Desde tiempo inmemoriales.

"Quizá alguien diga: «¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres peligro de morir?» A éste yo, a mi vez, le diría unas palabras justas: «No tienes razón, amigo, si crees que un hombre que sea de algún provecho ha de tener en cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo."

lunes, 13 de diciembre de 2010

Sobre el vegetarianismo y la conciencia.

Casi salen solos, siguiendo las líneas de la moral, los planteamientos vegetarianos; Una vez se comprenden en profundidad las consideraciones de Igualdad, en las que tales como la raza, la clase social, la etnia, la cultura, los dioses, y cualquier otro sea cual sea de los factores contingentes que hacen hombres a los hombres, en realidad no tienen nada que decir, así como frente a los juicios racionales, es normal, siguiendo la línea añadir a tales casos a “la especie” como otro de estos determinismos contingentes y por tanto, intentar aplicar a la vida practica un hacer lo más consecuente posible con tales reflexiones. De este modo entre los estudiosos de la moral es normal encontrar a un gran número de vegetarianos, pero no solo en estos grupos, sino también en muchos grupos políticos de izquierdas que, bajo la misma bandera de la igualdad, del mismo modo que luchan contra la opresión de leyes, culturas, dioses, estados y cualquier caso de opresión del hombre por el hombre, llegan a la conclusión, siguiendo la línea de las consecuencias, que tampoco es tolerable la opresión de los animales por los hombres.

Lo que ocurre aquí ciertamente es el manifiesto de esa tendencia humana a ser consecuente con las conclusiones que se sacan de lo que se piensa o se estudia, como ya dijo Carlos Liria: “Si al decir que es imposible igualar la hipotenusa con los catetos empezara a salir sangre por todas partes, los profesores de matemáticas serían gente políticamente muy peligrosa y habría que deshacerse de ellos. A veces pensarían: ¡Joder, con las hipotenusas!, se merecen que las fusilen… Y entonces se unirían a un partido que se dedique a fusilar a las hipotenusas. Bueno, eso es lo que pasaría en un mundo gobernado por las hipotenusas” Cómo él mismo defiende es común que aquellos que han estudiado de verdad que es eso del capitalismo tengan una innegable tendencia a, cuanto más: más aun, volverse anticapitalistas. Del mismo modo, es normal encontrar, entre aquellos que estudian la moral o siguen las consecuencias políticas de la misma, a muchos vegetarianos.

Y como he dicho, cuanto más: más aún. Pues una vez que uno empieza a informarse descubre muchas razones para hacerse vegetariano: Ya sea por el daño atroz que hace a la tierra las cadenas de sobre-explotación de la industria cárnica, en la que toneladas (Y es un decir) de alimentos quedan desperdiciados sin más fin que producir un porcentaje muy inferior de nutrientes cárnicos, añadiendo a esto la fuerte contaminación que tienen están industrias sobre el suelo y las tierras colindantes, cuyo consumo es prácticamente una política de exterminio. Por otro lado, si además se tienen en cuenta no ya las cuestiones de impacto natural (denominadas “del clima”) sino las propias de los animales que allí son tratados como si de apestosas maquinas malolientes (o algo peor) se tratasen, uno queda totalmente horrorizado. Cuanto más, más aún, en la medida en que se informase sobre como, por ejemplo, las vacas son obligadas a hacer leche desde que apenas alcanzan la pubertad, para lo cual son violadas, y luego prácticamente encadenadas a unos tubos que succionan el fluido directamente desde las ubres, en un espacio de 2 por 1 metros cuadrados (por lo que el animal siquiera puede girar 180º sobre sí mismo) viviendo sobre una piscina de sus propios excrementos que son “limpiados” a furia de manguera si acaso una vez a la semana, más aún, cuando los ves con alguna herida que de forma inimaginable se habrán hecho pustulandose e hinchándose de forma atroz, uno, sencillamente, no puede volver a ponerse delante de un filete de ternera sin sentir una mezcla de horror y nauseas.
A estos ejemplos, podrían sumarse una infinidad de razones desde la más fría razón hasta pura piedad. Sin embargo, el vegetarianismo tiene efectos algo extraños sobre aquellos que lo practican, no hablo por el tipo de alimentación, claro que no, sino sobre los fundamentos de estas conductas. Parece ser, de hecho, que todos aquellos que he conocido que han sido vegetarianos (aún durante muchos años) al final terminan dejándolo al menos parcialmente, cómo si las motivaciones económico-políticas o los conocimientos sobre los horrores que sufren los animales fueran diluyéndose poco a poco en el tiempo, por otro lado, para aquellos que aún lo siguen siendo se termina convirtiendo en algo así como un rasgo de carácter muy afianzado, por lo cual, deja de ser una cuestión mínimamente racional, sino que pasa a ser algo muy personal, tal como la timidez, o el miedo a las arañas.

Este extraño fenómeno denota algo, y no puede ser una demostración de la debilidad humana para ser consecuente con la propia razón, pues, bien es cierto y tenemos en la historia de forma abundante muchos casos en que mucho más les ha valido a los hombres su dignidad que su vida entera, casos en que, la razón, en forma de dignidad, que ni ofrece ni promete nada, y con todas las de perder (como fue durante la dictadura de Pinochet) conseguía superar todas las torturas y sufrimientos sin decir una sola confesión sobre el paradero de sus compañeros.

¿Por qué no ocurre así con el vegetarianismo, si del mismo modo alerta a la razón sobre los horrores del consumo de carne? Pues, evidentemente, porque el crimen no está en el consumo de carne, sino en la industria que la produce. En cierto modo, el consumo de carne es algo natural del ser humano, no porque necesite comer carne, sino porque puede hacerlo, es más, porque incluso no hacerlo puede darle algunos problemillas con la alimentación, y más aún, porque cuando va al mercadora hay kilos y kilos en exposición, y claro está puede surgir un deseo que debe ser reprimido. Es decir, que en el caso de una comunidad que se alimentase únicamente de productos vegetales, formar parte de tal comunidad (ser vegetariano) no daría ningún problema, pero en esta, la nuestra, ya que serlo implica que los sujetos se quiten a sí mismos cierta libertad que a priori no tienen porqué, es lo que lo hace algo problemático. La clave está aquí, en la represión de ese deseo, ya bien sea leve, leve son sus efectos pero los mismos que ocurre con este tipo de cosas y es que en su lugar surge un rasgo de carácter, un pequeño trauma, que satisface de forma imaginaria ese deseo. De este modo, podría llegar a decirse que en realidad muchos vegetarianos son algo neuróticos.

¿Nos hace neuróticos intentar ser consecuentes? Es más ¿Podemos ser realmente consecuentes? En palabras de Santiago Alba Rico: “allí donde nuestras más banales costumbres cotidianas – la de mandar un mensaje por el móvil o elegir una marca de cereales- tienen una relación “inimaginable” con algo terrible que sucede en el Congo o con la muerte repentina de quince niños en indonesia, es muy difícil aplicar nuestros concepto tradicional de responsabilidad.”
Cuando no comemos carne, intentamos ser consecuentes y no participar de la cruel matanza y tortura de los animales, pero ¿Acaso cuando llamamos por el móvil somos participes de la guerra del Congo? De hecho, hay muchas personas que creen que sí, y por ello no usan móvil, lo cual demuestra claramente el nivel de desquiciamiento que puede tener los intentos de ser consecuentes con la moral.
Desquiciamiento porque es imposible ser consecuente, no porque lo sea en sí, sino porque no se puede ser consecuente con la moral, la verdad o la justicia bajo condiciones capitalistas: El abismo creado por el desnivel prometeico es completamente insalvable por las capacidades de representación humana, las cuales, ante tal impotencia tienden a desquiciarse.
Aún así, eso no significa del todo que sea imposible ser consecuente, sino que es necesario serlo a otro nivel, es necesario pasar del nivel factico de los hechos, al nivel sistémico del que surgen las injusticias. Es decir, que bajo condiciones capitalistas, donde por ser de forma holística el sistema algo injusto macabro y atroz, y ante la imposibilidad real de escapar del sistema, ya que ni siquiera gozamos del derecho de independencia, sino que, en realidad estamos ligamos cual lacayos a las estructuras del estado correspondiente, no podemos en realidad, más que intentar ser consecuentes con la moral y la razón en una lucha contra el sistema en general, del mismo modo que es tal sistema lo inmoral en general, en cualquier caso.
En conclusión: El vegetarianismo no es en realidad más que otro ejemplo entre esa amalgama de “luchas” parciales, personales, conscientes o no contra la atrocidad del sistema capitalista (en tanto que intolerable). Por lo que, ser vegetariano así como cualquier otra cosa en contraposición a la multiplicidad de crímenes del sistema provoca en los individuos más males que bienes, por un lado, por las consecuencias psicológicas que tiene añadir más autoagresión sobre los individuos, y por otro lado, porque tal agresión es completamente innecesaria e inútil; Innecesaria porque la necesidad moral de ser consecuente puede satisfacerse con la lucha anticapitalista en general sin incurrir en autoagresiones, e inútil porque tales luchas individuales son, precisamente y absolutamente individuales, y no tienen ni pueden tener ninguna repercusión externa, por lo que la fuente de los crímenes se mantiene absolutamente intacta.

¿Quién podría negar que es un crimen la forma en que están “criados” los animales? ¿Quién podría negar que estos animales debieran estar en libertad suficiente para su desarrollo natural, y que hubiera que hacer de ellos un consumo selectivo? Nadie, sin duda, pero también, nadie sin duda echaría su negocio a la ruina por invertir un 0.8% más de dinero e mejorar el pienso de los animales, claro está.

¿Son malos los empresarios, son buenos los veganos? Tales palabras hace ya mucho tiempo que perdieron su sentido, la moral ya no sabe a qué atenerse.
En palabras de Carlos Liria: “Es imposible, humanamente hablando, sentirse responsable de la guerra de Iraq. Ni siquiera es posible sentir humanamente hablando la atrocidad de la guerra de Iraq. Es posible sentir la muerte de un hijo en un bombardeo. Eso ya es casi demasiado grande para un ser humano. Es el límite absoluto de lo que un ser humano es capaz de soportar e imaginar. La guerra de Iraq ya es demasiado, está mucho más allá de esos límites. Es un acontecimiento para la historia, no es un acontecimiento posible de la vida de los hombres. Se trata de una acontecimiento que excede con mucho las condiciones finitas en las que el ser humano comprende lo que es moral y lo que no. Por eso, para la mayor parte de los seres humanos de este planeta, la guerra se ha convertido en parte de un paisaje histórico tan inevitable y anónimo como el de la naturaleza. El ser humano puede representarse el daño que es posible hacer con una porra. Pero no está preparado para hacerse cargo de una bomba de racimo. Mucho menos para juzgar moralmente los efectos de destrucción masiva más poderosa de todas: el sistema económico mundial.”

