. Podemos hacer la vida, en sí misma y para siempre, distinta y única, contingente y absoluta. Eternamente nueva y eternamente moribunda.


... No han nacido para eso.

viernes, 25 de junio de 2010

La chispa adecuada.


Nos envejece la falta de cómplices, sobre todo, cómplices de la locura.
He conocido mucho locos y muchos supersticiosos, muchos temerosos de cosas que no existen; la magia, la poesía, la ilusión, las vibraciones, son cosas de esas que no existen.
Pero quizás se aprende demasiado tarde que no importa que no existan, la vida se construye de relatos, relatos que nos inventamos. En cambio, perdemos toda nuestra imaginación ¿a cambio de qué? A cambio de nada. La perdemos por deshacernos de ella, por no encontrar con quien compartirla nos la arrancamos. El corazón nos grita, la ignorancia nos inspira, la duda nos hace soñar, y lo aplastamos todo con una paciencia que nos anula, que teme la vida más que a la muerte.

Podría por ejemplo, decir ahora que me enamoré de ti, podría glorificar la facilidad y a gracia con que me sentí embriagado, de una brisa, un rio, que emanaba de tus labios y me llenaba hasta la última gota del pecho de ternura y deseo. Podría, por ejemplo, decir que despertaste un corazón moribundo, que aun con legañas pesadas como montañas, buscaba a tientas tus manos para levantarse.

Pero no lo dije,
tengo miedo.

El miedo nos pide explicaciones, nos exige, nos exige lo imposible, y lo que nunca podremos darle: y es la misma realidad, una base, una seguridad que nunca obtendremos, y que al buscarla nos hará sentirnos más y más culpables por todo el daño al que nos condenamos en su búsqueda. Ese miedo, me impide ahora decir palabras de amor;
no vaya a no ser para tanto,
no vaya a no ser duradero,
no vaya a no ser real,
Mientras tanto, la única realidad posible; el placer y el deseo de tu cuerpo, se pierde en la espera y la paciencia, agotadas por el tiempo y la banalidad…




Sin embargo, hay una fuerza imposible en todos los nuevos encuentros, aun con la cabeza vencida y aturdida, gastando todos sus esfuerzos en acallar legiones de preguntas, las manos se atreven a lo que no puede la vista, semejante al oleaje, como una fuerza de la naturaleza incomprensible y obviada, se buscan las caricias, mirando hacia otra parte.

El miedo y la pesadez del pasado nos carcome la noche, y las ansias crecen atenazándonos el sueño. Sabemos entonces que no podemos negar que un virus infecto nos invade desde dentro, sale, desde dentro, siempre es más fuerte, y tira muro tras muro, sin conseguir contenerlo, por más que ofrezcamos deliciosos tributos de futuros provechosos, por más intentemos que se vaya, calmado por elaboradas soluciones, claramente explicadas razonadas y fundamentadas, pues nos enfrentamos a un mal desaforado y salvaje, que más agresivo se vuelve, cuanto más pretendamos domarlo. Avanza sin consideración alguna a nuestra vida entera, y finalmente desarmados, dejamos que nos envenene, a veces con lágrimas, a veces llenos de alegría, temerosos por saber que nos traerá el sufrimiento pasado, que tanto nos ha constado superar, y llenos de fuerza, construimos migajas de gracia con nuestras torpes manos, sabedores que solo en actos de amor se calma la bestia.

Es el momento en que perdemos el miedo, y aun sintiéndonos con el pulso más firme, sabedores somos que no pueden significar estos síntomas otra cosa que nuestra completa derrota. Toda la fuerza de la historia, y toda la fuerza de la razón se arrodillan, durante un instante sentimos que hemos perdido toda nuestra voluntad, y que no podremos más calcular el futuro, que todo lo hecho queda definitivamente derrumbado, las instituciones se hacen de arena y la seguridad se desvanece junto con cualquier pieza de metal, con que quisiéramos protegernos.

Comienza llover, y el agua va diluyendo la habitación, la casa, y con esta la promesas y los trabajos, los proyectos se dispersan sobre una nueva melodía, vuelven a la tinta de la que nacieron, y se filtra sobre la piel lentamente, van cayendo gotas de recuerdos, van cayendo gotas de esfuerzos, de rencores y gotas miedo. El vaivén no cesa, mecido por una brisa que inunda finalmente el pecho y las muñecas, nos da paz, y nos hace respirar.

Y pese a tanto dominio, aun nos queda una oportunidad de volver atrás negar todo lo ocurrido. Justo en el momento en que este daimon nos devuelve todas las fuerzas para mostrarnos el camino podemos traicionarlo. Seguros de que caerá vencido hasta que pase mucho tiempo. Si no lo hacemos, nada de lo hayamos construido hasta entonces estará seguro, y seguramente fallaremos todas las promesas pasadas, no podremos cumplir nuestras venganzas, y deberemos asumir un nuevo comienzo, dejando mil historias sin terminar…




Quién sabe,




Podría contar contigo y respirar…




Quién sabe,




quizás ya lo que sigue, me da igual.