Apología del amor libre (Final)

(Se recomienda imprimir este escrito y leerlo con tiempo)

Introducción

Los celos, así como muchas otras cosas, son una lacra enfermiza generalizada... Diría yo que, más que un problema personal de muchos, es, más bien, un problema político y estos, los problemas políticos, no se solucionan por los métodos generales de lo que solemos entender como “superación personal”. Es decir, que por mucho que pensar no ser celosx “te haría mejor persona”, no hay método posible de superarlo por la introspección. Este tipo de problemáticas se solucionan de otra manera. Se tiene que atender a las fuentes de las que surgen, a nivel estructural o sistémico; en este caso, la constitución formal de las relaciones de pareja. Hay que analizar sobre qué se constituyen y cambiar esos principios con la intención de que, una vez cambiadas estas circunstancias, los problemas vayan arreglándose por sí solos o con la ley del mínimo esfuerzo.

Son muchas las cosas que podría decir, pero procuraré ceñirme a lo más esencial (y actual):

Si analizamos la constitución formal de las relaciones en general, podemos ver que, consciente o inconscientemente, casi siempre se basan sobre algún tipo de “contrato”. De algún modo, hay ciertos deberes que debemos cumplir para mantener estas relaciones, lo cual hace que muchas cosas (ajenas a la relación) vayan bien y son, precisamente aquellas a las que las relación se enfoca (en cada caso) como un fin. Por tanto, el buen cumplimiento de estos “Deberes” hace de la relación lo más deseable posible en todos los casos, menos en uno muy concreto: las relaciones sentimentales. La razón de esto es que este tipo de relación ya tiene un “soporte” independiente más propio y singular (este es: el amor), el cual entra en conflicto constante con todos los “contratos” que se intente interponer a su alrededor, haciendo que los perjuicios vayan (muy a menudo) más allá de lo contraproducente.

Para argumentar así, y más aún para poder hacer una apología del amor libre, lo primero que se debe analizar es toda la amalgama de consecuencias que se derivan, crecen y estructuran las relaciones de pareja tradicionales (Las cuales llamaré “cerradas”). La intención de este escrito es, de hecho, hacer una crítica lo más destructiva posible a estas parejas cerradas a fin de dejarnos con el espacio abierto necesario para empezar a construir una teoría sobre el amor libre, pues considero que toda argumentación de este estilo debe de empezar por aquí: Si no destruimos a priori la pareja cerrada, el “amor libre” no puede llegar a ser más que otro caso “Posible” de tipos de relaciones, a juzgar por cada persona como mejor o peor dentro de la multiplicidad de alternativas en este mundo moderno. Mi intención no es esa, sino construir de forma racional (científica) unos principios, (a raíz del estudio del funcionamiento estructural de las emociones) que sean validos en cualquier caso a la hora de establecer relaciones sentimentales. Repito, cualquier estudio del amor libre no puede definir contenidos en la relaciones, sino definir cuáles son las pautas, los principios de los que partir de forma puramente formal.

Se sigue de esto que el amor libre no tiene que ver con una conducta moral, la cual intente solucionar problemas éticos como el egoísmo o los celos (si es que estos se pueden tratar como tal) derivados de los sentimientos. Muy al contrario versa sobre la validez natural de las emociones, buscando el fundamento primero del que surgen, atendiendo al funcionamiento sobre el que se sostienen las relaciones sentimentales, con la intención principal de liberar toda circunstancia que provoque comportamientos adversos al funcionamiento propio de las mismas emociones (como ocurre cuando estas se someten a un carácter de “supervivencia”) No se trata por tanto, de procurar un cambio directo sobre los comportamientos, intentando ceñir estos al modelo teórico, sino de crear las circunstancias adecuadas (actuando sobre la estructura de las relaciones) de modo que de forma natural desaparezcan los sentimientos enfermizos y se fomenten los saludables. Claro que como he dicho, para conocer estas circunstancias adecuadas, hace falta un estudio racional.

En la pareja cerrada, los sujetos son víctimas de estas circunstancias, la primera clave para entender esto es que en este tipo de relaciones se han mezclado ideas que nada tenían que ver con el amor (empezando por el matrimonio). Digamos, sencillamente, que los fines para los que está enfocada la relación tradicional no solo están completamente obsoletos, sino que además, si se convierten en “principio” de una relación amorosa, esta se dirige necesariamente a la autodestrucción (en tanto que “amorosa”).

Ocurre así por las consecuencias, o mejor dicho, principios a los que se somete la relación. (Siendo más estrictos aún: “condiciones de posibilidad” a las que somete los sentimientos.) Esta condición de posibilidad (de forma general) es la monogamia, es decir, el deber inexcusable de tener que (o mejor dicho, tan sólo poder) centrar todas las capacidades amatorias en una única persona, forzando a la persona a saciar todas sus ansiedades, deseos y sueños para con esta, sea de hecho esta adecuada o no para con uno o muchos. Dicho así, ya queda claro que es un fracaso, pero veamos por qué; en primer lugar, qué es exactamente esa idea de “Contrato”.


El contrato

Los contratos son artificiales, es decir, que carecen de vida propia o, lo que es lo mismo, de “Ser propio”; más claramente, están enfocados hacía un fin ajeno a su propia existencia. Se hacen para algo y no por el propio placer que producen por sí mismos, ya que, en realidad, suponen bastantes esfuerzos derivados de los compromisos que conllevan. Ocurre así, además, porque no están ligados a las emociones de quienes lo firman, si no a sus propias condiciones, por tanto, no es de extrañar, por ejemplo, que puedan por ahí pasarse mucho tiempo de noviazgo con alguien a quien hace tiempo dejaron de querer. Pero, si no fuera este argumento suficiente, (pues es cierto que ese contrato se sostiene sobre amenazas que muchas veces no hay valor suficiente para afrontar) no hace falta más que añadir el caso contrario, en que se rompen relaciones aun con el corazón ferviente de amor, pero totalmente negado a continuar la relación por lo intolerable que pueda ser aceptar las condiciones.

Los conflictos que surgen entre el contrato y las propias emociones pueden llegar a ser críticos, desastrosos y muchas veces irreparables. ¿Qué las hace mantenerse entonces? ¿Es algún beneficio, quizá? Con respecto a esto, hay ciertos mitos, cosas que dice la gente, como, por ejemplo, que bajo esas circunstancias se tiene una mayor seguridad. Para afirmar tal cosa hay que entender necesariamente a la otra persona como un bien que se quiera conservar y no como un igual. Para entender a la otra persona como un bien, hay que asumir el “contrato” como la propia esencia de la relación, lo cual la sitúa en un plano de precio/beneficio (en el que la propia relación solo existe en la medida en que la medida tasa/beneficio sea provechosa). Para eso, además, hay que entender “aquello que te da el amante” como cosas concretas, cerradas, que puedan clasificarse y medirse para poder juzgar su valor. Y, finalmente, volviendo a lo de antes, para que estas concepciones sean posibles, la relación no puede basarse ya sobre las emociones (ya que aquí no tienen ningún lugar más que en la medida en que puedan tener un beneficio tasable), sino sobre el propio contrato. Pero si es así, ¿por qué cuando esa misma dinámica es la más productiva para cualquier proyecto y trabajo, en el caso de las relaciones sentimentales, fracasan?

Lo cierto es que nunca vemos (obviando el caso del matrimonio) a las parejas escribirse los contratos con tales derechos y tales deberes que habrán de cumplirse durante el tiempo que estén juntos, sin embargo, parecen ser bien conocidos, pues están en la propia educación. Pero lo más llamativo no es eso, sino que tales cosas aprendidas en la infancia no se atribuyen a la propia cultura en que se crían, sino al propio amor, como si, de hecho, este tuviera esa dinámica. De este modo no tiene ningún sentido que se haga material tal contrato, pues entienden que se da “de suyo” en los sentimientos. Así pues, cuando se enamoran, de forma automática levantan el compendio de artificios aprendidos, sean o no adecuados a lo que ellos mismos están sintiendo. Es cierto que casi la totalidad de las cosas que hacemos, en lo que refiere al “modo” de hacerlas, proviene de la educación, por tanto, esto no sería un problema si no fuera porque ese “modo” de hacerlas anula el amor, en tanto que no lo tiene en cuenta para nada.

Yendo a lo básico, hay un ejemplo común y muy sencillo de esto:

Pongamos que Julia y Marta llevan un par de años de noviazgo tradicional, pero, un día, Julia conoce a Héctor y, poco a poco, no tiene más remedio que acabar asumiendo que se está enamorando de él. Julia sigue amando profundamente a Marta y casi no puede imaginar vivir sin ella; por otro lado, cada día que pasa, la emoción que Héctor produce en ella crece en su corazón, así que, finalmente, Julia se ve un día forzada a decidir si dejar a Marta y empezar una nueva relación con Héctor o, por el contrario, intentar olvidarse de este y procurar seguir su vida normal con Marta. El fondo del problema para Julia reside en que lo que la une aún a Marta es lo mismo que la hizo enamorarse de Héctor –que los ama a los dos– y en que, además, no tiene ni idea de en qué medida. Más aún, aunque piense que Héctor tendría menos valor porque lo acaba de conocer, siente en el fondo de su corazón que algo muy profundo se rompería, exactamente lo mismo que le pasa con Marta. Julia, en realidad, no quiere renunciar a ninguno de los dos y, de repente, se encuentra ante una situación que le resulta trágica, que le da mucho miedo y de la que sabe que elija lo que elija tendrá repercusiones dañinas que no quiere asumir. Sabe que, haga lo que haga, algo por dentro se le terminará rompiendo, pues sólo tiene un único corazón.

Entonces, ¿qué clase de seguridad puede ofrecer un tipo de relación que al mínimo latido del corazón se rompe?


Y, sin embargo, muchos ansían ese contrato. No me refiero solamente por una dogmática tradicional, sino de forma real (bajo fundamentos reales) a la hora de establecer una relación. Para explicar esto, hace falta tener en cuenta las consecuencias que provoca sobre la dinámica emocional lo expuesto anteriormente. Lo cierto es que, acostumbrados a establecer las relaciones sobre contratos estáticos, en aquellas situaciones en que estos no existen, se sienten perdidos y como “si se les fuera a derramar de las manos” la relación que tienen con la otra persona. Hay que tener en cuenta que esta situación la viven en lo que podría entenderse como el periodo previo (de seducción, quizás) a la aceptación del contrato, el cual, finalmente, se toma como una victoria y, a la vez, como un alivio ante la incertidumbre, añadiendo, además, el correspondiente descanso, pues durante este periodo han estado esforzándose más allá de lo natural con tal de acelerar lo más posible el “sí, quiero salir contigo”.
Este proceso, en el cual la seducción tiene tintes de sacrificio y el contrato es la recompensa final, no tiene un resultado inocuo sobre la educación emocional de las personas. Lo cierto es que a los sentimientos no se les puede agarrar, pero ¿tiene esto algo que ver con la insoportabilidad de la sensación de incertidumbre?

La respuesta es que no, pues, si fuera así, no sería una sensación de la que puede una curarse (o quizá más exacto, aprender a normalizar). Lo cierto es que, en los casos en los que se ha conseguido superar estas formas tradicionales, han pasado primero por una fase de “Permanente incertidumbre” con respecto a las personas a las que querían, pues por primera vez se adentraban en ellas sin ningún seguro artificial de permanencia. Aun así, siempre ha sido tan sólo cuestión de tiempo, progresivamente fueron aprendiendo a atender a los sentimientos de la otra persona, como tendencia natural, basando sus actos y el hacerse de la relación sobre esta dinámica, hasta olvidar finalmente el esquema de derechos/deberes para instaurar en su lugar una complicidad afectiva, construida por un permanente diálogo y mantenida finalmente por el propio deseo de estar cerca. El proceso de seducción desaparece al desaparecer el contrato, haciendo que este se inserte en la vida cotidiana, que pierda sus tintes sacrificados y se convierta en un endulzamiento de los días en los que se da; además, se hace tan longevo como sea la propia relación ya que, al no hacerse por un fin mayor, no se excede el esfuerzo y no acaba en cansancio. Finalmente, ya que desaparece cualquier seguro artificial, y al estar sostenida la relación por el hacer cotidiano de las propias personas, se convierte esta en un organismo vivo, pero este tema no lo trataré en este escrito.

Por tanto, tal deseo del contrato no es natural sino provocado por la tradición y luego mantenido y fomentado por las propias consecuencias del contrato. Aún así, ¿ofrece el contrato alguna otra cosa? Hay otro mito: el de la estabilidad.

Las emociones no son estables, eso es seguro no solo a nivel general, sino que no son pocas las personas en las que estas son especialmente caóticas, por tanto, es difícil pensar que una relación que estuviese atendiendo todo el tiempo las emociones pudiera tener alguna estabilidad, muy al contrario, uno se imagina una relación caprichosa y problemática, en la que una de las partes acabaría finalmente cansada de soportar los cambios (o permanencia) de la otra. Además, no se puede suponer que en una relación sin contrato la naturaleza de las emociones cambie y se estabilice, más bien al contrario, desaparece gran parte de la presión que las obligaría a mantenerse quietas y estáticas. ¿Cómo sería posible tener una relación estable sin un fondo vinculante?

Podemos y solemos llegar a tener muchos conflictos internos, problemas que nos hacen cambiar de rumbo durante la vida, conflictos que nos hacen pasarnos varios meses bajo la amenaza de la depresión o la decadencia. Para muchos, la pareja más que un apoyo supone un problema añadido ya que no solo tienen que estar en su dura vorágine, cuidándose de sí mismos, sino que además tienen que estar a la altura en unos casos, inventarse explicaciones (que ni ellos mismos comprenden) en otros, etcétera. Lo peor de todo, y lo que más acentúa la gravedad de estas situaciones, es la dureza de las consecuencias. En un contrato hay acuerdos y, cuando estos acuerdos no se cumplen, hay consecuencias, por lo que, muchas veces, uno de los componentes de la pareja se ve obligado a tomar una decisión “forzosa” ante los hechos o, en otro caso, se ve impedido para tomar una decisión “de soberana importancia” por miedo a las consecuencias (que son la decisión forzosa del otro). De este modo, las emociones son un gran problema, pero, en realidad, esto no es una cualidad intrínseca a ellas. Lo cierto es que, al eliminar el contrato, no eliminamos la inestabilidad de las emociones, pero sí eliminamos que esto suponga un problema, de hecho, tal cosa solo supone un problema bajo condiciones de exigencia.

Los mejores amigos, esos que de forma natural duran para toda la vida, son aquellos con los que se consigue establecer una relación de igualdad, de complicidad y en los que sabes reconocerte; no es necesario que sean los que más y mejor te han comprendido, ni los que más apoyo te han dado cuando estabas en tu peor momento, en realidad, lo que los hace tan especiales (duraderos) es que no te han pedido nada (o, al menos, no te han pedido más de lo que podías (querías) darles). Aprendemos a vernos en los demás y a sentirnos identificados en la medida en que les dejamos ser ellos mismos (tan distintos de nosotros). Es con el transcurso del tiempo, cuando vemos a las personas desarrollarse, como podemos llegar a asimilar los defectos de los otros cual proceso de aprendizaje; entonces surge cierta empatía y se intensifica la complicidad.
En la pareja cerrada, debido al carácter vinculante y exigente del contrato, tal cosa no puede llegar a materializarse, por tanto, es en realidad el contrato lo que pone en peligro la estabilidad de la pareja, y es, al contrario, la eliminación de este lo que permite que se tomen los espacios y tiempos necesarios para el desarrollo de cada persona sin que esto tenga un carácter perjudicial para la integridad de los amantes. En el fondo está lo que solo puede llegar a verse después de la tormenta, y es que se siguen queriendo; eso, en tal caso, es lo que debe cuidarse.

Pero ¿por qué ocurre todo esto? ¿Por qué hay tanta exigencia? Suena más bien a un lamento que a una pregunta, y seguramente algún eco de tal pregunta debe de ser fácil de encontrar en la cabeza de cualquier lector… He explicado ya algunas de las consecuencias del contrato, pero aún queda lo más importante y es explicar qué es aquello que lo hace auto-reproducirse, cerrarse y, con esto, el tema de los celos con el que inauguraba este escrito.

La admiración.
La necesidad de lo mejor.

En primer lugar tenemos que tener en cuenta que, debido a las condiciones del contrato, se ven forzados a intentar realizar todos sus deseos y ansiedades para con una única persona, por ello, esta no solo no puede ser cualquiera, sino que, además, que se sientan atraídos en algún sentido no basta. El contrato requiere muchos sacrificios, así que necesitan buscar a alguien con quien tales crímenes “merezcan la pena realizarse” (sobre sí mismos); digamos que la persona a la que se disponen a amar tiene que ser suficientemente guapa, inteligente, sensible, etc., además de destacar en algún ámbito que sea aquel en que el enamorado pone mayor interés. De este modo, la posibilidad del amor se asienta sobre las cualidades de la otra persona, dándole más prioridad a la admiración que al amor, creando este proceso: –Encuentro->admiración->amor>-relación-. Solo se permiten a sí mismos enamorarse, de entre todas las personas que conocen, aquella que más les aporte o aquella que se adecúe mejor a sus necesidades.

El miedo a lo mejor:

Claro que esto tiende a provocar (de forma intrínseca e insalvable) la siguiente situación (volvemos con Julia y Marta, pero en este caso vamos a analizar la situación por el lado de Marta):

Marta admira profundamente a Julia, la considera la mejor persona que ha conocido jamás y está profundamente enamorada, pero tiene miedo, porque en clase de piano Julia conoció a Héctor (que, además, es un tío) y, desde entonces, han estado hablando mucho; lo peor de todo es que, ciertamente, Héctor es un chico guapísimo y que tiene pinta de, además, tener muchas cosas buenas… Marta tiene miedo de que, al final, Julia termine pensando que Héctor es mejor que ella; Marta empieza a sentir muchos celos.

Con respecto a este tema, también hay un mito y es la posibilidad de que tal cosa tenga un carácter positivo (toda esta mierda sin sentido de la competitividad), ya que tal situación llevaría a Marta a intentar mejorar todo lo posible su persona con tal de ser definitivamente mejor que Héctor o preferible, al menos, a él. Esto es una falacia, la cual surge del propio error de pensar que los sentimientos están basados sobre las cualidades, cosa que se necesita pensar bajo las condiciones del contrato.

Marta se esfuerza e intenta ponerse más bonita que nunca (entre otras cosas), sin embargo, todos sus esfuerzos son en vano: no sólo no se libra de la incertidumbre ni le da seguridad siquiera, sino que se da cuenta de que, en realidad, no tiene ni idea de qué cosas son las que la propia Julia admira de ella, y mucho menos de qué es lo que a Julia le gusta de Héctor (por mucho que intente descubrirlo). Marta está cada vez peor, bajándole cada vez más su autoestima y preguntándose en qué “no está a la altura”.

Ni puede llegar a saberlo nunca, pues este esquema liga el amor a las cualidades (como si tuviera algo que ver ser moreno o rubio con el amor). Lo cierto es que, haga lo que haga, Marta nunca podrá estar segura (ni un poquito) de que a Julia no le termine gustando más Héctor que ella misma.

En consecuencia, Marta, cansada de su propio sufrimiento, intentará que Julia deje de ver a Héctor, para ello, intentará que deje el piano, o padecerá alguna enfermedad o mal por el cual Julia tenga que pasar mucho tiempo cuidando de ella, etc. A partir de este momento, Marta se irá convirtiendo en una persona más y más celosa, procurando mermar en todo lo posible la capacidad de acción de Julia y el conocimiento de cosas o personas de esta, pues lo cierto es que, bajo estas condiciones, lo único que puede asegurar que finalmente Julia no dejase a Marta por Héctor es que ni siquiera hubiera llegado a conocerle, siendo que deje de conocerle la única solución.

Pero aquí no queda todo: irónicamente, esta situación entre Marta y Julia, provoca que Julia necesite, más que nunca, alejarse de Marta y, además, estar con Héctor, el cual ahora se presenta no solo como un nuevo amante sino como un alivio, ya que, al hacerse la relación con Marta más sufrida y cerrada, Julia se siente más y más vacía y débil, y necesita cada vez más de otra persona que la ayude de salir del infierno en que ha terminado por convertirse la relación con la persona que antes más amaba.

Esta historia es tan trágica como real y cotidiana, además, sobre ella hay muchas cosas que analizar:

Una de ellas es el conflicto que surge a raíz de mezclar dos cosas distintas:

La primera es la necesidad de ser admirado; esta necesidad surge implícitamente de la propia admiración que tienen hacia a los demás, no por la propia admiración en sí, sino por la mala conducta de justificar los propios actos sobre lo admirable de las otras personas. De este modo, acaban necesitando sentirse a sí mismos admirados por los demás a fin de garantizarse la validez de sus propias conductas. En el momento en que los actos propios pierden la justificación de voluntad propia en pos de un bien (o voluntad ajena), cada vez necesitan la aprobación de otras personas para asegurarse de que lo que hacen está bien, pues desacreditan la validez propia.

La segunda es que mezclan esta necesidad de admiración con el amor que sienten; este sentimiento, el amor, es un deseo injustificado, injustificable, que siempre se escapa de las manos de quien intenta relacionarlo con cosas, hechos o formas medibles o tasables. Por tanto, entra en un conflicto interno con el sentimiento de la admiración, el cual, para surgir, lo primero que necesita es un porqué.

Esta mezcla muy probablemente se dé por el parecido que tiene fenomenológicamente con la admiración: las inclinaciones, la embriaguez y otras cosas deseables pueden ser provocadas en medidas semejantes tanto por el amor como por la admiración, pero las fuentes son bien distintas, no se relacionan por su forma. Se suma a esto la necesidad social de tener “un amor que merezca la pena”, del que puedan sentirse orgullosos y presentar satisfechos a los demás como algo bueno (socialmente bueno, en relación con lo comúnmente deseado).

Finalmente el conflicto de esta unión no es otro que la destrucción de la capacidad de amar “desinteresadamente”, ya que la propia admiración va absorbiendo hasta descomponer la espontaneidad y ligereza del amor, obligándole a estar asentado sobre hechos y experiencias bien fundadas, pesadas como la losa de las tumbas.

Otra de estas es la aniquilación de bienes y libertades que provienen del miedo:

Más allá del “amor trofeo” que acabo de exponer, cierran todas las puertas a nuevos amores y amantes, toda posibilidad es rechazada y temida en cuanto se presenta. Ya puedan encontrarse de forma natural con “otros” más o menos deseables o atractivos, dignos de añadir a la vida propia, o vengan conocidos a través de otras personas (del modo en que harían nuevos amigos).

Siguiendo el ejemplo, a Julia podría ocurrírsele decirle a Marta: “¡Tienes que conocer a Héctor! Es un tío genial” y Marta sentirse, de hecho, satisfecha y contenta de conocerlo, ahora bien, en el momento en que Marta pudiera percibirlo como una amenaza para (lo que entiende como) su relación con Julia, todo lo atractivo (y cuanto más atractivo, aún más ocurriría) de Héctor se convertiría en fuente de miedo e inseguridad.

Trágicamente y en realidad, cuanto más le guste Héctor a Marta peor se sentirá consigo misma y con su relación con Julia debido al miedo que le provocarán esas emociones.

Este miedo viene producido por la relación (consciente o no) que captará entre lo que a ella misma le guste de Héctor y lo que pueda gustarle a Julia. Cuanto más atraída se sienta ella misma, más miedo tendrá de que del mismo modo se sienta Julia y de que, por tanto (en el pensamiento de Marta), Julia termine eligiéndolo a él, teniendo que dejarla a ella. Además, debido a su miedo, rechazará todo lo posible su propio sentimiento de atracción con respecto a Héctor; esto supone una autoagresión, lo cual dañará su moral (tanto más cuanto mayor sea), haciendo que la estima que pueda tener de sí misma disminuya en el mismo estilo común al resto de casos de auto-agresión o auto-culpabilidad comunes.

En conclusión, cuanto más sea posible, de forma natural, que la aparición de Héctor en la vida de Marta y Julia sea algo deseable para ambas partes, más se convierte tal aparición, debido a las condiciones del contrato, en algo horrible.

El Sacrificio

En cualquier caso, aún no llegando a este punto, no son pocas las derivaciones de estos procesos, consecuencias que tradicionalmente son llamadas bajo el título de “los celos” y que provienen de toda esta problemática.

No voy a negar del todo (no por ahora) que exista algún principio “natural” en los celos; mejor dicho, no voy a negar que exista una emoción que sea la excusa perfecta para decir que “los celos” son algo natural. Podemos encontrar seguramente a base de bisturí y mechero un sentimiento de añoranza y deseo al que a rastras pueda encontrarse con licencia un sitio en el senado emocional… Aún así, y pese a todos los juegos legales que pudieran hacer tales abogados para dar voz a sus perversos clientes, siempre seguiría habiendo un abismo entre la existencia de “los celos” y la legitimidad de lo que se hace bajo su nombre.
Es cierto que pueden tener un mal día, y echar mucho de menos a alguien en un momento determinado, es cierto que, incluso, pueden tener derecho a llorar de pena y lamentarse por la necesidad de esa persona en ese momento, y es cierto que no está mal que tales males sean sosegados y acogidos por la persona en concreto a la que tanto se invoca. Ahora bien, los “derechos a ser acogido” no pueden venir de la pena en sí, la cual, en realidad, no es más que una invitación más o menos enternecedora a un trato determinado, sino que siempre son “otorgados”, siempre son un regalo que la otra persona ofrece, no son “Derechos” en el sentido propio (universal, necesario) de la palabra. Este “derecho a ser acogido” es muy humano, pero No tiene validez universal, No puede reivindicarse como Justicia, No puede exigirse con autoridad propia en ningún caso.

Por esta razón existe un abismo entre calmar la pena y las normas que imponen los celosos, ya que llegan a imponer condiciones hasta niveles demenciales, hasta atentados criminales contra la libertad de las personas (como no poder llevar falda corta). Este abismo no es de intensidad, sino esencial, ya que en el caso del acogimiento en los malos momentos se hace como regalo, y en el caso de la falda se hace como exigencia.

La línea divisoria entre una cosa y otra puede llegar a ser turbia y viscosa, llegando a hacer falta una navaja bien afilada para desollar tanta carroña de los ojos del juicio; esta cuchilla es la noción del sacrificio: un sacrificio es un mal hecho en pos de un bien mayor, lo cual a primera vista es razonable y lo cierto es que lo es en sentido general, pero hay bastantes casos en que la noción de sacrificio se vuelve demoledora y contraproducente.

Las relaciones sentimentales son uno de estos casos; en el amor, las cosas se hacen por amor y, aunque no lo parezca, el amor es algo muy personal, muy singular, muy propio de quien lo siente, nunca es un sentimiento compartido (aunque pueda empatizar), no sale nunca del amante. Esto no significa que se haga siempre para consigo mismo, al contrario, se canaliza y realiza a través de un ente externo, del hacer “bien” sobre “lo/el” otro, pero la fuente y el sentimiento siempre son privados; como un músico que tocase el Arpa, el arte y la melodía siempre están en el autor aunque de forma inseparable necesite del instrumento para materializarla. Esto no significa tampoco que el enamorado sea el “dueño” de su amor, ni mucho menos, es en realidad un sujeto “atravesado” por el amor, podría decirse que “víctima”, pero no en un sentido negativo, sino positivo: en realidad el amor lo que hace es Liberar la capacidad de acción y deseo, establece un canalizador necesario para las virtudes y potencialidades del enamorado... Este tema será tratado más extensamente más adelante, por ahora, la idea importante a señalar es que los actos de amor siempre se hacen “por amor”, esto es, en pos de la propia emoción/capacidad de amar, y no en pos del sujeto amado. Hay que tener en cuenta, para entender esto, que en realidad los amantes (como dice su propio nombre, “amantes”, en sentido positivo) lo que quieren es amar, realizar sus propias ansiedades de forma activa, es decir: sienten las ganas de besar a la persona amada más que de ser besados por ella.

Por tanto, por mucho que se ame y por “sacrificados” que parezcan, los actos de los enamorados no son en realidad sacrificios, ya que toda dificultad no se siente como dificultad, sino como exaltación de la gloria propia, como ofrenda sagrada a las emociones; se superan como demostración de validez y poderío de la grandeza del amor. Pero no del amor “a alguien” como si ese alguien en realidad fuera la fuente de tales hazañas, porque en realidad nunca lo es, sino, como he dicho, del propio amor en sí.

Se ama por amor y, cuanto más se ama, más crece en uno el amor a sí mismo, más se ama por tanto a uno mismo debido a la satisfacción y realización generada a través de la materialización del deseo y más pueden amar a los demás debido a la fuerza y motivación consecuencia de la felicidad añadida.

Se sigue de esto que, bajo las condiciones de las relaciones sentimentales, cuando hacen en realidad un sacrificio, cuando se sacrifican “por alguien”, y lo sienten realmente como una carga, como una dificultad, como un mal, donde el bien supremo no es otro que mantener la relación, no solo se están traicionando a sí mismos, sino que también están traicionando a su capacidad de amar, la cual queda dañada bajo los trabajos forzados a las que se la obliga, agotada y resentida para seguir sintiendo como antes. Tales sacrificios no son actos de amor, son, en sí mismos, sacrificios, en los cuales lo sacrificado siempre es (independientemente de la materialización práctica en cada caso) el propio amor, no en pos del amor, sino del usurpador que se levanta sobre el cadáver del amor, esto es: la relación/contrato sentimental. El sacrificio no es aquí más que otra autoagresión con las consecuencias antes expuestas.

Además, es doblemente contraproducente, pues, volviendo al ejemplo, en caso de que Julia no cediese ante las exigencias y los celos de Marta, el comportamiento de esta (Destroza-amores) la iría alejando más y más de su amada, asfixiándola más y más, hostigándola más y más para que haga un verdadero sacrificio (por amor), por el cual Julia abandonaría una relación de camino al fracaso (aun con sus cosas buenas) en pos de un horizonte inseguro pero al menos no gastado por los celos, los miedos, y las exigencias. Esto es, dejará a Marta con la esperanza de que Héctor le cure las heridas.

Bien, entonces, comprendiendo y sabiendo analizar en sí mismos la noción de sacrificio (es decir, notando cuándo una acción la sienten como un regalo, una exaltación o un desgaste, un daño), podrán diferenciar cuándo bajo el principio de los celos (o cualquier otra cosa) debe realmente un acto hacerse o no; diferenciar los actos que tienen un fin deseable y saludable del que no los tienen. Pero ¿de dónde vienen esos celos insanos? ¿Qué les hace a muchos intentar forzar tales gestos destructivos en los otros a quienes supuestamente aman?

La explicación está clara: Son las propias condiciones de posibilidad de las relaciones cerradas las que provocan estas conductas. Esto es algo que ya he ido explicando a lo largo del desarrollo del texto, cómo la forma cerrada de la pareja provoca más males que bienes en los individuos que lo componen. Hablando en sentido general, las consecuencias son dependencia, miedo, debilidad y necesidad.

Al verse obligados a mermar sus propias capacidades emocionales en pos de un supuesto bien mayor (la consistencia de la pareja) una vez se hayan auto-justificado tales actos (admiración) se hacen dependientes de esta persona, ya que intentan situarla en la base de la motivación de sus acciones, pudiendo llegar al punto de no ser capaces de actuar sin la aprobación ajena. Consecuencia de esto es, además, una progresiva debilidad en ellos, haciéndolos más susceptibles y fáciles de dañar: ya que, de algún modo, tienen que acabar con el propio sistema inmunológico para poner en su lugar la voluntad ajena, se hacen más enfermizos y más dóciles. Sumando, además, a este estado una tendencia a la ansiedad a razón de la incertidumbre que les provoca el hecho de ser cada vez menos capaces de valerse por sí mismos, necesitando un apoyo externo que les guíe o en quien puedan volcar sus frustraciones. Y, finalmente, la suma de todas estas circunstancias potencia el sentimiento del miedo, la inseguridad y la desconfianza… Fomentando otros trastornos como la paranoia o la agresividad. Y, por si todo esto fuera poco, la solución que se da comúnmente entre las relaciones cerradas no es mucho mejor, esto es, el Ascetismo.

De forma común, cuando intentan relaciones sentimentales, de forma más o menos consciente suelen notar este tipo de amenazas sobre sí mismos y sobre su relación, por ello, intentan buscar todo tipo de soluciones con tal de que, manteniendo las mismas condiciones, logren librarse de todas las consecuencias que de estas se siguen. Muchos son los malabares, fracasos, y fantasmas que suelen perseguir, pero la fórmula que ha demostrado permitir una mayor estabilidad en las parejas ha sido lo que puede llamarse una forma de ascetismo. Digamos que el truco está en intentar mantener un equilibro más o menos lamentable entre los deseos, la vitalidad, la propia capacidad de amar, la integridad personal, etc., y las propias condiciones del contrato, reduciendo estas emociones hasta límites en que sean lo menos perceptibles y molestas posibles, situándolas es espacios de reclusión o secreto. Quedan, definitivamente, en un estado de tira y afloja (bajo mínimos), entre un morirse de hambre y un “quedarse en coma” a base de reprimir la realización de los deseos, intentando que no por ello tengan del todo que acabar con algún resquicio de personalidad.

En cualquier caso, y aunque consigan sobrevivir, ¿acaso hay lugar en tal solución para el amor?

miércoles, 13 de octubre de 2010

Sobre la acción y la contemplación.

A continuación están expuestos tres textos diferenciados,independientes, pero que he unido por compartir la misma temática en sentido profundo, ya que de hecho, son el resultado de las reflexiones en torno al mismo tema que he estado llevando últimamente.
Los dos primeros pueden encontrarse en mi fotolog (http://www.fotolog.com/plumaenrojo/67600602 y http://www.fotolog.com/plumaenrojo/67630095 )Pero el tercero únicamente lo he publicado en este blog.





El humo nos gusta, nos atrae, para muchos incluso es una razón para fumar.
Seguramente por la propia semejanza que tiene con los pensamientos; Efímeros, espectrales, de gris y blanco, difíciles de definir por su propio carácter humeante. Ese humo, el pensamiento, es como un juego, un entretenimiento a través del cual nos paramos a quemar ideas, vivencias, libros. Esperamos pacientes, latentes: A cada calada que exhumamos permite un instante de revelación, un segundo en el que la mente rauda intenta hacer la fotografía, captar el “eidos”, percibir la forma entre la efemeridad absoluta para luego, ante la visión del nuevo vacio, aspirar otro trocito de vida, consumirlo, quemarlo y expirarlo nuevamente dispuesto a la contemplación.

Cuando se piensa, y cuando se fuma no puede hacerse nada más (al menos si quiere hacerse bien) requiere una pasividad absoluta, la negación primera de cualquier otra acción. Lo curioso además es la sensación que produce de hecho, pues cuando se fuma se experimenta la misma sensación de cuando se está pensando, aunque claro, cuando se fuma no se puede estar pensando… aunque la mente experimente el mismo ejercicio.
Puede que digáis que si, pues este estado nos puede llevar a pensar en muchas cosas ya que es el estado ideal, pero notareis que cuando de verdad se piensa, que es cuando se escribe (ese don divino que nos permite eternizar el humo) dejamos de fumar.





...



(…) Aún así, en cualquier caso, debería ser capaz de aplicarme a mí mismo mis conclusiones.

Pero claro, eso nos lleva al doble problema de siempre; Por un lado, que la contemplación impide la acción, y por otro lado, que los conocimientos aprendidos por la contemplación fuerzan ciertas acciones, que no solo son acciones (rompiendo con la contemplación) sino que además son problemáticas por su compromiso para con lo eterno ( verdad, justicia ,libertad y belleza) y no para con lo contingente (tradiciones, costumbres y relaciones de poder) es decir, que son revolucionarias sea cual sea su campo o aspecto.

De este problema uno no puede escaparse entero, no solo por los problemas materiales que desembocan de la propia acción (y que podrían dar un sentido literal a la expresión “no salir entero”) sino también por la realidad insalvable de que, por un lado, cuando se comienza una acción se deja la contemplación, esto es, “conocer” y por tanto nos vemos desnudos contra los hechos. Por otro lado, puede llegar un momento en que ya el propio pensamiento especulativo (esto es “las investigaciones de la razón”) se quede precisamente en eso, en vana especulación, al no tener más material experimental (ya bien sea teórico) para seguir profundizando al haber agotado todas las propias posibilidades que permitía la situación del contemplador. Y por último, que hay muchas cosas que una vez conocidas tienen a provocar una tensión aun mayor (por su carácter de intolerables) entre la acción y la contemplación.

Por tanto, ¿Qué decir? Somos bastante parecidos a los topos, o a algún otro ser subterráneo, pues solo podemos saber a dónde vamos, si de hecho dejamos de “ir” y sacamos la cabeza para echar un ojo; Pero si llega el momento de finalmente volver a moverse, volvemos inevitablemente a estar a ciegas, y bajo tierra, nadando por terrenos arenosos (y peligrosos).
No hay forma de saber lo que hacemos (cuando lo hacemos) ni forma de hacer algo cuando sabemos lo que nos pasa.

Ante todo esto no queda escapatoria, no podemos más que llegado el momento saltar al vacío ( es decir: nuestro mar de tierra) con la esperanza de sobrevivir hasta el próximo momento que tengamos oportunidad de volver a mirar las estrellas. Mientras tanto, nos tocará beber del error, comer del fracaso y escapar de la policía.




...




Asumir el fracaso es una de esas cosas difíciles, no necesariamente porque seamos muy orgullosos, sino por los recursos, sensaciones, que nos da nuestra mente de forma ajena a nuestro control.

el proceso más común es el de Idea-> interés-> ilusión-> preparación-> postergación-> y por último, rechazo, que tiene mil formas desde “no vale la pena” hasta “no es tan bonito” en el mejor de los casos, cuando no se convierte en una especie de odio o resignación profunda.

De estas conductas, no puede acusarse tanto al individuo, este, no es más que una víctima más de lo que defendería yo (quizás en otra ocasión) como un mal más político que personal, de hecho, el primer paso para solucionar este problema consiste en no reconocer estas conductas como algo propio, sino como algo de lo que uno mismo es víctima, (de qué, como he dicho lo dejaré para otro momento.)

A las conductas a las que me estoy refiriendo son aquellas que siguen desde el mismo momento propio de la “preparación” que he comentado antes, en esta inocente idea se encuentra ciertamente el germen de lo que será una espiral de cerrazón que nos irá perdiendo en sus laberintos hasta que finalmente lo asumamos como la casa propia, olvidando que es de hecho un laberinto, un mal, o como nos pasa con todo lo que consumimos, un montón de basura.

Hay que estar preparados sí, pero eso solo se aplica a un conflicto, una guerra en la que la vida propia ( u otras cosas más o menos valiosas ) corran peligro, en circunstancias así hay que prepararse, ya que de hecho, si no nos echamos encima de ese mal, este, tarde o temprano se terminará echándose sobre nosotros. Pero claro está, y esta es la diferencia, cuando tenemos una buena idea, esta normalmente no suele nunca echársenos encima, sino que tenemos que ir a por ella, y como tal, a base de preparación se nos va la vida y el aliento.

Esta conducta defensiva, por la cual repensamos (por ejemplo) mucho lo que vamos a decir ya bien sea alguna cosa loable, no es inocente, es la representación clara de un interior temeroso e insano (al que yo mismo me sumo con grandes galardones de desgracia) el cual no solo teme por que le dañen, (a eso puede uno acostumbrarse) sino que teme dañar a los demás, es decir: que sea rechazado (en su persona o su proyecto).

Como he dicho, a raíz de esto preparamos mucho las acciones, y caemos en otra trampa, pues no de casualidad encontramos cada vez más y más fallos a la idea, por lo cual la postergamos al infinito, hasta que finalmente pensamos que es tan fea que no merece la pena, aunque también podamos verla muy bonita, pero en ese caso quienes no lo son son aquellas personas a quien estaba dirigida.

Bien, he dicho que no es inocente, y digo esto porque el desarrollo que damos a la idea, (refiriéndome a todo aquello que podamos pensar sobre las consecuencias o reacciones) es siempre dentro de nuestro propio marco mental ( vamos a llamarlo, invernadero) en el cual las cosas crecen en realidad a nuestro antojo, nos demos cuenta o no, formulando el futuro supuesto que más nos convenga ( no para bien) y basando finalmente nuestras acciones sobre este, considerándolo de hecho lo más sensato ( seguramente a base de pensarlo mucho) cuando en realidad y muy al contrario, no sea más que un delirio deprimente para no movernos un solo paso.

¿Os dais cuenta que difícil es asumir el fracaso?

¡Precisamente porque lo asumimos de antemano! Nos creemos realmente que “hemos asumido algo” cuando en realidad no es más que una triste estratagema para quitarnos la responsabilidad de tener que asumir nada, sea para bien o para mal, pero ya que lo bueno es aquello que nos movería de sitio (y no nos vamos a mover) asumimos aquello que más quietecitos nos deja, nos creemos que hemos pensado en algo y conseguimos drogar la consciencia. Asumimos ese fracaso, tan solo para no asumir el fracaso de no tener capacidad de tan siquiera hacer las cosas, aunque sea mal hechas.
Hay otras cosas que hay que tener en cuenta, refiriéndome a aquellas que hacemos cuando sí tenemos ovarios de movernos. También me refiero ahora a los futuros supuestos, pero en este caso a aquellos que van para bien. No tiene que ver con un exceso de ilusión ( que no está tan mal de vez en cuando) sino en una planificación de esta ilusión que nace también de la misma preparación a la que me refería antes, la cual puede llevarnos al mismo destino que en el caso anterior, pero también a otro distinto y es el de la decepción. (Sobre esta en realidad no voy a decir mucho, es más bien un “tenedlo en cuenta”)

Ahora bien, tanto en este como en el caso anterior la solución es la misma : “Actuad tan pronto y tan locamente como sea posible” (en caso de no estar bajo una amenaza real ( y con amenaza real solo entiendo a aquello relacionado con la policía, el ejército y sus leyes)) Hay que tener en cuenta, que las cosas buenas para con nuestra vida, nos nacen más de impulsos y casualidades que de grandes esfuerzos, (refiriéndome a lo que nos enriquece la vida, y no lo que nos hace poder vivirla) Estos impulsos pueden ser muy leves, o muy intensos, pero como ya dije en otra ocasión “son como bocanadas de humo” y debemos apresurarnos a atraparlo
(escribirlo, realizarlo) pues poco después solo nos dejará de vuelta al vacio. Por otra lado, tengo que añadir sobre la preparación que esta solo se obtiene en la experiencia ( “nuestro mar de tierra”) y que solo a base de movernos “bajo el suelo” vamos a tener algo que “decirle luego a las estrellas”; Es decir, que la preparación no se prepara, la preparación se aprende…

Finalmente, hay que ser realistas, y es que no se puede empezar por la solución que acabo de citar, lo primero en cualquier caso, pasa por el largo proceso de asumir el fracaso, y esta también, solo se aprende en la experiencia. Después: La locura (“saltar al vacío”) como tendencia, hasta que finalmente asumamos que no hay mejor consejo que atreverse a cometer un error.

viernes, 3 de septiembre de 2010



Cuentan por ahí los viejos, esos que fuman en las puertas de los bares que tienen ventanas grandes a la calle, esos que te dicen cosas extrañas y se ríen como viejos que son por cosas que nadie más que ellos entienden, que son arquitectos, economistas y sociólogos a la vez…Que una vez, hace muchísimo tiempo ya, mucho tiempo para ellos que son muy viejos, en un país demasiado lejano para ir andando, y en un pueblo donde no había carreteras, que llegó uno de ellos, un viejo con la barba la mitad de larga que el bastón que le ayudaba a caminar, además, le acompañaba a este un burro, o un camello, con dos grandes alforjas y una alfombra que hacía las veces de montura y de cama, allá donde se la pusiera.
En el pueblo no había mucha gente, no para nosotros, dicen, pero sí tenía una bonita plaza, con un cedro muy grande y el viejo se fue para allá y se montó una tienda con un par de mantas y una única cuerda muy larga, luego se tumbó a dormir y nadie le echó en cuenta.
Sin embargo a la mañana siguiente, por muy temprano que se levantaron los mayores, resultó que todos los niños lo habían hecho antes. Estaban todos en la plaza rodeando a este viejo que contaba cuentos e historias mágicas. En el pueblo nadie excepto los niños supo jamás que les hizo estar allá antes incluso de que amaneciese, (y cuando les preguntas los viejos se ríen sin responderte) pero no les pareció un mal viejo a los viejos del lugar, ni a los mayores, que aliviados parecían de no tener que soportar a los más pequeños, y satisfechos con los más grandes, pues parecía que este viejo, o quizás su burro que podría ser un camello, les estaba enseñando a leer.

Fue pasando el tiempo y resultó que a este viejo, que todos debido al aspecto de nómada con que llegó, pensaban que no estaría mucho, le gusto el clima y el pueblo, y no pasaron meses sino años, que resistiera su tiendecita sin un solo arreglo en todo ese tiempo. Los niños crecieron, pero el viejo se quedó en viejo, y cuando ya los niños no eran ya niños, un día, el viejo abrió la segunda alforja de su camello (que también era un burro) y sacó unos libros mucho más viejos que el más viejo de los viejos que los viejos recordaban haber conocido. Y entonces el viejo dejó de contar cuentos.

Los niños, que ya eran grandes, se hicieron discípulos, y las nuevas historias comenzaron a contarlas las estrellas, por lo cual muchos de ellos se dormían a la luz del día en los campos cuando había que trabajar y también en los puertos, los bares y en la iglesia. Pasaban los aprendices las noches entre la matemática y la astrología y al llegar el día no les quedaban ya fuerzas para sostener ni las redes ni el arado, así pues, fueron por primera vez los mayores, que durante años habían dado buen trato y cobijo al viejo, a quejarse, y decirle que si quería volviese a jugar con los niños más pequeños y dejase a los más mayores, pues ya era hora de ponerlos a trabajar.

Aun así nada podía hacerse, pues cada nuevo capítulo de cada libro les parecía a los jóvenes más apasionante que el anterior, pues cuando no trataban de la locomoción de los animales, traban del método cartesiano, cuando no, del sentimiento de lo bello y lo sublime, cuando no, de un tal Gorgias y así siempre con nuevas maravillas que salían con gran claridad de la garganta más vieja que había en el pueblo.


Los mayores se quejaban, así que empezó a enseñar de día, lo cual fue peor, pues en lugar de dormirse directamente se escapaban, y el día que descansaba el viejo, el pueblo se llenaba de una fina tristeza, como si el propio cedro se pusiera triste al no oír el mejor pajarillo.

Entre palabras e ideas, mitos y tabúes, fantasmas y supersticiones, sucedió que un día en que el viejo no estaba con su burra, se reunieron allí los mayores y comenzaron a quejarse y a gritar enfadados y muy molestos con el viejo: Unos amenazaban con quemar los libros, otros solo querían echarlo, alguno golpearlo y resultó que unos pocos, solo querían hablar con él… Pero entre tanta discusión apareció por allí el viejo con un pequeño grupo de jóvenes que le seguían paseando, y en ese momento la que fue una gran discusión se hizo una muchedumbre unida por gritos y desprecios, abucheos e insultos al viejo que pasaba por allí.

Dicen en los bares los viejos, que seguramente el viejo del camello también era un brujo, pues cuando este comenzó a caminar a un paso tan lentamente longevo, tan solemnemente dedicado, fueron los mayores, quizás sin darse cuenta, bajando y bajando su voces y sus palabras tanto que cuando este llegó frente a ellos (seguramente pasaron días) hablaban apenas entre murmullos, y cuando el viejo se dispuso a hablar hasta la encina pareció callar a sus pajaritos para que se le oyera mejor.

Las palabras de este, dicen los viejos del bar, son algo que nunca se pudo llegar a comprender, fue una lengua sin duda de otra tierra o incluso otros mundos, o quizás la propia de los lugareños, pero con una dulzura y una belleza que muchos rompieron a llorar de vergüenza, y otros de amor emocionados ante las bendiciones que el aclamado como el más santo entre los santos pudo haber pronunciado.
Entre tal momento eterno, que duró lo que duraron seis o siete veranos se encontraros sus discípulos de nuevo frente a su maestro, y recuperando el aliento y la consciencia preguntaron cómo era posible, que después de que aquella muchedumbre envilecida le insultara y le deseará maldiciones impronunciables por cualquier hombre digno, cómo era posible entonces, que le hubiera respondido con palabras tan bellas, que de seguro no se merecían.

Y el viejo, sostenido en su bastón que medía el doble de su barba les respondió:

“Hijos míos, un hombre, solo puede dar lo que tiene.”

viernes, 16 de julio de 2010

Quisiera tiempo, espacio infinito.

Por la tarde, la luz filtrada entre las cortinas y la persiana baja, pero no demasiado, dejaría entrever la brisa del murmullo de la gente, ajenos a nuestra intimidad.

Por la noche, una vela que nunca llegase a consumirse, única lumbre, señalaría el aliento fresco, el aroma placido y misterioso, curioso de oír el murmullo de las caricias.




Existe un dolor, que parece calmarse con la rapidez, que parece no notarse al correr, al agotar y consumir cada minuto. Muchos por ello, llegan a pensar que el dolor proviene de hecho del ser pausado, e intentan vivir más felizmente devorando su tiempo, contando las horas, y organizando los haceres, en muchos y distintos, pero escasos de momentos, para sentir que se ha respirado profundamente.

Pero no consigue curarse este daño, y finalmente paran de agotamiento, sintiéndose derrotados, ven como el sol ha recorrido sin ellos la mañana, como “no estaban allí”, como no han podido levantarse siquiera, y en ese momento, se sienten miserables.

Corren, y todo correr va demasiado deprisa, todo correr les atasca y les hace perder el tiempo. Las cosas que mejor nos sientan requieren su tiempo, y su tiempo siempre parece ser demasiado. Una metáfora, un pincel, un paseo, son cosas que requieren demasiado, más de lo que pueden darle, más de lo que se permiten tener.

Valoran la fuerza, la pasión y la viveza, pero la pasión se derrama solo a gotas y no llegan para beber, por ello se aquejan, de siempre tener sed. Buscan entonces más y más fuentes, pero no logran ser suficientes, muchas se rompen o se olvidan, por puro despiste, pues no hay tiempo para recordar.

Y al caer la noche, cuando no parece haber nada que comer en ese instante, les duele en el alma como una maldición, cada vez que no están viviendo algo, cada vez que no hacen algo que contar, cuando solo queda alguna canción triste como consuelo a un mal peredne, condenados a soportarlo en una vida siempre insuficiente.

Pues ese dolor, no es hambre ni ansiedad, sino la falta del eco, el oleaje creciente bajo la piel que deja una caricia esmerada, un beso prolongado, un abrazo acogido en el silencio, un atardecer que no se agota, una mirada persistente…

miércoles, 14 de julio de 2010

Ortografía: El orto de la escritura

¿Qué satisfacción se encuentra hallando las faltas de normas y leyes ortográficas?

Que en realidad, no tienen nada de “ley”. Las normas ortograficas no son más que una suerte de adecuaciones, una búsqueda sin sentido de algún tipo de estructura perfecta del lenguaje, donde no la hay, para nada. Solo el azar y la historia han decidido que “servir” deba escribirse con V. De la formulación de los verbos acabados en bir, no se deduce que necesariamente tres de esos verbos sean en V y ni mucho menos, que servir sea uno de estos, ya que, de hecho, no existe ninguna fórmula si no que, podría ser, fuera así no más que por fuerza de haberlo escrito “mal” en su momento.
¿No es bastante decir con esto que nada que mereciese el título de “ciencia” puede sacarse de aquí?

Muchos dirán que la ortografía es muy bien necesaria, pues no se puede cortar un halla, ni verbalizar un haya, pero me pregunto cómo no viven estas personas más que de lenguaje escrito, ya que el hablado, de hecho, debe de serles incomprensible, y seguramente pregunten todo el tiempo si es con B o con V lo que les dicen, no pudiendo encontrar sentido a la frase: “Esta hacha me sirvió para cortar una haya”, más que una vez hubieran preguntado por la existencia de una H, la de una V o B, y la de una Y o una LL.

Claro que, esto no es así; Lo sería si fuesen consecuentes, pero solo los más idiotas son consecuentes con algo tan absurdo, ya que de hecho no se puede, por la tozudez que tiene la mente, en olvidar lo innecesario.

Para estas gentes, debe de existir un abismo entonces entre las normas de lo hablado y lo escrito. Bueno, diréis que existe un abismo; Pero no veo otra diferencia más que lo escrito, suele ser lo hablado pero “bien dicho”, o como nos gustaría haberlo dicho en su momento.
Ahora bien, ello en nada tiene que ver con la comprensión ni la eficacia del lenguaje en su sentido mismo, de salir de una lengua y llegar a una oreja; Las lenguas hacen ruidos y las orejas los perciben. El problema es que “perciben” y “perciven” suenan igual (en su sonar siempre diferente) Hay quien dice que no, que son sonidos distintos. De hecho lo son, ya que todo sonido siempre lo es. La pregunta es entonces: ¿De qué universo provienen estas personas donde los lenguajes tienen un modelo real? Y más intrigante, ¿cabría descubrir si pueden entender a un Jerezano (hablando castellano) o incluso, hilando fino, al lenguaje más “neutro” que conseguimos oír en los telediarios? Pero lo más fascinante, sería descubrir de qué dios han oído decir “perciben”.

Continuando la pedantería, dirán que una cosa es el lenguaje escrito y otra es el lenguaje hablado, argumentando qué tienen “leyes” distintas. Sin duda, en este momento nos hemos caído en un pozo, y no el de Tales, sino un pozo donde ya no se ve nada, pues si eso fuera cierto, el lenguaje escrito sería incomprensible. ¡La escritura nada tendría que ver con la palabra! Lo sería, no solo ontológicamente, sino además, estéticamente incomprensible.
Estéticamente además, pues si fuera cierto que contienen leyes diferentes tal frase (razonablemente evidente de comprender) como es: “aý ay un ombre ke dice ay” no sería más que un caos sin sentido.

De todas formas si tal frase nos molesta, no es más que por costumbre, del mismo modo que es molesto ver mujeres desvergonzadas por no usar sujetador, u hombres obscenos por besarse en público. En cambio yo soy un hombre de razones y no de hábitos. Por lo cual, por exponer un caso, me sigue pareciendo intolerables los uniformes policiales, aun habiéndome criado rodeado de ellos, y adecuado, dos niños (machos) de 14 años dándose un beso ( o morreo), aunque la verdad, solo lo vi una vez.

Estas gentes en cambio, no tardan en manifestar el “dolor de ojos que les da” cuando ven una cosa u otra.

Mientras tanto, Diógenes anda, y Uriel te habla. Y lo hace “correctamente”, pero solo en la medida que me corrige mi ordenador, ya que tan solo atiendo (además de a las rayas rojas) a comas y acentos relevantes, para la buena escucha de lo dicho: No nos olvidemos de que, en realidad, no existe algo así como “leer”, los humanos no leemos, eso no existe, lo que ocurre es que nos auto-hablamos con la mente. Tenemos una voz que nos va contando lo que aquí está escrito, pero el escrito como tal no lo podemos entender. (Recordemos que no es hasta la baja edad media que los textos comenzaron a leerse “en voz baja” o en silencio, antes se leían a voz normal para entenderlos)

De hecho, el entendimiento no necesita de ninguna ley ortográfica para “hablarte” lo que pone; El Msn, Facebook, y cualquier otra red social donde se hable la gente con letras es un buen laboratorio para demostrar esta idea. Quien charla por msn sabrá (por ejemplo) que la ortografía directamente no existe, y la propia consistencia de las palabras parece estar en juego (Lo cual se agrava aún más con los SMS) Lo único relevante en estos soportes es, como mucho el valor “fonético” de la palabra, y si a esta incluso, le faltan fonemas da igual, porque se entienden. Curioso lenguaje.

En este punto seguramente, a muchos les entre el pavor “¡Qué pérdida! ¡Qué destrucción del lenguaje” y añado que, seguramente, para ellos no era coña eso de Los diez mandamientos… Seguramente Dios los escribió con muy buena letra ¿No es cierto?

Pero no me gustaría acabar con algo tan desasosegante para la cultura y acusador para la tecnología, sino que, haciendo un tremendo elogio a esta ultima; Son los correctores automáticos, los que nos permiten escribir “Bien” aunque nos importe un bledo escribir “bien”. De hecho es mi caso, sin preocuparme por lo las palabras que escribo la maquinita las va adecuado a la tradición programada, lo cual, me hace ser más legible, al mismo tiempo que conserva la buena ortografía, seguramente, hasta el fin de los tiempos. Si quieren conservar las tradiciones tienen un soporte mucho más fiable y eterno que los humanos.


Finalmente, en realidad todo el mundo sabe que la ortografía solo es una cosa de manías y traumas de los examinadores, sabemos bien, que estos por ejemplo no tienen “faltas”, llega un momento en que solo se cometen “erratas”. ¿Dónde está la frontera? Entre la buena disposición del lector, y la mala uva del bolígrafo rojo.

martes, 29 de junio de 2010

El valor y la verdad.



No creo en la revolución, que fuera posible, ni en nuestro tiempo, ni en un futuro próximo o más lejano, de hecho, pienso que nunca la habrá, ni cuando sea, porque lo es, necesario.




Ahora bien, eso no me lleva a pensar que este sistema, el capitalismo, pueda durar mucho tiempo, al contrario, seguramente nos lleve al abismo pronto, como lo ha estado intentado desde los inicios, pese a todos los ríos de sangre, todos los moribundos que hayan intentado recordarle al capital que una sociedad capitalista, tiene que seguir siendo ante todo sociedad, y los frenos que consiguieran ponerle los años de luchas sindicales, los cuales, finalmente terminan por desaparecer, no parará la bestia ni hoy ni nunca.


A muchos de los que luchamos contra el capitalismo, les mantiene en cambio el valor de la utopía, si no, el valor de los espacios creados en vida, grietas de libertad en los agujeros del sistema. La basura de la historia, o los escombros abandonados por la corrupción, los convierten en lugares de libertad, donde recrean y experimentan con verdadera valía y aprendizaje lo que define sus sueños. Esto, a su vez, les da esperanza y les hace sentirse fieles en sus ideales, sino al menos, en su dignidad. Se mantienen así fuertes, aun con la vida trágica que impone la consciencia y el conocimiento político, y del mismo modo, alimentanse del mundo nuevo que vive en sus corazones, deseante de vivir en cada impulso, cada grito de rabia, mano alzada o baja, para levantar a un compañero. Todos sabemos que este mundo criminal no necesita nada imposible ni glorioso, para que dejar de serlo. Muchos de verdad lo creen posible.


Sin embargo, este no es mi caso, no habita en mi esperanza alguna, ni en la vida presente ni futura, por lejana que sea. Al contrario, veo cada día más atroz; Cada noticia que leo, es aun más vergonzosa que la de ayer: un nuevo derecho que sencillamente desaparece, una nueva burla a la humanidad en los juzgados, un nuevo criminal orgulloso de su producción rebosante de sangre y un nuevo gilipollas, defendiendo mierda en medios masivos. Y además a diferencia del la mayoría de esta minoría, de la minoría de personas, no puedo refugiarme en mi propia angustia, no obtengo consuelo, pues no me es posible de algún modo abandonar la lucha, no puedo culpar a la humanidad por corrupta, ni decirme a mi mismo, que este mundo, aunque no tenga esperanza, ya está perdido.



Se en cambio, que no es así, y aun a fuerza de pena no puedo dejar de saberlo; que hoy mismo, a las 9:30 de la mañana, podríamos cambiar el mundo, muy posiblemente para siempre, y para bien, una nueva conquista contra cronos es hoy posible. No nos falta fuerza en los conocimientos, ni poder en la técnica. Además, las investigaciones no cesan, lo que se sigue haciendo, lo que seguimos y sigo haciendo, para cubrir todos los campos en que pueda refugiárseme un pedazo de miseria. Este saber, me niega acogerme al desasosiego, y me impide el abandono, me roban todo recurso moral sobre el que justificar mi derrota, y todo espacio de maldad sobre el que revolcar mis rencores.


Mi saber, me fuerza, pues una vez vista la injusticia, una vez conocida la miseria, una vez comprendida la estructura, ya no puedo recaer sobre lo indigno, ni alimentar mis males con ignorancia. No puedo, una vez conocido, acallar la voz de la razón, ni la de mi corazón. Mi valor no cosiste en más por tanto en la búsqueda y eliminación, de cada refugio de inconsciencia sobre el que volcar mis males, mi autocompasión, o mi derrota.

En realidad no hago más que seguir adelante, con toda la fuerza de la razón, contra toda la fuerza de la historia.

domingo, 27 de junio de 2010

Medir lo deseable.



Me pregunto cómo hoy en día, mucha, tanta gente, sigue pensando que el amor existe, y además, sueñan con enamorarse…

Supongo que en realidad solo le ocurre a los jóvenes, ya que cuanto más jóvenes más abundantes son. En la medida que va pasando el tiempo, en la experiencia, lo normal es que vivan todo tipo de males, y todas las evidencias señalan que no están encontrando lo que buscaban, pero al no encontrar otra cosa, así lo llaman.

Luego pregonan que el amor duele, como poco, que es cruel, egoísta, o los más listos, que no existe. Pues es cierto, no existe el amor bajo estas condiciones; Ellos no saben lo que es, pero en el fondo saben lo que no es, eso en realidad lo sabemos todos.

Cuando se enamoran, desean amar, y no pagar un precio, muchos se lo imaginan, pero no pueden más que esperarlo como un fantasma, temerosos, o confiados de que nunca llegue. Inconscientes la mayoría lo olvidan, retrasando de algún modo lo inevitable, muchas veces de antemano, pero tozudos incluso, sin querer creerlo por muy bien que lo conozcan.

¿Y cómo no conocer a este fantasma? Si la vida entera, y la pura evidencia lo justifican, eso sí, de forma miserable. Este fantasma se erige sobre todo lo que no quieren hacer, pero por alguna perversión demoniaca en el carácter, lo aceptan, consideran quizás el premio demasiado valioso, demasiado preciado, deseado, o en los casos más oscuros, necesitado.

Pero están malditos, lo que no saben, es que quizás por algún error terrible en la humanidad, todas las estratagemas que pretendan para conservar el amor, y dar estabilidad, seguridad y fiabilidad en sus vidas, serán la guadaña más tortuosa posible, que caiga sobre lo amado.

Aun así, incluso en esta insalvable condenación, sienten en el fondo algo extraño, que seguramente en toda su vida no lograrán comprender, semejante a lo que siente un hombre casado y con hijos, que haya cumplido todas las exigencias de la tradición, cuando se acerca a otro hombre al que ama; Nunca sabrá lo que siente, pero siempre una repetida interferencia llenará su cuerpo al hablar con él, ese fantasma siempre presente, que llamamos frustración.




Sueñan con enamorarse, pero en lugar de eso, viven ahogados en la frustración, en hacer cosas que no desean, en pagar un precio imposible y adverso, a las emociones más preciadas.

Pero no deben por ello, luchar contra este espectro, ni mucho menos, deben escucharlo atentamente y prestarle la mayor atención, pues de hecho tiene mucho que decirles. Debo decir que las emociones, son ante todo engañosas, como mucho podrían juzgarse como consecuencias de principios más relevantes, y además atender a estas constantemente no hace más que crearnos un macizo ideológico, autorreferencial, del que no consiguiendo salir nunca, nos hunde en la ignorancia… Eso ya lo dicen los sabios.

Pero hay al menos una emoción que si podría servirles bien a la hora de juzgar, seguramente porque no existen fuerzas en la naturaleza, el cosmos o en la historia que pueda moverles a, ni hacerles deseable la libertad. Pero desde dentro esta parece removerse y retorcerse, aun con el peso de todo lo que puedan haberles enseñado, y aún con toda la ignorancia gritándoles. Allí donde las cosas no son como deberían ser, sienten frustración, allí donde pagan un precio indigno, sienten frustración, allí donde hay una frontera, una condición, una exigencia que desvía la vida, sienten frustración.

Y sin embargo, existe una tozudez increíble, un deseo que llena la vida entera, aunque estén condenados a no encontrarlo, aunque estén condenados a estrellarse una y otra vez contra muros que no saben derribar.


Los que lo hicimos, es posible que hayamos perdido esa fuerza, y más pueda afectarnos incluso, pero sabemos que no tendría valor alguno la vida, si nos viéramos forzados a volver atrás, del mismo modo que aquellos que llegan a nosotros, suele costarles creer, que todas las voces que debieron acallar desde niños, las más terribles, y las más adversas, llevaban la razón.

sábado, 26 de junio de 2010

Los hombres, aunque van a morir...

Parece que, desde hace mucho tiempo ya, se ha relacionado la libertad con algún tipo de muerte. Desde platón al menos, podemos recordar aquellas palabras con que comparaba la filosofía con un aprender a morir. El sentido preciso de estas palabras, aún no está del todo claro, o quizás al menos nadie me ha convencido, pero lo innegable es la relación de esta muerte con la libertad ya que en palabras del propio Platón: Quien aprendió a morir desaprendió la esclavitud. Es evidente que no se puede ser un esclavo y estar muerto, pero quizás no hiciera falta pintarnos los rostros de azul y disponernos a una muerte más o menos mediocre, para ser libres. La ilustración propuso algo semejante, sin morirnos del todo, algo así como un desaparecer al menos para los antropólogos, ya que la regla del “independientemente de” nos dejaba, o eso prometían, en un espacio de libertad en que la razón, como verdad y justicia, actuaba siempre por nosotros, nos libraba de la decisión a cambio de la deducción, o mejor aún, el llano imperativo categórico que a fuerza de querer llevar razón siempre, cuando no la tenía no actuaba, y a fuerza de tal, la primera piedra nunca terminaba de lanzarse. Ahora bien por el camino se iban cayendo los dioses, los ritos, el parentesco, el sexo, las tradiciones e incluso los cotilleos, dejando a los pobres antropólogos sin nada que estudiar, ante la desaparición del hombre, algún tipo de muerte, sin duda.

Hoy en día no tenemos antropólogos, tenemos psicólogos, y del mismo modo, no tenemos brujos, ni chamanes. ¿Qué es lo que tenemos, médicos? No, la cultura ya no se vive ni con el cuerpo ni con la comunidad, tenemos escritores, si acaso, poetas y a menudo un ordenador donde escribir.

La labor de la psicología evidencia este punto, y no por los acertados o interesados avances de esta, o las directrices probablemente lamentables que puede definir sobre salud mental. Si no por su propio trabajo: parece ser que se aferrasen los humanos a su propia vida ya que, habiendo sido liberados de sus dioses aun consiguen tener síntomas, y de este modo no morirse, ni desaparecer del todo, agarrados a un clavo ardiendo de rasgos de carácter y traumas, antes que aceptar la propia muerte, como si de hecho, no estuvieran hechos los hombres para desaparecer.

Sin embargo, siempre permanece una especie de obsesión continua. No es cualidad por ejemplo, que durante más tiempo del que se cuenta, se relacionase directamente la purificación con la muerte, ni que, todos los pueblos que tozudamente se mantuvieron en el neolítico hasta al menos el siglo XX, o al menos los conocidos por mí; en sus ritos de “superación de la infancia” se simbolizase algún tipo de muerte, ya fuera devorados por alguna bestia, representada por una cabaña, o “rotos en pedazos y vueltos a montar” simbolizado por algún tipo de mutilación o modificación violenta de la carne. Es como, si la naturaleza hubiera hecho algo mal, y tuviera que arreglarse. Se podría esperar que la muerte estuviera presente desde los albores de la humanidad en la construcción de las sociedades, pero lo interesante, y misterioso es la permanente idea de liberación que constantemente se ha estado ligando a esta.

Hoy mismo, cuando nos sentamos a escribir, oh nosotros occidentales, cuando realmente nos sentamos a escribir y no para escribir, deseamos ante todo, vaciarnos, sacar de dentro algo que nos presiona en algún lugar del alma, ya sea contar una historia o encadenar palabras, estas parecen tener una vida propia, pero ser mudas, como estas manos que escriben ahora, calladas, sacan del silencio algo que las fuerza desde dentro. Claro que, este, evidentemente es un mal ejemplo, pero nos sitúa en la escena.

Hoy en día, hace ya tiempo que la filosofía no nos mata, sino que nos enriquece, nos hace saber y diría yo, nos hace más humanos. Se ha convertido en su propia cultura, nos enseña sobre el mundo, ya no sobre el no-mundo, se estudian cosas, y no ideas, se hizo un conocer quizás en demasiado, más que un pensar. Por otro lado, la ciencia hace tiempo que dejó de ser una buena solución, pues cuando ya no se buscan soluciones contra el cáncer, por ejemplo, sino aumentar determinada tasa de beneficios, hay muy poco espacio para refugiarse entre la belleza del funcionamiento inerte de las cosas, ya no puede la ciencia morirse en sí misma, sobre todo cuando tienes a los vendavales de la historia, hecha capitalismo, atenazándote con el despido, como poco, si no se cumplen los requisitos de la empresa. ¿Qué nos queda? Nos queda la palabra, concretamente, la literatura, y no cualquiera, sino la intima, la solitaria, la única, la personal, hoy en día ya solo se muere en silencio y a oscuras.



Se escribe y se valora, desde hace algún tiempo, lo más singular, los mundos interiores, la locura del escritor, y cuanto más loco, cuanto más atroz y extraño más profundo, más liberador. Y el mismo escritor, cuanto menos haya puesto de su propia consciencia en los relatos, cuando más fuera la pluma sola, loca, más perfecto siente el texto, de cuanto más lejanas y perdidas sean las cosas de las que se trajeron las palabras más ciertas son, y a la vez, menos importa el que escribe, aunque las sienta como muy propias, sabe que no lo son, y de ese modo finalmente puede tener paz, morir en paz, diluirse, conseguir que no importe lo más mínimo, cuando la creación y el creador no pueden distinguirse, ni reconocerse. De este modo hoy, conseguimos la liberación. Liberación de algo tan extraño y semejante a todos como el propio amor, que aun sintiéndolo como lo más propio, capaz pudiera destruir una vida entera, con todas las obras y proyectos que nos definiesen, y sintiéramos como propios e identitarios. Así pues morimos, desparecemos a través del arte, y quizás, todo sea dicho, sea el último recurso que nos queda.

Entonces, parece que hubiéramos nacido para morir, que las mejores cosa que encontrásemos en la vida, no fueran más que a través de la muerte, que cuando se vive de verdad es cuando se está uno muriendo, que cuando se es libre de verdad, es cuando ya sabemos morir. Pero recuerdo algunas palabras de Rafael Alberti, dijo que los poetas se hacían más hondos “cuando (su canto) abierto en el aire, ya es de todos los hombres” ¿Es este un morir entre todos los hombres?

Morimos, sin duda, y no hacerlo provoca destinos aún peores, pues no nos aferramos a la vida al huir de la muerte, sino a la seguridad, y son cosas distintas. La literatura, así como la vida, es un eterno comienzo; Por mucho que se viva, un primero beso, siempre será un primer beso, y por mucho que se escriba, una pantalla en blanco seguirá siendo una pantalla en blanco. Existe un hacer en cada muerte, ya que no morimos en vida, como morimos al morir. La muerte, el dejar de respirar, nunca es algo que se haga en realidad es un dejar de hacer, un dejar de hacerlo todo, simplemente. Cuando morimos lo hacemos, y queriendo, a veces incluso con grandes esfuerzos. Se busca esa muerte, se prepara, se entrena, se aprende. Nos deja en el vacío, no es morir diluirse en lo escrito, la muerte es justo el momento anterior, cuando nos enfrentamos a la nada, a un blanco inmaterial, al áperion infinito, entre los limites irreales de una pantalla de ordenador, entonces morimos. Es entonces cuando surge la palabra, la melodía, cuando nos hemos muerto lo suficiente, cuando ya no somos ni hombre ni mujer, cuando ya no es de día ni de noche, cuando no hay distancias. Entonces puede derramársenos la vida entera, a la que le han cortado todo lo que nos hacía conocerla, como una voz sobre unas manos silenciosas.

Y de algún modo, lo escrito siempre se nos escapa de las manos, ni nos pertenece, ni lo necesitamos. Ciertamente creo, que no hemos nacido para morir, aunque sea algo propio durante la vida entera, la condición de nuestra libertad, la condición de posibilidad de todo comienzo y seguramente, un derecho inviolable. Nos queda la vida, entre todos los hombres, la vida en que una jarra fría pueda ser la primera jarra fría, la vida en que un encuentro, sea como el primer encuentro. Al ser de todos la palabra, alcanza así su existencia, no en su ser de nadie, sino de todos, no en su pertenecer a alguien, ni en su compartirse, sino en su estar con todos, en que libremente podemos abrir la boca y crear la perfección de la nada, en sí misma y para siempre. Podemos hacer la vida, en sí misma y para siempre, distinta y única, contingente y absoluta. Eternamente nueva y eternamente moribunda.


... No han nacido para eso.

viernes, 25 de junio de 2010

La chispa adecuada.


Nos envejece la falta de cómplices, sobre todo, cómplices de la locura.
He conocido mucho locos y muchos supersticiosos, muchos temerosos de cosas que no existen; la magia, la poesía, la ilusión, las vibraciones, son cosas de esas que no existen.
Pero quizás se aprende demasiado tarde que no importa que no existan, la vida se construye de relatos, relatos que nos inventamos. En cambio, perdemos toda nuestra imaginación ¿a cambio de qué? A cambio de nada. La perdemos por deshacernos de ella, por no encontrar con quien compartirla nos la arrancamos. El corazón nos grita, la ignorancia nos inspira, la duda nos hace soñar, y lo aplastamos todo con una paciencia que nos anula, que teme la vida más que a la muerte.

Podría por ejemplo, decir ahora que me enamoré de ti, podría glorificar la facilidad y a gracia con que me sentí embriagado, de una brisa, un rio, que emanaba de tus labios y me llenaba hasta la última gota del pecho de ternura y deseo. Podría, por ejemplo, decir que despertaste un corazón moribundo, que aun con legañas pesadas como montañas, buscaba a tientas tus manos para levantarse.

Pero no lo dije,
tengo miedo.

El miedo nos pide explicaciones, nos exige, nos exige lo imposible, y lo que nunca podremos darle: y es la misma realidad, una base, una seguridad que nunca obtendremos, y que al buscarla nos hará sentirnos más y más culpables por todo el daño al que nos condenamos en su búsqueda. Ese miedo, me impide ahora decir palabras de amor;
no vaya a no ser para tanto,
no vaya a no ser duradero,
no vaya a no ser real,
Mientras tanto, la única realidad posible; el placer y el deseo de tu cuerpo, se pierde en la espera y la paciencia, agotadas por el tiempo y la banalidad…




Sin embargo, hay una fuerza imposible en todos los nuevos encuentros, aun con la cabeza vencida y aturdida, gastando todos sus esfuerzos en acallar legiones de preguntas, las manos se atreven a lo que no puede la vista, semejante al oleaje, como una fuerza de la naturaleza incomprensible y obviada, se buscan las caricias, mirando hacia otra parte.

El miedo y la pesadez del pasado nos carcome la noche, y las ansias crecen atenazándonos el sueño. Sabemos entonces que no podemos negar que un virus infecto nos invade desde dentro, sale, desde dentro, siempre es más fuerte, y tira muro tras muro, sin conseguir contenerlo, por más que ofrezcamos deliciosos tributos de futuros provechosos, por más intentemos que se vaya, calmado por elaboradas soluciones, claramente explicadas razonadas y fundamentadas, pues nos enfrentamos a un mal desaforado y salvaje, que más agresivo se vuelve, cuanto más pretendamos domarlo. Avanza sin consideración alguna a nuestra vida entera, y finalmente desarmados, dejamos que nos envenene, a veces con lágrimas, a veces llenos de alegría, temerosos por saber que nos traerá el sufrimiento pasado, que tanto nos ha constado superar, y llenos de fuerza, construimos migajas de gracia con nuestras torpes manos, sabedores que solo en actos de amor se calma la bestia.

Es el momento en que perdemos el miedo, y aun sintiéndonos con el pulso más firme, sabedores somos que no pueden significar estos síntomas otra cosa que nuestra completa derrota. Toda la fuerza de la historia, y toda la fuerza de la razón se arrodillan, durante un instante sentimos que hemos perdido toda nuestra voluntad, y que no podremos más calcular el futuro, que todo lo hecho queda definitivamente derrumbado, las instituciones se hacen de arena y la seguridad se desvanece junto con cualquier pieza de metal, con que quisiéramos protegernos.

Comienza llover, y el agua va diluyendo la habitación, la casa, y con esta la promesas y los trabajos, los proyectos se dispersan sobre una nueva melodía, vuelven a la tinta de la que nacieron, y se filtra sobre la piel lentamente, van cayendo gotas de recuerdos, van cayendo gotas de esfuerzos, de rencores y gotas miedo. El vaivén no cesa, mecido por una brisa que inunda finalmente el pecho y las muñecas, nos da paz, y nos hace respirar.

Y pese a tanto dominio, aun nos queda una oportunidad de volver atrás negar todo lo ocurrido. Justo en el momento en que este daimon nos devuelve todas las fuerzas para mostrarnos el camino podemos traicionarlo. Seguros de que caerá vencido hasta que pase mucho tiempo. Si no lo hacemos, nada de lo hayamos construido hasta entonces estará seguro, y seguramente fallaremos todas las promesas pasadas, no podremos cumplir nuestras venganzas, y deberemos asumir un nuevo comienzo, dejando mil historias sin terminar…




Quién sabe,




Podría contar contigo y respirar…




Quién sabe,




quizás ya lo que sigue, me da igual.